Parte 1

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PDV: Nym.

Odiaba ir de visita a la psicóloga. Odiaba a mis padres por mandarme a una. Odiaba a la abuela que estaba babeando sobre mi hombro como si fuera su almohadón.

Solo había una ventaja y era que había tanta gente en esa sala de espera que tenía el tiempo suficiente para dibujar a uno o dos pacientes.

Claro que sacar mi cuaderno y mi lapicera parecía una misión imposible debido a la vieja que dormía plácidamente en mi hombro. ¿Cuál era el problema con despertarla? Que en la última visita a la que había venido escuché sus gritos desde esta misma sala de espera, diciéndole a la psicóloga '"¡No es mi culpa haber golpeado a mi hijo, él fue el quien me despertó de mi siesta!".

Estiré mi brazo sin inclinarme casi nada y agarré mi casi destrozado bolso. Abrí el cuaderno y destapé la lapicera. Sonreí como idiota. Misión imposible cumplida.

Ahora tocaba buscar alguien a quien dibujar. Eso habría sido fácil si me gustase dibujar viejos y adolescentes con pierciengs y tatuajes de pies a cabeza.

Me pasé una eternidad buscando una cara que valiera la pena dibujar, hasta que la puerta de entrada se abrió y entró un chico que parecía tener un poco más de mi edad (yo enía 10).

Tenía.

Que.

Dibujarlo.

¿Por qué? Porque era pelirrojo. Y los pelirrojos son dioses, sin importar qué.

Busqué desesperadamente (pero sin molestar a la vieja, por supuesto; si me iba a golpear que sea después de haber terminado este dibujo) mi lapicera roja.

La destapé y busqué al chico pelirrojo. Se había sentado justo delante de mí, y se había puesto a leer.

Empecé a dibujarlo sin siquiera mirar la hoja, solo lo miraba a él. Empecé por sus ojos, que por ley eran verdes. Luego las cejas, la nariz, y la boca, y la pera, y el contorno y las orejas, y el cuello, y por último el pelo. Me faltaba tan poco para terminarlo.

-Nym, sigues tú-me llamó la psicóloga. Me giré hacia ella y sin pensarlo le lancé una mirada asesina. Ella enarcó las cejas, pero manteniendo su falsa sonrisa, claro-¿Tienes algún problema?

Sí, tú.

Le sonreí con hipocresía, sabiendo que no valdría la pena decirle eso, ya que sin importar qué tan grave fuera el insulto que le lanzara, ella hurgaría en mi vida para explicarme por qué buscaba tanto ofenderla.

Te insulto porque sí, deja mis problemas en paz que no tienen nada que ver en esto.

-Ninguno.

Guardé mis cosas, me aparté rápidamente de la vieja y entré al consultorio antes de que pudiera hacer nada. Me senté en la silla giratoria, me crucé de piernas y empecé a girar impulsándome con el escritorio. Ese consultorio era tan grande y había tan pocos muebles que podía girar lo que quisiera sin preocuparme de chocar contra nada.

No le hablé a la psicóloga esa tarde, simplemente me quedé girando y mirando al techo mientras cantaba canciones infantiles. Ah, y no podía faltar que me diera la plastilina azul de siempre y pedirme que formara algo con ella. Claro que la psicológa no se limitó a verme; me dio un lápiz y papel para que dibujara un chancho.

-Si quiere ver un chancho simplemente mire un espejo-respondí. Nunca más dejaría que me haga un test. Los resultados eran deprimentes.

Por alguna razón, siempre me ha sido difícil hacerme entender con los demás. Si no lanzaba un insulto (la mayoría de las veces sin intenciones de que sonaran como tal), hacía preguntas tan estúpidas que parecen irónicas u ofensivas, como esa vez en la que Katie McFly al decirme "feliz día del amigo", yo, que me sentía tan felizmente sorprendida, le pregunté "¿Tú y yo somos amigas?" Y justo cuando me di cuenta de que había entablado mi primera amistad, ésta terminó: Katie se indignó tanto que nunca más volvió a hablarme. Por supuesto que yo en aquel momento ni siquiera entendía por qué me ignoraba, eso lo entendí después de uno o dos años. Esa vez y muchas otras me hicieron entender que sin importar qué salga de mi boca, la gente siempre lo verá como un algo ofensivo, dejándome como un monstruo, hasta que mis padres se dieran cuenta de mi "situación", y su falta de tiempo y entusiasmo para educar a su problemática hija los obligara a mandarme a una psicóloga: la única persona a quien prefiero ni siquiera intentar hablarle, por la razón que expliqué antes.

-Al parecer tienes un problema con tu ira-¿déja vù?- No te preocupes por eso, siempre tienes la opción de ignorar a quien te provoca, asi nadie se dará cuenta de tu "fuerte personalidad".

Dejé de cantar para lanzarle una mirada de odio, y la esfera perfecta que había formado con la plastilina se escurrió entre mis dedos.

Por supuesto que he hecho eso. Antes, si ignoraba a un niño que me molestaba, llegaban al extremo de gritarme para que les respondiera, por lo que yo terminaba llorando. Me tomó algo de tiempo aprender a defenderme, no porque me molestara lo que me dijeran, sino porque quería evitar esos gritos. Por Dios, los gritos. Son uno de mis estúpidos pero más fuertes miedos.

En fin. Quise dar tanto miedo como el que ellos me daban a mí, y de alguna forma acabé poniendo los ojos en blanco todo el tiempo, dejé de encorvar los hombros y a eso se sumó mi repentino crecimiento que me dejó una cabeza más arriba que los de mi edad. Nunca mostré ningún tipo de emoción a aquellos que me daban miedo ¿Por qué? Porque aprendí que si no consigo dar tanto miedo como el que puede dar mi altura, las personas creerán que soy débil, y por más que eso sea verdad, quiero ser la única además de mi almohada que lo sepa, ya que de lo contrario volveré a lo de antes. Volverán a verme vulnerable y acabarán gritándome.

Cuando la hora se cumplió y ya podía irme, dejé de girar y cantar y le dije, sonriendo:

-Hasta nunca-y me fui saltando hacia la puerta.

-¿Cómo?-preguntó la psicóloga.

Así es, querida señora Rose. Nos vamos a mudar de esta ciudad, mi papá consiguió trabajo en No Sé Dónde y nos vamos muuuy lejos-no podía parar de sonreír-. Así que espero que nunca más nos volvamos a encontrar. Por cierto, gracias por todos sus consejos, la verdad es que han sido inspiradoramente inútiles.

Y me fui dando un portazo.

Atravese la sala de espera con una sonrisa estupida en mi cara. Di un segundo portazo con la puerta de salida y me dirigi directamente al kiosko que se encontraba justo al lado del consultorio. Ya se me habia vuelto costumbre comprar un chocolate despues de haber estado una hora entera con mi trasero incrustado en ese infierno.

No paso mucho tiempo para que me diera cuenta de que me faltaba algo.

-¿Que quieres?-preguntó el viejo que siempre estaba sentado detrás del mostrador.

Después de hurgar en todos mis bolsillos, dije:

-Mierda, mi cartera-y salí corriendo al consultorio.

Me quede parada en la puerta de entrada. Sabía que entrar a la oficina de la psicóloga no era una opción.

En ese momento la señora Rose se asomó por la puerta de su oficina.

-Arden, sigues tú-y volvió a entrar en su oficina.

El chico pelirrojo de antes se incorporó y se puso de pie. Sin pensarlo ni una vez lo tomé del brazo.

¿Quieres posar para mí?

-¿Quieres hacerme un favor?








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