Aves Guardianas

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Siempre la misma rutina: levantarse antes del alba y prepararse para ser la vigía del reino un día más.

Aunque no es tan malo, sentir el viento en la cara, desplegar tus alas, admirar la magia que hay en los habitantes, estirarse al sol y sentirse... casi libre. Soy la más pequeña de los Guardianes, todos entran al grupo a partir de los dieciocho años, sin embargo conmigo hicieron una excepción; sé que soy la más peligrosa, no es algo de lo que alegrarme y sin embargo sé que mi deber es estar aquí y aprender a desarrollar mis dones, antes de que cometa algún daño.

Después de meditar unos minutos sobre si en verdad es necesario acudir hoy al entrenamiento, salgo de casa y admiro por última vez en el día su esplendor. Una pequeña casa de madera rodeada de plantas y flores de todos los colores ha sido mi única compañera desde que llegué aquí.

Despliego mis alas mientras doy un brusco salto hacia el cielo. Hoy la mañana es más fría y siento el aire congelarme la cara. Desde las alturas puedo ver a los habitantes del Idán, niños jugando alrededor de las fuentes, granjeros en su rutina diaria, amas de casa haciendo labores del hogar y a lo lejos, el Castillo, aunque no puedo verlos, sé que está la familia real, ocupándose de cada uno de sus habitantes, todo en una perfecta armonía de la que jamás podré ser parte.

Al llegar al Palacio de los Guardianes me dirijo con paso veloz hacia la estancia principal, en donde me esperan los demás guardianes, altos, fornidos, derramando sabiduría y experiencia. Hago una ágil reverencia a forma de saludo y lo único que recibo son asentimientos de cabeza, para fingir respeto.

-Llegas tarde, Ina sabes que tienes que comenzar a formar hábitos de puntualidad, ya debes comenzar a integrarte al grupo.- me reprocha Dari, mi guía, en privado.

-Lo sé, es que en el camino me distraje observando el reino... ¿Alguna vez lo has hecho?- pregunto con cierta ilusión de que Dari aluna vez haya tenido un poco de pasión por otra cosa que no fuera ser un Ave Guardiana.

-Tal vez... Pero ese no es el punto, no importa cuán bello o sorprendente sea el paisaje, no pienso soportar un retraso más.- dice mientras revisa un papeleo que parece importante.- Ven aquí, tengo algo para ti.- Se acerca a una pequeña caja de metal que abre con sumo cuidado y de ella saca una tiara. Es de un fino material, que se enrosca formando curvas y picos, en el centro sujeta un ópalo de fuego, es simplemente hermosa.

-¿En verdad es para mí, Dari?- pregunto boquiabierta.

-Tal vez no lo hayas notado, pero todos aquí tenemos una, es hora de que tengas la tuya.- giré un poco y me di cuenta de que todos en la sala estaban mirándome, parecían esperar algo pero yo no sabía qué hacer.- Tengan ante ustedes a Ina, Ave Guardiana del Fuego, que crezca con fuerza y valor para proteger al Reino y sus habitantes.- exclamó con solemnidad y me dejó sin palabras. Colocó la tiara en mi cabeza y a continuación los Guardianes que estaban en la sala se inclinaron, por primera vez sentía que de verdad mostraban respeto.

En cuanto el acto acabó escuché un fuerte estallido y después las risas y vítores que lanzaban los que estaban presentes, alguien entre la multitud servía copas de champagne y se escuchaba el tintinar de las copas al chocar entre ellas. Todo era tan... inesperado. alguien me tendió una copa y la acepté aún confundida de lo que pasaba, cuando giré a contemplarlo me quedé asombrada, era aún más alto cuando lo tenías frente a ti y sus ojos, casi negros te dejaban perdida en un mar de oscuridad.

-Así que... oficialmente eres una de nosotros, ¿Cómo te sientes?- su voz era profunda y tenía un ápice de diversión. Me permití soltar una risotada, logró aliviar la tensión que generaba en mí el acontecimiento.

-Creo que, jamás habían hecho tanto escándalo por mí y tampoco creo que haya sido necesario.- dije mientras apreciaba cómo se reía.

-Salud, por la nueva Guardiana.- dijo mientras chocábamos nuestras copas.

Así como llegó, se fue, Dimitri, guardián de la Oscuridad era toda una sensación entre las multitudes, al contrario de su don él era pura luz y simpatía, galante y sociable.

-Bien, chicos, es hora de trabajar.- Dafne, la Guardiana Suprema se encontraba en lo más alto del salón.

Todos se separaron en grupos, cada quien buscando la tarea que les sería asignada. Yo me encontré con Dari en un rincón de la sala.

-Hoy será tu primera vez en las afueras.- dijo emocionada.

-Y... ¿A dónde iré?- pregunté mientras trataba de mirar su papeleo.

-A la frontera.- me miró con gran emoción mientras nos dirigíamos a la sala de armas.

La frontera... nunca había estado ahí, pero suponía que iba a ser algo fácil, casi nadie se acercaba a la gran muralla de árboles que nos separaban del mundo humano. Era hora de empezar. Una bola de nervios comenzó a acumularse en mi interior mientras tomaba las flechas encantadas. Me reuní con una patrulla de aproximadamente cinco guardianes, entre ellos estaba Dimitri, destacando con su presencia.

-¿Lista para la acción?- preguntó mientras despegábamos.

-Siempre estoy lista.- respondí con una sonrisa de auto suficiencia. Ambos reímos mientras pasábamos por entre las nubes, realmente estaba pasando.

Al llegar a la frontera aterrizamos suavemente, aunque no hubiera mucha gente debías ser cuidadoso, no podías bajar la guardia.

Podía ver todo lo que ocurría detrás de la muralla, pero sé que ellos no podían vernos. Mientras vigilaba con cuidado escuché unos pasos, combinados con el sonido de algo arrastrándose. Giré bruscamente, lista para atacar.

-Tranquila, soy yo,- Dimitri alzaba sus manos a la altura de su pecho y terminaba por acercarse a mi.- veo que estás alerta.-

Lo ignoré y me giré de nuevo para contemplar el mundo de los humanos. Algo inesperado ocurrió, escuché la risa de dos personas, tal vez niños y entonces los vi acercarse, dos pequeños de ojos grandes estaban jugando, correteando por la pradera, llevaban en sus manos un par de palos de madera, con los que simulaban luchar. Algo ocurrió, completamente nuevo en mí, quise ir hacia ellos, algo me atraía. De pronto sentí un fuerte jalón y pude despertar de mi encanto.

-Nadie traspasa la muralla, son las reglas.- dijo con dureza Dimitri y me arrastró de nuevo hacia donde estaba el grupo.

Sé que debo ir, debo conocer el mundo de los humanos.

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