Capítulo uno.
Una de las pocas presunciones de André eran sus chopines a la moda, con grandes hebillas brillantes que pulía religiosamente y el tacón elegantemente arqueado de cinco centímetros de alto. Oscar prefería las botas de montar, y usaba en casa zapatos simples con broche: pero André, que en su momento había observado a Oscar estirarse como un joven álamo con alarma, agradecía que aunque se había tardado un poco más en crecer había alcanzado la misma estatura y un poco más, y gracias a sus chopines, le sacaba al menos la frente en estatura.
Sin embargo, en días como éste, no sólo él, sino que todo el servicio guardaba los chopines y el elegante taconeo en los parqués, y se ponía las pantuflas más suaves. Se envolvía el gong de la cocina en tela, las doncellas callaban sus risas, Hortense se iba temprano a Versalles, el general huía como un ladrón a su club, el perro del General se iba a la cochera y los palafreneros le daban heno a los caballos hasta enfermarlos con tal de que no relincharan.
Lamentablemente era sábado. En días como estos cuando ocurrían de lunes a viernes, Girodelle en la guardia se cerraba la guerrera en vez de dejarla seductoramente abierta y se ataba el pelo, los guardias trabajaban en absoluto silencio e incluso María Antonieta se quedaba en sus lecciones y se portaba bien. Pero ahora había tocado un día sábado, y por lo tanto, Oscar Francois de Jarjayes estaba en casa.
Y tenía migraña.
Para ser normalmente una persona tan sufrida y paciente, su transformación en un dragón legendario que ponía incluso al Doctor Lasonne a salir huyendo tras dejarle la infusión de saúco y láudano habitual era llamativa. La migraña no solía atacarla más de dos veces al año, y generalmente después de una de esas soireés de dos días con cincuenta damas hablando nimiedades que a Antonieta le gustaban tanto: pero la ponía tan mal humor que sólo André, y en escarpines, se atrevía a ir a verla, mientras la mansión Jarjayes guardaba absoluto silencio.
- Oscar...- susurró André en la puerta de la habitación, una bandeja con una sopera en el brazo y la infusión de saúco en el otro, tibiecita y con miel.- Oscar...-
A pesar de la falta de respuesta, André era un tipo valiente y se atrevió a abrir la puerta, cuidando que la loza no tintineara.
Oscar estaba despatarrada y a medio vestir tirada en la cama, con las calzas puestas al revés, los pies descalzos, la camisa de dormir enrollada en la cintura y un viejo chaleco de montar encima, tendida de bruces con una almohada sobre la cabeza y los brazos encima. La habitación estaba a oscuras, visillos, velo y cortinas de terciopelo cerradas sin dejar entrar ni un rayo de luz: pero de todas formas Oscar se quejaba vagamente, y cuando André entró en la habitación, sintió compasión mezclada con humor de ver que Oscar, que había tolerado incluso heridas con arma de fuego y una rama clavada hasta el hueso sin quejarse, quedaba completamente a merced de una migraña.
- Tienes que comer algo con la infusión...- dijo apenas musitando, colocando la bandeja con cuidado en el velador.- Oscar...-
- Vete.- gimió Oscar desde debajo de la almohada de plumas forrada con vuelitos.
- Si no comes algo no se te pasará.-
- No se me pasará. Esta vez me muero.- gimió ella.
- Ya estás hablando estupideces. Cómete una cucharada al menos...- susurro él. Su voz ronca no exacerbaba el dolor de Oscar, y a pesar de sus negativas, cuando él le apartó las manos y quitó el cojín que le cubría la cabeza, ella no se resistió. Despacio apartó los rizos rebeldes y rubios sin peinar, hasta encontrar una oreja, y muy despacio le acarició la sien, maravillándose de su propio atrevimiento.
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Francois
RomanceLady Oscar no me pertenece, es de la Autora Ryoko Ikeda, todos los derechos y personajes son de ella. Qué pasaría si hay un embarazo dentro de la familia Jarjayes, esta trama se realiza dentro del siglo XVII en la Francia del reinado de Luis XVI, en...
