James se tumbó, colocando las manos detrás de la nuca.
—Lo dices como si te lo hubieras aprendido de memoria. Sólo ha sido un revolcón, Emma... no pasa nada.
—Quizá para ti no, pero para mí sí.
Él se volvió para mirarla.
—¿Estás diciendo que sigues sintiendo algo por mí?
—No, claro que no. Tú mataste lo que sentía hace mucho tiempo.
Si esa respuesta lo había desilusionado, no lo demostró. Sencillamente, se quedó donde estaba, con las manos en la nuca y los ojos cerrados, como si no pasara nada.
Emma apretó los dientes. Debería haberlo imaginado. Debería haber sabido cuando empezó a dar su conferencia sobre los obstáculos con los que se encuentran las mujeres jóvenes en el campo del derecho que él estaría sentado en la tercera fila, esperando para lanzarse sobre ella cuando llegase el momento de las preguntas.
La pública batalla de preguntas y respuestas sin duda había sido parte de un juego previo... para convencerla después de que tomaran una copa, algo que James Maslow tenía bien planeado.
—Lo habías planeado todo, ¿verdad? —exclamó Emma, saltando de la cama.
—Sigues teniendo demasiada imaginación —contestó él.
—¿Crees que no te conozco? Todo esto estaba preparado y yo... yo he caído en la trampa como una tonta —murmuró ella, abrochándose la blusa a toda prisa, sin molestarse en buscar el sujetador—. Una copa por los viejos tiempos... ¿Crees que soy tan tonta como para creerme esa bobada?
—Aparentemente, así es —contestó él, irónico.
Emma miró alrededor para buscar algo que pudiera tirarle a la cabeza. Pero aquella vez no había a mano ningún preciado jarrón de la familia Maslow.
—Yo que tú no lo haría. Ya sabes que destrozar una habitación de hotel es un delito.
—Eres un arrogante, un machista, un oportunista, calculador, vengativo, arrogante...
—Eso ya lo has dicho —la interrumpió él—. Por favor, si vas a insultarme, intenta ser original.
Emma estaba tan furiosa que lo veía todo rojo.
—¡No quiero volver a verte en toda mi vida!
—En eso habíamos quedado. Una copa y prometí no volver a verte nunca.
—Nunca, jamás. No quiero volver a verte o a hablar contigo en lo que me queda de vida.
—Muy bien, como tú quieras —sonrió James , tan irónico como siempre.
Emma lo habría abofeteado.
—¡Te odio!
—Ya me lo imagino. Por eso pediste el divorcio hace cinco años. Si no me odiaras, no habríamos tenido que perder tiempo y dinero en los tribunales.
Ella se dio la vuelta para que no pudiera ver las lágrimas en sus ojos.
—Ah, por favor, dame la carta del restaurante antes de irte. Tengo hambre.
Emma se volvió y, con una expresión muy poco elegante, le dijo lo que podía hacer con ella.
James soltó una carcajada y, furiosa, Emma tomó la carta, la hizo pedacitos y los tiró sobre la cama como si fueran confite.
—Bon appétit —dijo, a modo de despedida, antes de cerrar de un portazo que hizo vibrar los cuadros del pasillo.
James escuchaba el repiqueteo de sus tacones, cada paso haciendo una nueva herida en su pecho...
Furioso, tomó los trocitos de papel que ella había tirado sobre la cama y, soltando una palabrota que haría enrojecer a un curtido marinero, los lanzó al suelo con rabia.
Tres meses después...
