La noche era muy fría, incluso demasiado fría para ser a mediados de Julio. No había un alma en las calles, y la neblina usual a esas horas engullía Londres. Salidos de la nada, se escucharon pasos que resonaron en la oscura calle de Grimmauld Place. Una figura surgió fantasmalmente por entre la neblina. Su rostro estaba oculto por una capucha negra. Se detuvo unos segundos, balanceando el peso de su cuerpo de un pie a otro, haciendo que una farola que arrojaba una luz que prácticamente no podía penetrar la niebla, alumbrase nítidamente sus zapatos: Unas botas negras con estilo militar.
La figura miraba al suelo. Parecía esperar algo, o teniendo una lucha interna en su cerebro. Comenzó con una débil carrerilla, después aumentó el paso para salvar la calle, como si hubiese recordado algo repentinamente. Su jadeo quedó convertido en un humillo banco, que escapaba rítmicamente de debajo de su capucha negra. Patinó un poco al tratar de detenerse en seco, frente al espacio que había entre la casa número 11 y la 13.
Era como si hubiesen quitado una vivienda. Se quedó allí, jadeante, recuperándose de la carrera y miró hacia el espacio vacío entre las dos casas. Después alzó la cabeza hacia el cielo, pero era imposible mirar las estrellas, parecía que la neblina se las había tragado como por arte de magia.
Volvió a dirigir la mirada al espacio vacío, como si pudiese ver más allá del césped descuidado, y escuchar por encima del radio mal sintonizado que sonaba en la casa vecina. Murmuró algo bajo su aliento, algo que sonó a: "Número 12, de Grimmauld Place".
Un chasquido llenó el aire. Y frente a la figura, surgió una puerta, luego paredes, ventanas...
Frente a ella apareció, como inflada de la nada, una casa extra, una casa algo vieja, pero que sin duda alguna, era el número 12 de Grimmauld Place.
—Ahora... —murmuró una voz femenina por debajo de la capucha de la figura—, solo me queda ver a Dumbledore.
Sus intenciones de acercarse a la vivienda se troncharon al escuchar pasos. Alguien más se acercaba por entre la neblina, caminando hacia ella. Lo podía sentir. Hubo un estallido, y donde antes estaba la figura, apareció un gato negro como la misma noche, de cola felpuda y extraordinarios ojos verdes. El gato se escabulló hacia los parterres del edificio vecino.
En la calle se definió una segunda figura, con capa y túnica negra; Un hombre con capa. Observaba la casa que había salido de la nada. Sus finos labios se curvaron en una mueca de frustración.
—Ya debería haber llegado. —musitó.
El hombre giró sin encontrar nada más interesante y echó a caminar por la calle. Después de unos segundos, había sido tragado por la niebla.
El gato permaneció entre los macizos de laurel, mirando hacia el lugar por donde se había ido el hombre. Se escabulló rápidamente por la calle, y se adentró en la neblina con un rumor de su cola felpuda.
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El sol salió en Grimmauld Place, pero más bien parecía un día invernal, toda aquella neblina, que no era tan densa como la de la noche, seguía cubriendo vagamente Londres. Unos arbustos se agitaron. De entre ellos surgió el gato negro, y miró el espacio vacío que había observado esa misma madrugada. Trepó por algo parecido a una pared invisible, y luego desapareció.
El vestíbulo del número 12 de Grimmauld Place estaba sumido en una oscuridad total. Pero eso era indiferente para el gato, cuyos ojos fluorescentes brillaban sutilmente dentro de la habitación. Un estallido, y el gato se volvió humano.
—¡Lumos!
Una luz iluminó nítidamente el vestíbulo. La intrusa avanzó por el pasillo, sin dejar de observarlo todo. Sus ropas eran tan oscuras como las del hombre que también había decidido visitar la casa que existía y no existía. Alzó la varita para iluminar unas cortinas negras, que se bamboleaban débilmente ante la esperanzadora brisa que se colaba por la ventana recién abierta. Sin pensarlo, las descorrió.
Enseguida un cuadro grande saltó a la vista. En él había una señora mayor que estaba dormida, o al menos lo estuvo hasta que se despertó por el resplandor de la luz que arrojaba la varita que había frente a ella.
—¡INVADEN MI CASA! —chilló de repente blandió las manos como si quisiera destrozar la capucha negra de la intrusa—¡ESCORIA, ESCORIA! ¡LADRONES INMUNDOS! ¡NO MERECEN PISAR EL SUELO DE ESTA CASA...!
La figura abrió la mano contra la mujer del cuadro, como una orden silenciosa de que se callase. La señora dejó de gritar, su voz se perdió de repente, como si se la hubiesen arrancado de la garganta. Se agarró el cuello, sofocada, abriendo y cerrando la boca en maldiciones mudas.
La figura no prestó mayor atención al cuadro. Se dio vuelta y avanzó por el vestíbulo, mientras la señora del retrato seguía completamente sofocada, agarrando su garganta y presionándola, como un intento desesperado por recobrar su voz. La intrusa se detuvo frente a un tapiz enorme y miró al encabezado.
LA MUY NOBLE Y ANTIGUA CASA BLACK
ÁRBOL GENEALÓGICO
Contempló el tapiz por algunos minutos más, mas pareció invadida por algún impulso, porque corrió hacia el salón principal. Bajó escaleras y empujó unas puertas con fuerza. La vieja cocina estaba llena de telarañas. La mesa, estaba cubierta de polvo hasta en su más mínimo pedazo. No era necesario que deslizase un dedo para comprobar cuan densa era la capa de abandono.
—Se fueron. —murmuró en un tono inexpresivo—. Y él no me avisó, no me dijo... pero encontrarlo no va a ser difícil...
Dio media vuelta y subió de regreso. Cuando pasaba por el vestíbulo, se detuvo a mirar el retrato de la mujer, quien continuaba en su agitación muda. Cuando vio a la figura, sus ojos por poco saltan fuera de órbita de furia.
—Podría dejarla así para siempre. —valoró la intrusa en voz alta. La anciana del retrato dejó de blandir las manos, atónita—. Creo que le haría un favor al mundo. Pero no debo dejar más rastro que viejas pisadas.
Pasó una mano pálida como la luna por el aire, frente al retrato, y la anciana recuperó el habla milagrosamente.
—¡FUERA! ¡FUERA DE AQUÍ ESCORIA...!
Corrió las cortinas para acallarla, y avanzó hacia la ventana que había abierto. Hubo un estallido, y el gato negro salió por la ventana, agitando levemente la punta de su cola felpuda.
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Harry Potter ya casi terminaba su equipaje, se iría cuanto antes de Privet Drive. Al día siguiente cumpliría la mayoría de edad: diecisiete. Pero él no era un chico normal; era un mago. Se subió sus lentes redondos por la nariz, mientras sus ojos verdes buscaban ávidamente alguna que otra cosa regada por la habitación. Lanzó un par de túnicas a su baúl y se desgreñó un pelo negro que se alzaba en todas las direcciones posibles.
Se detuvo en el centro de la estancia, mirando a todos lados con cuidado, como repasando cada rincón de la habitación. La jaula de su lechuza blanca Hedwig ya estaba lista, mientras ella lo observaba con sus grandes ojos ambarinos, como expectante. Harry se inclinó para meterse bajo la cama, pero un grito ahogado proveniente del primer piso hizo que se incorporase. Su corazón latía rápido y cuando se escuchó un chillido aterrorizado supo que había problemas. Sacó su varita y se precipitó afuera de la habitación. Bajó corriendo las escaleras y lo vio.
Túnica y capucha negra ocultándole el rostro, parado frente a su tío Vernon y tía Petunia. La furia lo envolvió. Alzó la varita, olvidando que todavía faltaban al menos catorce horas para que se le permitiese hacer magia en el mungo muggle.
—¡Déjalos en paz, Snape, tus asuntos son conmigo! —rugió terminando de saltar las escaleras—. ¡STUPEFY!
El rayo rojo se disparó de su varita y cruzó la sala a una velocidad alarmante produciendo un escalofriante zumbido. Como un rayo, una varita surgió de entre los pliegues de la túnica y el chorro de luz roja quedó desviado, como si hubiese chocado contra una barrera invisible. Harry se lanzó al suelo para esquivar el rebote y rodó por instinto detrás de un butacón, mientras los alaridos de los Dursleys casi le reventaban los tímpanos.
Enseguida supo que estaba en problemas.
