A veces somos tan ilusos, que hasta incluso creemos que sabemos realmente quienes somos y cuales son nuestros propósitos, sin pensar que tanto estos como nosotros mismos podemos cambiar en un segundo. Con el paso del tiempo vamos evolucionando. Nos definimos como personas a través de nuestras vivencias y de la gente que nos rodea, pero somos seres cambiantes. Nunca somos igual que el día anterior. Somos como el cauce de un río, siempre en movimiento, siempre iguales y a su vez completamente distintos, y no siempre nos damos cuenta de ello.
Nuestras decisiones y actos modifican nuestro futuro y nos marcan un rumbo. A veces, de forma casi imperceptible, pero con el paso del tiempo acabas por darte cuenta de todo lo que eres ahora y de todo lo que pudiste haber sido de haber elegido otro camino, por minúsculo que halla podido ser ese paso. Y todo esto os lo cuento precisamente porque yo, en ningún momento imaginé en lo que se iba a convertir mi vida el día que acepté aquel trabajo.
Al igual que otros muchos jóvenes de este país, tengo una situación precaria en mi casa. La frase "llegar a fin de mes" es una preocupación constante. Y como cualquier otro joven, busqué un trabajo para aquel verano y así poder hacer algo de provecho. Poder ayudar en mi casa a sobrevivir un día más y, ya que estábamos, ahorrar dinero para poder costearme mis estudios. Por suerte, si hay algo que no falta en este país, es curro en la hostelería. Al fin y al cabo, es al mismo sitio al que vamos a parar todos, porque no nos queda más remedio. No importa las carreras que tengas. Al final, todos acabamos sirviendo mesas. No nos queda otra.
Una tarde cualquiera de finales de Junio de aquel año, me llegó una llamada inesperada. El encargado de una pizzería, en la que había entregado el currículum hacía unos días, necesitaba a una chica para cubrir una baja por maternidad en un puesto de telefonista-cocinera. No cabía en mi de la alegría, así que sin pensarlo dos veces acepté concertar una cita al día siguiente.
En fin, a mis 19 años apenas tenía idea de la vida ni de como se hacían las cosas dotadas de cierta seriedad como una entrevista de trabajo. Lo normal es arreglarse un poco y ser muy educado para que el entrevistador se lleve de ti una buena impresión, pero para ser telefonista no tenía muy claro la importancia que conlleva una correcta apariencia, por lo que me planté allí con mi pelo enmarañado y mi camiseta de Extremoduro. Si, lo se, no es lo más adecuado, pero diré en mi defensa, que obtuve el trabajo casi al instante.
Mi nueva aventura en el mundo laboral comenzó al día siguiente.
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Coito Ergo Sum
RomanceCualquier parecido con MI realidad, creedme, no es pura coincidencia.
