Respira, deja que el frescor del aire llene cada milímetro en su interior. Su cuerpo se llena de un perfume a hierba fresca y tierra húmeda. Camina. Va con los pies al aire. Deja de caminar. Nota la fría tierra en la planta de sus pies, haciéndose camino entre sus dedos por el peso de su cuerpo. Le mantiene ahí, de pie, evitando caer. Retuerce los dedos de sus pies hundiéndolos más en el suelo. Disfruta de esa sensación. Es algo tan simple y tan placentero. Sólo siente. Respira, camina, juega con la tierra. Escucha el sonido del aire formando una perfecta armonía con su respiración. Las hojas de los árboles juegan chocándose unas con otras. Acompasan una imperfecta sinfonía perfectamente armónica. Decide sentarse. Dejar que cada atisbo de vida presente en su entorno se le lleve, lejos, muy lejos. A un lugar físicamente imposible de explicar. Único para cada uno. Acaricia el suelo suave y leve, casi rozando la hierba. Nota como algunas gotas de rocío le atraviesan la piel. Siente el frescor en sus yemas, inyectándose en su piel, amenazando con penetrar la fina capa de sus venas para recorrer su cuerpo entero. Ha mantenido los ojos cerrados todo el rato. Decide abrirlos. Algo en su interior se enciende. Su piel se eriza recorriendo su cuerpo en una ola que deja un leve escalofrío en su camino hasta llegar a la nuca, frenando en su cuello. Sus ojos se bañan de lágrimas llenas de una emoción pura. Con el primer parpadeo una gota decide recorrer su mejilla acabando en su barbilla, dejando un rastro húmedo lleno de sentimiento. Sus brazos sienten un frío cálido. Y su pecho deja de funcionar. Se bloquean todos sus pensamientos. Todo lo que ve le inunda. Poco a poco empieza a sentir todo de nuevo. Aire fresco. Perfume de vida. Tierra húmeda. Perfecta sinfonía imperfecta. Rocío. Paz. El cuerpo se le llena de paz.
