Lucía era una niña normal, aunque su madre no pensara igual.
Ella tenía pájaros en la cabeza. Sí, como lo lee, de manera literal.
Los tenía de a pares, solitarios, incluso de diversos colores. Algunos silenciosos, otros cantores. Para la mayoría, excepto para la niña, eran un tremendo incordio. La madre no podía peinarla, ni hablar de trenzarle el pelo o desenredarle el cabello sin recurrir a los tirones.
Los pájaros retorcían los rojizos bucles y con ellos le daban vuelta a la cabeza, formando un nido con cuantiosos recovecos. Cada tanto, tímidas asomaban, flores rosas y amarillas cuando despertaba la primavera y en otoño, las hojas se marchitaban, volviéndose crujientes y ocres.
Lucía casi no tenía amigas. A las demás pequeñas les molestaba que los pájaros estiraran el cuello de la niña hasta esconderle las pestañas entre las nubes. Ella se distraía contenta, saludando a la luna, pero cuando bajaba se encontraba sola entre tanto fango y podredumbre.
Las vecinas hablaban, la lastimaban con sus malas rimas; le perforaban el corazón como lo haría un mal dibujante al traspasar la hoja con la afilada punta de su lápiz.
Sin embargo, Lucía aprendió a sobrevivir, mas no tanto a ser feliz. Una mañana, creo que cuando dejó de ser niña, aceptó al fin la jaula con la que tanto le insistía su madre. A base de mermelada de frambuesa, la preferida de las aves, y palabras untadas en miel y chocolate, Lucía logró meterlos a todos en aquella cárcel de acero e intolerancias.
Y si mal no recuerdo, Lucía, cada lunes de invierno, se escondía entre la niebla del anochecer, se soltaba el cabello, abría la puerta de la jaula y dejaba que se le volaran los pájaros hasta la madrugada.
