Sora Stenet era una chica menudita, con unos cabellos rubios que caían sobre sus hombros y unos ojos almendrados que hacían resaltar cada una de las facciones de su bello rostro.
Su nombre era pronunciado por cientos durante clase, en el cambio de hora, en el descanso, cuando la campana tocaba marcando el final de un día, e incluso, después de las tres ya que tenía embelesados a cada uno de los chicos de su curso, y dejaba boquiabierto a cualquiera que fuera digno de admirarla por más de un segundo.
También era demasiado lista como para salir conmigo.
Solté un suspiro de resignación.
Mi mejor amigo siempre me recordaba que era poseedor de un sin fin de encantos y talentos. Era el presidente de mi clase, sacaba las mejores notas, estaba por terminar el bachillerato y tenía la posibilidad de entrar a una prestigiosa universidad fuera del país.
"Tienes a muchas chicas detrás tuyo, deja de pensártelo tanto." Me reprochaba.
Pero aún así, yo solo quería a una.
Inmerso en los pensamientos que habían estado rondando por mi cabeza los últimos meses, no me di cuenta que alguien gritó mi nombre a lo lejos hasta que sentí la parte de mi espalda baja arder como el demonio.
Levanté la barbilla inmediatamente, y lo primero que noté fue que sus ojos estaban puestos sobre mí dejando ver el asombro en ellos. Sentí la forma en que mi respiración se cortaba y mi corazón se agitaba con una sola mirada, y fue inevitable que mis mejillas empezaran arder casi de la misma manera en la que mi espalda lo hacía, recordándome el hecho de que tenía que voltear y darle un par de puñetazos a mi mejor amigo Sage, el cual se encontraba riendo tras mío con el balón de basketball en sus manos.
— ¿Perdido de nuevo, Aaren? —Preguntó con su típico tono de burla lo que hizo que pusiera mis ojos en blanco antes de respirar profundamente queriendo evitar una escena en frente de los curiosos, y de ella.
— Cállate, idiota. —Le otorgué una suave empujoncito antes de voltearme a mi plato nuevamente y divisar a lo lejos aquella cabellera rubia que me volvía loco caminar a lo lejos.
— Se fue en cuanto te volteaste. —Comentó mi veinte centímetros más alto que yo, mejor amigo, al tiempo que se sentaba en el lugar ya vacío a mi lado. —¿Hablaste con ella?
Sacudí mi cabeza de lado a lado antes de dejar mi tenedor descansar sobre mi plato sin comida, sintiéndome frustrado conmigo mismo.
— Solo nos quedan pocos meses. ¿Qué piensas hacer? —Preguntó, y escuché la preocupación en el tono de su voz.
Sage Lindsey era un sujeto listo que conocía a la perfección mis miedos más que los suyos. Habíamos sido amigos desde la secundaria después de que intercambiáramos respuestas en nuestro primer examen de historia. En aquél entonces, él era nuevo en la escuela y yo era el típico chico de pocos amigos y pocas palabras.
Y estando aquí años después, ambos siendo totalmente diferentes tanto física como psicológicamente, aún así necesitaba de su ayuda para abrirme más con las personas y dejar de ser tan reservado (y cabezota).
— Si no le hablas tú, la invitaré al baile de fin de curso. —Lo miré como si tuviera alguna clase de súper poder que le haría arder hasta sus pantalones y él se limitó a encogerse de hombros ante mi acción.
Me molestaba la idea de que ella asistiera con alguien más al baile, y aún así no hacía nada al respecto.
Acomodé mis libros en mi mochila en cuanto escuché la campana sonar al mismo tiempo que aquella voz que había estado evitando pero con la cual me encontraba de todas formas los últimos meses.
Lennox Conner era la chica por la que la mayoría de los chicos de mi generación morían. Era alta, de una tez tan blanca como la nieve y unos ojos azules que me habían tenido enamorado de ellos por muchísimo tiempo.
— ¿Qué harás este fin de semana? —Preguntó con una sonrisita que no auguraba nada bueno, y lo sabía a la perfección. — Habrá una fiesta en mi casa por mi cumpleaños, y quiero que vengas.
Pasé la punta de mi lengua sobre mi labio inferior, pensándome una forma de rechazar su petición en la que no me viera tan grosero. Ella me miró fijamente por un par de segundos antes de que sintiera sus dedos sobre mi cabello de aquella manera en la que me tuvo loco por meses, la cual ya no causaba ningún efecto ahora.
— Tengo que estudiar para mi examen de admisión, Lenn. — Me disculpé, frunciendo mis labios en una pequeña sonrisa.
— Por favor. Hace mucho que no estamos juntos. — Insistió.
Suspiré y sacudí mi cabeza antes de sujetar su mano que se encontraba sobre mí, bajándola suavemente antes de dejarla sobre la mesa de mi pupitre.
— Otro día será. —Finalicé antes de irme y salir por la puerta del aula, haciendo mi camino hasta la salida de las instalaciones del instituto.
Lennox y yo habíamos sido la "sensación" del año pasado según había dicho Sage después de que termináramos el verano del mismo año cuando la vi a ella y uno de los compañeros de equipo de Sage besarse en una fiesta a la cual había jurado no ir, pero en la que de igual manera asistí después de que ella insistiera casi una semana. Y vaya sorpresa que me llevé.
Estuvo pidiéndome perdón con la esperanza de que regresáramos, y aunque la perdoné, no quise seguir en una relación amorosa con ella y le prepuse ser amigos, a lo cual ella me mandó al diablo y me confesó que solo había sido un juguete y me hizo la ley del hielo la cual finalizó en las vacaciones de invierno del año pasado.
Finalmente, me habló y se disculpó nuevamente conmigo, asegurándome que había sido una "zorra" por el simple hecho de haberla rechazado y no haber querido acostarme con ella en su cumpleaños. Desde entonces, hemos sido una clase muy rara de amigos en la que Lennox coqueteaba conmigo de vez en cuando al igual que yo con ella antes de que supiera de la existencia de Sora Stenet y que mis expectativas subieran mil rangos.
Me detuve en la librería a cuatro cuadras de mi casa en la que paso la mayor parte de mis tardes como un trabajo de miedo tiempo. Dejé mi mochila detrás del mostrador y saludé con un beso en la mejilla a mi adorable y pelirroja jefa casi treinta centímetros más baja que yo con unos lentes que descansaban a menudo sobre el puente de su nariz ya deformado por el peso del marco de estos. Correspondió a mi saludo con una sonrisa y un par de trabajos por terminar en los estantes de libros de historia y geografía.
La forma en que Adele, mi jefa, acomodaba los libros fue lo que hizo que no quisiera otro lugar para trabajar que este. Cada género tenía un estante para sí, y estaban ordenados del más viejo al más reciente, y así mismo, del más extenso al más breve o del más caro al más económico.
El ambiente era agradable al igual que los clientes que solían cruzar la puerta en busca de un libro para leer o para regalar. Sin embargo, aquella tarde del viernes, fue diferente. Una melena rubia y unos ojos almendrados entraron, e hicieron que mis pupilas se dilataran y que dejara caer uno de los libros que acomodaba al suelo, sintiendo cómo se resbalaba por entre mis manos como si de mantequilla se tratase.
A partir de entonces, mi vida tomó un nuevo e inesperado rumbo.
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together, forever.
Romance-Te quiero. -Murmuré sintiendo cómo mis ojos ardían y mi garganta dolía. -¿Estás borracho? -Preguntó con voz suave, como si estuviera hablándole a un niño pequeño. -Sí. -Respondí. -No quiero que me hables borracho. -Sentenció. -Es más, no quiero que...
