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No hay maneras en específico de que las cosas pasen. Uno espera, actúa o bien permanece totalmente apático y la situación adecuada a nuestros fines puede manifestarse de la nada, o bien quedarse ahí para siempre sin aparecer. Un día, hojeando un libro en una de esas tantas librerías viejas de la ciudad, un chico menor que yo se tropezó conmigo por llevar sus audífonos a tope e ir leyendo un pequeño libro. -Cuidado, puedes caerte- le dije mientras el seguía de largo. Volteó, fingió una cara mezcla de vergüenza e interés en mis palabras y sólo atino a decir un "Gracias" casi imperceptible. Acto seguido, se fue leyendo su pequeño libro. Su look no distaba mucho del de un chico común y corriente: tenis Converse gastados, jeans azulmarinos quizá más viejos que los tenis y una sudadera gris con capucha. Llevaba una mochila que al parecer estaba a la mitad de su capacidad, de lo que deduje que se encontraba en el bachillerato o en la Universidad. Lo que en verdad me hizo recordarlo toda la tarde y los días siguientes fueron esos ojos color almendra: eran sumamente hermosos. Había visto miles de ojos en mi vida, pero nunca unos como los suyos: su color oscilaba entre el marrón y el caoba, era el tono almendrado perfecto. Días después, lo ví de nuevo en la misma librería, esta vez discutía con el dueño sobre un ejemplar que no le llegaría hasta dentro de dos meses -Pero lo tengo en esta editorial, joven, y es buena -señalaba Sergio, el cuarentón dueño de la librería.
-Quizás a usted le parezca buena, pero para mí no dejan de ser patrañas. Le he dicho la editorial en la que tiene la obra, y que aunque sea una lectura por placer, no deja de ser insolente hacerlo con una editorial que trata al autor a su antojo- Acostumbrado como estoy a escuchar tales cosas en la tienda de Sergio, no presté atención hasta que noté que era mi chico de ojos de almendra. -Joven -le dije-, si gusta yo puedo prestarle ese ejemplar. Lo poseo en mi biblioteca privada, está en mi casa a una cuadra de aquí. Creo que puedo confiar en una amante tan celoso de la lectura como usted. -¡Ah, señor Javier! Me salva de las manos de este muchacho terco. Daniel, el señor Javier es un gran conocido mío, y créeme que ver su biblioteca es un verdadero prestigio que no deberías dejar ir.- Sus ojos de almendra dejaron de ver a Sergio para escrutarme con un detenimiento atroz, hasta que al fin extendió su mano hacia mí -Me llamo Daniel, como Sergio ha dicho. Al parecer usted es el famoso Javier, que posee la biblioteca que tanto quisiera Sergio. Un placer conocerle.- Sentí su mano, pequeña y frágil si la comparamos con la mía, pero la de un varón a fin de cuentas. -Así es, y por eso mismo es que invito sólo a personas verdaderamente capaces de apreciar la lectura.- Traté de sostener el apretón lo más que pude, pero tuve que soltarlo. -Entonces, ¿vamos, joven? -Le pregunté mientras tomaba el paquete de libros que me había llegado esa semana.
Bueno... -contestó, haciendo un gesto de leve desinterés encogiendo los hombros. -Nos vemos luego, Sergio -le dije a mi amigo, quien sólo alzó la mano mientras apresurado atendía a otro muchacho de cabello castaño -otra gran debilidad mía- pero, no importaba, ahora mismo tenía algo ya entre manos...
La plática camino a mi casa fue muy trivial: que él estudiaba su último año de bachillerato, que yo era escritor frustrado, que a él le encanta la literatura que verse en lo filosófico, que a mí me gusta la literatura que versa en lo poético... en fin, esas cosas. Llegamos a casa: la sala, con sus dos sillones y su mesita de centro con un cenicero y mi vino nos esperaba, detrás la puerta que comunicaba a mi estudio y al lado de esta la que llevaba a mi biblioteca. Una puerta secreta que sólo yo conocía comunica ambas estancias. Le hice sentarse, diciéndole que le traería el volumen en seguida, y que si gustaba podría tomar algo de vino (siempre dejo tres copas al lado de la botella, precisamente para estas situaciones). Para cuando volví, el sorbía la copa poco a poco. No bebía como un vulgar borracho o como un niño, sino que saboreaba cada gota del elíxir. Pocos entenderán lo exitante que esto puede ser. Le pregunté sobre el por qué estaba tan interesado en una editorial como esa habiendo otras tantas, mientras me servía una copa de vino. Comenzamos una discusión sobre la editorial, el autor y la obra que duró unas dos botellas más que se supone debían durarme unos meses.
Casi sin darme cuenta, me encontraba sentado al lado de él. Su cara, coloreada por el vino en sus mejillas, sus ojos brillantes por el mismo efecto, le daban cierto aire angelical. -¿No tienes calor? -le dije mientras yo mismo me deshacía de mi saco y me desabotonaba la camisa. Se quitó la sudadera y dejó sus audífonos de lado, y pude observar un cabello negro y semiondulado que le llegaba hasta el hombro. -Eres un chico muy guapo, Dani, debes de ser la locura de tus compañeras -le dije -No lo creo, además, a mí no me importan las mujeres- habló con una voz de borracho: destemplada como la de una persona llorona, pero llena de sinceridad -Ahh, con que, te agradan los chicos entonces... -le pregunté, mientras me acercaba un poco hacia él. -No exactamente. Me gustan los más maduros que yo. No me gusta ser niñera, si sabe a lo que me refiero. Yo quiero a-pren-der, no enseñar. No tengo paciencia. -nuevamente la voz aguardentosa le quitó algo de elegancia a sus palabras, pero logró cautivarme. -¿Y si yo quisiera enseñarte? -le dije, y aprovechándome de su conmoción, lo besé. Al principio se puso tenso, pero luego cedió. Poco a poco comenzó a acercarse a mi cuerpo, podía sentir como su calidez y la mía se volvían una sola. La ropa comenzó a sentirse un estorbo, así que mi camisa y su playera de Pink Floyd volaron detrás del sofá. Comencé a besar su cuello, luego su pecho y su abdomen. Era de un color pajizo, como un bollo recién horneado, cálido y que se derritía a mis besos.
Él me apartó con sus manos, y comenzó a hacer lo mismo conmigo. Me besaba al tiempo que daba pequeños mordiscos y succionaba dejando leves moretones allí donde mejor le parecía. Poco a poco bajó hasta mi abdomen, desató mi cinturón, desabrochó mi pantalón y luego bajó la cremallera. Besó y mordisqueó de nuevo la parte que mis calzoncillos no cubrían, hasta que al fin los quitó. Mi pene se encontraba erecto por tanto jugueteo, y juraría que vi una sonrisa perversa cuando notó el tamaño del mismo. Pronto comenzó a besar la punta, luego la lamió un poco y comenzó a chupar poco a poco, mientras juegueteaba con mis pezones, pellizcándolos. Sobra decir que yo me encontraba sumido en el placer. -Para -le dije- ahora voy a enseñarte. Me quite los pantalones y el calzoncillo, y luego hice lo mismo con los de él. Su pene se encontraba erecto también, de buen tamaño y forma. Comencé a masturbarlo primero, poco a poco mientras lo besaba. Luego lo tomé por la cintura, lo acomodé sobre el sofá y me introduje en él. Era cálido y ofrecía un poco de resistencia, así que aunque al principio fuí lento, después lo hice rápido. Un gemido salió de él mientras lo hice, y luego comencé a moverme dentro de él. Me acosté sobre su bella y suave espalda, mientas le mordisqueaba el cuello y las orejas, y el gemía. Varias veces durante las sacudidas volteaba y nos besábamos. Comencé a masturbarlo, y luego de unas sacudidas frenéticas, llegamos al clímax juntos, jadeando y besándonos rabiosamente.
Lo invité a tomar una ducha, y luego que acabó, le dí el libro. -¿Volverás por más libros, Daniel? -pregunté. -Por eso y... -se acercó y me besó, mordiéndome un labio- ...más.

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⏰ Last updated: Jun 01, 2017 ⏰

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