Farolas y luces de neón decoraban el oscuro pero estrellado cielo mientras nos besábamos.
Nuestro último beso.
Abrí la puerta de la habitación del hotel y me acosté en una enorme cama de matrimonio que se encontraba en el centro de la estancia. Ella también se acostó. Me abrazó un largo rato y después se levantó para alcanzar una radio que reposaba sobre una estantería. La prendió y la dejó en mi mesilla de noche. Sonaba una pieza de música clásica muy bonita y calmada, perfecta para un baile lento.
Se quitó los tenis, dejando sus calcetines de tubo a la vista.
-Bailamos? -preguntó con una voz casi tan suave como sus mejillas.
-Estoy algo cansada -respondí.
Realmente no estaba cansada, y me moría de ganas de bailar con ella, pero no quería permitir que ella me completara, que ella me hiciera feliz,porque sabía que el dolor que sentiría cuando ella no estuviera sería demasiado fuerte. Demasiado fuerte para mí.
-Yo también estoy cansada, pero creo que merece la pena hacer un esfuerzo, no crees? -dijo sonriendo.
-Bueno, pero solo un baile.
No debí haber aceptado su proposición. Bailamos hasta las cuatro de la mañana, hasta que caímos rendidas a la cama del sueño. Ella se durmió con su cabeza en mi torso y con sus suaves manos entrelazadas con las mías.
Me desperté tarde, pues estaba exhausta de bailar la noche anterior. Noté que me faltaba algo. Ella, me faltaba ella.
Miré en toda la minúscula habitación, pero no encontré ni rastro de ella. Se había ido.
Se había llevado con ella su teléfono, su cartera y sus tenis blancos. Todo menos uno de sus calcetines de tubo, que se encontraba tirado en el suelo.
Cogí mi móvil y marqué su número, pero no obtuve respuesta, por lo que decidí dejarle un mensaje de texto preguntándole: Is there somewhere you can meet me?
No quería que pensara que la necesitaba, pero para que mentir: Por supuesto que la necesitaba.
Había pasado lo que yo temía: Que no supiera vivir sin ella. Que la vida se volviera aburrida y mediocre sin ella a mi lado.
Me levanté dela cama y salí de la habitación, despidiéndome de esas suaves mantas blancas en las que había dormido con ella por primera y última vez.
Una vez en la calle decidí visitar diferentes lugares a los que acudimos en los dos días que llevábamos allí, en Tokio.
Di un paseo por el parque de cerezos que visitamos el primer día y después compré un café para llevar en una tienda pequeña y acogedora. Desde luego no tenía nada que envidiarle a los cafés de grandes cadenas.
La verdad es que me sentía perdida. No habíamos ido a demasiados sitios juntas y rápidamente me quedé sin localizaciones donde buscar.
El mayor problema era que yo no sabía hablar japonés, por lo que no podía alertar a ningún tipo de servicio de emergencia, y aunque supiera, no podía decirles que la buscaran, porque ni yo estaba segura de que no se hubiera ido por su propia cuenta.
Mi mejor opción era acabar el viaje antes de lo previsto y volver a casa, donde podría alertar de lo ocurrido si es que ella no aparecía o confirmaba mis sospechas de que se había ido a propósito.
Pero había otro gran inconveniente: Su familia.
Al fin y al cabo, quizás no hubiera sido la mejor idea del mundo irse a otro país con mi 'mejor amiga' sin antes haber avisado a sus padres, los cuales no toleraban a los homosexuales.
Sentí mi móvil vibrar en el bolsillo de mis vaqueros. Era ella. El texto ocupaba varias líneas y decía:
'Me tengo que ir. Mis padres han descubierto lo nuestro y lo del viaje. Siento no haberte dejado ninguna nota, pero cuando me desperté y vi el mensaje me tuve que ir muy deprisa para poder llegar al aeropuerto a tiempo. Te voy a echar de menos. Te quiero'
El mundo se derrumbó ante mis pies. Estaba destrozada. No solo porque el viaje se haya arruinado, si no porque probablemente nunca volviera a verla. Sus padres tienen dinero, y lo que no tendrían es ningún tipo de problema en mudarse tan solo para evitar que su hija 'cometa un gran pecado y vaya al infierno'. Tonterías.
Justo en ese momento me di cuenta de algo: si no la iba a volver a ver debería despedirme de forma adecuada, de forma que nunca se olvide de mi, o de que al menos me recuerde de vez en cuando.
Pedí un coche a través de mi móvil y fuí corriendo a la zona indicada en el pequeño mapa de mi teléfono. El coche llegó tan solo cinco minutos después. La ventaja de pedir un coche por este tipo de aplicaciones es que no necesitas ni hablar el mismo idioma que la persona que conduce, tan solo tienes que especificar adonde quieres ir en tu móvil y listo.
Al llegar al aeropuerto me llevé una gran sorpresa, pues estaba cerrado, pero yo no parecía ser la única extrañada. Ella estaba sentada junto a una de las puertas giratorias bloqueadas para no permitir el paso.
-Hola -dije.
-Vete -dijo cortante -no quiero que hagas esto mas difícil de lo que está resultando.
-Sabes perfectamente que no me voy a ir, voy a esperar a que abra el aeropuerto sentada aquí contigo.
-Haz lo que quieras.
...
-Estás enfadada conmigo?
-No estoy enfadada contigo, lo estoy con mis padres. Sé que irme de casa así no está del todo bien, pero no tengo diez años. Vivo sola, y no me parece correcto que no sepan aceptar que no todo el mundo ama a alguien del sexo opuesto.
-Estoy totalmente de acuerdo contigo, y no creo que tus padres deban o siquiera puedan criticarte o decirte algo malo por tener la orientación sexual que tienes. Si al volver a casa te tratan mal verbal o físicamente llama a la policía. Sé que es duro porque son tus padres, pero créeme, es lo mejor.
Justo cuando acabé de pronunciar esas palabras un hombre trajeado desbloqueó las puertas con una llave.
Miré hacia ella. Tenía sus ojos fijos en mi. Se acercó a mí, colocó sus delicadas manos sobre mis mejillas y me besó. Fue un beso duradero, increíble para ser el primero a una mujer.
Farolas y luces de neón decoraban el oscuro pero estrellado cielo mientras nos besábamos.
Nuestro último beso.
