• Capítulo 5. La reina

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Llegó el gran día de la unión y Cristina estaba preparada y mentalizada. Todo el reino estaba de fiesta, tanto dentro como fuera de las murallas que separaban la zona adinerada de la clase obrera. Los colores blanco y morado adornaban las calles y los soldados vestían acorde a la ocasión.

Jamás se había imaginado Cristina una celebración de tal calibre. Miles de miradas fijas en ella. Los ojos azules de su hermana destacaron por encima de todos los demás y la joven no pudo evitar sonreír al ver a Helena después de tanto tiempo. Las dos hermanas cruzaron la mirada y una sonrisa, pero no pudieron intercambiar ni una sola palabra en medio de la celebración, y todavía pasaría bastante tiempo antes de que pudiesen reunirse de nuevo.

La fiesta duró un día entero. Tras la boda se celebraron bailes, y tras los bailes un banquete descomunal. Esa noche, como muchas otras, el rey bebió demasiado y avergonzó a Cristina delante de las personas más importantes de la corte.

-Este muslo no será el único que me coma esta noche – dijo levantando el muslo de pollo y provocando risas incómodas por parte de los invitados. Cristina le observó con tensión – Aunque he de reconocer que ya he probado ambos, pero aún no podría decantarme por el sabor de ninguno, no sin una buena copa de vino.

Terminó con una carcajada ahogada, mientras que las risas forzadas iban decreciendo, hasta desaparecer, siendo sustituidas por un silencio incómodo. Cristina desvió la mirada del rey con una mueca de asco y centró su atención en el plato. Era la primera vez que la ridiculizaban de aquella manera, y más delante de otras personas.

Pero ese no fue el único momento en el que el monarca consiguió que Cristina se arrepintiese de haberse casado. Jamás olvidaría aquella noche. La primera noche en la que el rey le puso la mano encima. Ya fuese porque el alcohol le había vuelto excesivamente agresivo, o porque se sentía frustrado, cuando ambos estaban bajo las sábanas, el rey comenzó a gritarle con una furia descontrolada a la que Cristina no supo enfrentarse, tras lo cual levantó la mano y se la estampó en la cara. Una vez. Y otra, y otra. Hasta que la reina consiguió esconderse debajo de la almohada y el rey se sintió demasiado agotado como para continuar.

Aquella noche Cristina no tuvo el valor de salir de la habitación. Estaba dispuesta a soportar ella misma aquella humillación antes de dejar que otros viesen escapar a la reina de los dormitorios el mismo día de su boda.

Con el paso del tiempo Cristina fue acostumbrándose a su nueva vida. Había aprendido a alejarse de la política y de las relaciones interesadas. Esquivaba con gran destreza los intentos de los cortesanos por ganarse su favor y se centró más en sus tareas como reina, su formación y la moda, convirtiéndose con diferencia en el mayor icono de influencia del reino. Aunque desarrolló una extraña relación con Dafne Brain, quien, a pesar de no entablar amistad alguna, se presentaba todas las mañanas para desayunar con ella en sus aposentos y hablar de cosas tan banales como el tiempo de ese día.

Descubrió también que cuanto más complacía a su marido, más libertades obtenía de este, y fue por esa razón por la que consiguió permiso para asistir a alguna de las fiestas de familias importantes celebradas fuera de palacio. Y aquella noche iría, ni más ni menos, a la casa de la familia Harrinton.

Ansiosa por poder salir del palacio y ver de nuevo a su hermana y nerviosa por tener un encuentro con su ex-prometido, llegó por fin a la casa donde Lady Harrinton llevaba más de media hora esperándola, acompañada de su madre, Rebecca, y seguidas de un séquito de mujeres y jóvenes damas que ansiaban poder intercambiar alguna palabra con la nueva reina.

-Cristina, querida – su madre no obedeció a las normas de cortesía y cogió el brazo de su hija mientras se regodeaba de ver a Lady Harrinton hacer una leve reverencia.

La batalla de la realeza IWhere stories live. Discover now