No sé qué habrá caído primero, si la
pelota o yo. En teoría, ha sido la pelota porque se
ve que yo, pobre de mí, un puro amasijo de fibra y músculo, no soy capaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo, y mucho menos encima recuperar una pelota perdida. Menos mal que nadie me vio trepando por la fachada hasta el tejado porque habría habido guasa para rato. Lo mismo de siempre, cosas como «No hagas eso», «Pesas demasiado», «Eres demasiado alto»,«Tienes pelo por todas partes». A todo el mundo le encanta recordarme el aspecto que tengo. Como si no tuviera espejos. Pero Allí arriba no se oía a nadie. No se movía nada, ni siquiera el viento. Me he acercado hasta el borde, donde se junta el canalón de las dos vertientes, y me he puesto de pie sobre una hilera de tejas
inestables. Mi sombra se ha proyectado en el césped del suelo, larga y delgada. No tendría que haber mirado. Y es que es bastante duro medir casi un metro noventa y cinco, tener suficiente vello corporal como para sepultar a un pueblo entero y encima tener que comprar la ropa en la sección de godzillas. Los uniformes de tallas normales no me caben. Antes de que empezara el curso, mi madre tuvo que coser esos ridículos escudos escolares en chaquetas marrones y polos blancos de la talla de un piano de media cola.
Parezco un trol salido de debajo del
puente que ha pensado que apuntarse a una escuela católica de precio razonable era lo mejor para su futuro.
Hoy el día no ha empezado tan mal;podría haber sido peor. Mientras tomaba mi desayuno frugal consistente en seis tortitas, cuatro tostadas y un puñado de
lonchas de beicon, he pensado que mi
madre debía de estar inspirada, porque me ha dicho: «Este va a ser tu año, Dylan, ¡lo presiento!». Y quién sabe. Tal vez sí que después de esta mierda de estirones épicos de treinta centímetros que mi cuerpo insiste en repetir cada dos por tres y de haber tenido que afeitarme desde sexto de primaria, este segundo de secundaria podría ser mi año. Sería un cambio agradable. Fíjate, incluso me he encontrado una moneda de
la buena suerte en la calle de camino a la parada del autobús. Una señal
clarísima de que mi padre estaba
pensando en mí. Seguro.
Ahora bien, la bonita promesa del año
de buena suerte se ha venido abajo
cuando me he enterado de que en el
Saint Lawrence este año han prohibido que los chicos usen gorra y lleven el pelo largo. El colegio en pleno se ha girado para mirarme fijamente.
Siempre llevo el pelo igual: me hago
la raya en medio, en horizontal, lo peino hacia delante para que me cubra la cara al máximo y me encasqueto la gorra. Mi madre lo odia. Dice que me cuelga por
la cara. Que me oculta los ojos. Pero mi pelo es mi tema.
Rectifico: era mi tema.
Madison va y suelta:
—¡Por Dios, ahora tendremos que ver
la cara de la Bestia todos los días!
Os juro que ha dicho eso. Estábamos
en plena reunión de principio de curso.
Yo estaba sentado justo en la fila de
detrás de ella. JP se partía de risa,
¡cómo no! Cuando Fern Chapman ha
mirado a Madison y ha puesto los ojos
en blanco y le ha ordenado que cerrara
el pico, casi se me sale el corazón del
pecho y se pone a bailar la conga de la
alegría.
Gracias, Fern Chapman. Por eso estoy enamorado de ti como un idiota.
Es tan guapa que cuesta respirar
cuando estás a su lado. El aire se hace
más denso.
—Pero llévate a Madison contigo,
Bestia. ¡A tu cueva! —ha dicho JP a la
vez que me daba un codazo desde su
silla para que me riera.
Y eso es lo que he hecho porque,
joder, qué remedio te queda si el
director del colegio, plantado en mitad
del escenario del Saint Lawrence, acaba
de anunciar su nueva política, cuya
principal consecuencia es mostrar al
mundo entero que soy una inmundicia
genética.
Estar sentado junto a mi mejor amigo,
JP, es la prueba irrefutable de mi teoría.
No en plan karma, no, no; es tan fácil
como que una sola de las pecas de JP
vale más que mi cuerpo entero. Así de
claro. Por lo que respecta al físico,
podríamos decir que JP es un héroe de
flamante armadura montado en un caballo de un blanco reluciente, que
desenvaina su sable de empuñadura
dorada y me da muerte mientras el
pueblo lo vitorea. Esa es la realidad. Su lema es: «Simul adoratur», que si lo buscarais en el traductor de Google
vendría a significar, sin exagerar ni un pelo, «ser adorado». Se me parte el
alma viéndolo coleccionar chicas como quien colecciona mariposas para luego atravesarles el corazón.
Sin embargo, por extraño que parezca, quiero a JP porque no se asusta de mí.
Nunca me ha resultado fácil hacer
amigos. Mi madre siempre me decía:
«Habla con los otros niños, ¡enséñales tu sonrisa!». (Por favor, mamá)... Siempre que lo intentaba, salían corriendo. O peor: fingían que no me veían. Cuando estaba en primero y pesaba trece kilos más que cualquier otro chico, JP fue el único que me preguntó: «¿Quieres
jugar?». Claro que le dije que sí. Y si a
cambio me pedía que de vez en cuando le diera una paliza a alguien, yo lo hacía porque él quería que fuéramos amigos.
Tampoco había para tanto. Normalmente me bastaba con acercarme amenazadoramente al muchacho en cuestión y fulminarlo con la mirada.
Además, andar junto a JP es un
distintivo de honor en el Saint
Lawrence. No pienso sacrificar el
asiento que ocupo a su lado en el
comedor.
JP es el mejor, solo que a veces lo
odio. Como ahora. Si no fuera por él,
seguramente no habría subido al tejado y tal vez todavía tendría pelo. Ha sido idea suya lo de ir al peluquero al salir del instituto. Ha dicho que pagaba él, y yo me he quedado alucinado porque es tan rico que da asco y yo soy más pobre
que las ratas. «JP debe de saber que
tengo la moral por los suelos», he
pensado al sentarme en el sillón. Era un detallazo por su parte. Así que le he dicho al peluquero que quería el mismo corte de pelo que JP, exactamente el
mismo. Él se lo echa hacia un lado y
siempre le queda perfecto. Las chicas
aprovechan para pasarle los dedos por
el pelo a la menor oportunidad. Eso es
lo que quiero. Y justo cuando se lo
estaba diciendo, el tío va y me rapa toda
la parte central de la cabeza. Pero¿ qué
co...? He saltado de la silla sin siquiera
quitarme la capa de plástico esa ridícula
y me he abalanzado sobre él. El tío se ha
encogido, como se encoge siempre todo
el mundo, y ha señalado a JP. Me ha
dicho que le había dado veinte dólares
de propina para que me afeitara la
cabeza. En ese mismo momento, JP se ha echado a reír. Yo también me he echado a reír, pero eso es distinto. A mí no me quedaba otro remedio.
O sea que ahora llevo la cabeza
rapada. No me gusta. Me recuerda
demasiado a la quimio. Me pregunto qué pensará mi padre de mi nuevo corte de pelo, él que era todo un experto en este estilo en particular. Si es que todavía piensa, claro.
He intentado borrar de la cabeza lo
mucho que detesto mi imagen de
paciente de quimioterapia, y lo he
logrado. Hasta que he llegado a casa, me he quitado la gorra y he visto mi reflejo en el espejo del recibidor. Por si alguien Lo pregunta, sí, el cristal hecho añicos y el rastro de gotas de sangre hasta el tejado son cosa mía. No es para tanto.
Necesitaba un poco de aire fresco. Así
que he recogido la pelota que estaba allí arriba desde hacía tiempo, he respirado hondo, me he resbalado, y la pelota y yo hemos caído dando tumbos. El final perfecto para un día perfecto.
Pero ¡todavía podía mejorar! Mis
vecinos, los Swampole, me han oído
impactando en el suelo como un
meteorito y también los gritos y han
llamado a una ambulancia. Ahora estoy en el hospital, acabo de despertarme de una operación de dos fracturas espiroideas en la pierna derecha y el ruido de esta máquina me está volviendo
loco. ¿De verdad tiene que pitar cada
vez que me late el corazón? Ojalá
alguien lo pare. El ruido, quiero decir.
Cada vez que suena oigo la voz de
Madison repitiendo una y otra vez:
«¡Por Dios, ahora tendremos que ver la cara de la Bestia todos los días! ¡Por
Dios, ahora tendremos que ver la cara
de la Bestia todos los días!...».
Cierro los ojos para dejar de ver el
blanco exagerado de la habitación del
hospital y siento cierta decepción. No
creía que fuera a acabar aquí. No lo
tenía previsto. Tengo la pierna derecha atada al armazón metálico de la cama, de ella sobresalen pernos, clavos y alambres, y en el viaje que llevo por la morfina me veo en un espectáculo de marionetas psicodélico. Me arrebujo en
la cama del hospital e inhalo el aire
químico del centro como si fuera el
perfume de Fern Chapman. O su desodorante; lo que sea que hace que
huela de esa forma tan increíble. No voy
a mentir: he tenido sueños en los que soy invisible y no hago más que andar detrás de ella y aspirar su olor. Supongo que en mis próximos sueños
tendré que andar cojeando. Las muletas me vienen perfectas. A partir de ahora lo que me llamarán será «el Muletas». «¡Eh, mirad al Muletas!», dirá la gente cuando pase por mi lado. Me gusta la idea. Es mucho más normal.
El silencio dura poco.
Mi madre entra en la habitación como
una exhalación.
—¡Dylan!
No sostiene en la mano su habitual
taza de té chai para el trayecto de vuelta a casa. Debe de haber venido zumbando desde Beaverton, donde trabaja muchas horas y en cuya tienda para empleados nos compra el calzado con descuento.
Me abate una oleada de culpabilidad.
No hay en el mundo suficiente té chai para borrar el susto de que su hijo haya sido trasladado en ambulancia al
hospital y operado de urgencia mientras a ella la localizaban en el trabajo. Después de esto, tal vez necesite pasarse a la kombucha.
—¡Cariño! —exclama. Cruza como un
bólido la habitación y casi me asfixia
con un tremendo abrazo—. He venido en cuanto he podido. El médico me ha
puesto al corriente mientras estabas
dormido, dice que te pondrás bien.
¿Cómo te encuentras? Podrían ponerme un poco más de morfina. No es que me duela nada, pero
no hay nada como la morfina.
—Mejor que nunca.
—¿Necesitas algo?
Una transformación genética de pies a
cabeza.
—No.
Mi madre se aparta un poco y mira
alrededor del panteón. Quería decir de la habitación. Un escalofrío le recorre la espalda.
—Te pareces muchísimo a tu padre
—musita.
No me cabe duda. Verme lleno de
tubos, calvo y más pálido que una barra
de pegamento debe de retrotraerla a la época en que el grandote de mi padre se encontraba tumbado en una cama de hospital.
Una nueva sonrisa aflora a sus
mejillas, esa sonrisa que le forma
arrugas incluso en los pómulos cuando se esfuerza por no pasarse de efusiva.
Suelta la barra metálica del lateral de la cama.
—Me gusta tu corte de pelo; así
puedo verte otra vez la cara. Estás
mucho mejor que escondido detrás de
tanta greña. —Me rodea la mejilla con
la mano suavemente como cuando era pequeño—. Eres clavadito a él.
No digo nada porque es verdad, he
visto las fotos y tiene razón. Podrían
plantarte delante una foto de mi padre y creerías que soy yo. El mismo cuerpazo que cubre la imagen entera y la misma cara capaz de romper el objetivo. Pero yo soy más peludo; suerte que tiene uno.
—Ay, Dylan. —Mi madre suspira
mientras me ahueca la almohada—. El
médico me ha dicho que estabas
intentando recuperar una pelota,
¿verdad? Podríamos haber encontrado una forma mejor de bajarla de allí, ¿no
crees?
—Mmm...
—Creía que odiabas el fútbol.
Ignoro el comentario y alcanzo el
dosificador del calmante. Una dosis;
dos; tres.
—¡Para! —exclama arrancándomelo
de la mano—. Solo nos falta tener que
pasar por un centro de desintoxicación todas las mañanas antes de ir a clase.
No, hoy no vamos a volvernos adictos a la morfina, muchas gracias.
—V-va mu-muy bien. Mmm-mola.
—No lo dudo —responde—. Bueno, mientras esperábamos a que te
despertaras, he llamado al colegio y les he dicho que empezarás el curso
cojeando de una pierna.
Debajo de los párpados cerrados,
pongo los ojos en blanco en el mismo
momento en que noto un subidón de
calmante.
—En fin. ¿A quién más se lo has
dicho? —¿A Fern Chapman?, pienso
para mis adentros.
Juro que si Fern cruza esa puerta con
su aire glamuroso, me moriré.
—He avisado al colegio y a la
familia.
—¿Y a mis amigos? —Me da miedo
preguntárselo—. Por favor, dime que
seré el primero en contárselo a JP.
—No te enfades, cariño... —Se
muerde el labio.
—... pero ya le has mandado un
mensaje. —Termino la frase en su lugar.
—No, no; ha sido él quien me ha
mandado un mensaje a mí. Se ha enterado de que te había ocurrido algo y
quería asegurarse de que estás bien. ¿No
es eso lo que hacen los amigos?
—Supongo que sí.
—No mates al mensajero. Fuisteis
vosotros los que de pequeños
decidisteis que seríais como hermanos,
no yo. JP cuidaba de ti. —Mi madre
hace amago de reírse—. Bueno, puede
que JP no viera tu aterrizaje, pero seguro
que papá disfrutó desde su asiento en
primera fila.
Los dos nos echamos a reír, pero
suena a risa falsa. Claro que ¿qué otra
cosa podemos hacer? Nada. El hombre
al que cada día me parezco más, tanto
por la estatura como por el vello y el
volumen en continua expansión, se fue hace doce años. Tuvo una muerte lenta y dura a causa del cáncer, así que espero que por lo menos esté por ahí arriba partiéndose de risa.
Siento frío en la cabeza. Poco a poco,
me la toco y noto el pelillo incipiente; ni rastro de la tela de algodón desgastada ni de la rígida visera gastada.
—¿Dónde está mi gorra? —pregunto
de inmediato.
Mi madre mira alrededor.
—No lo sé.
Me incorporo y estiro el cuello a
izquierda y derecha, buscándola.
—No puede ser. Mi gorra... ¿Dónde
está?
—Túmbate —insiste—. Dylan, la
pierna, tienes que tenerla en alto.
—No pasa nada. —Empiezan a oírse
pitidos y entran unos cuantos enfermeros
y enfermeras gritándome que deje de
moverme—. Solo quiero mi gorra —
intento decir lo más lenta y
calmadamente posible. Pero no sirve de nada. Mil millones de manos y brazos frenéticos me sujetan contra la cama. Supongo que debo de ser tan grande como dicen—. No es por la pierna — trato de asegurarles. Cualquiera diría que están inmovilizando a un búfalo que se revuelve en el agua. ¡Eh! ¡Que soy yo!
—. Solo quiero mi gorra, nada más.
—¿Quieres taparte la cabeza? —
pregunta una de las enfermeras.
—Te traigo algo —se ofrece el
primer enfermero que ha entrado—.
Enseguida vuelvo.
Mi madre se acerca y me acaricia el
hombro.
—No pasa nada, cariño —dice—.
Eres muy guapo, ¿sabes? No hace falta
que te escondas detrás de ninguna gorra.
Eres una persona muy atractiva, por
dentro y por fuera, y algún día...
—Mamá... Déjalo.
Mi madre... Dios, ¿por dónde
empiezo? ¿Le suelto la verdad sin
anestesia? Mi madre es de las que,
cuando un completo extraño se hace
daño en el pie, lo acompaña a casa en
coche y le da la mitad de los ahorros de su vida para asegurarse de que sale
adelante. Cuando se trata de mí, eso se
traduce en que no para de agobiarme con sus piropos maternos hasta que, mal que me pese, no me cabe duda de lo maravilloso que llego a ser.
El hecho de que tenga que esforzarse
tanto por convencerme me molesta aún más que lo que me dice.
—Aquí tienes.
El enfermero ha vuelto con un
casquete de algodón. Le echo un vistazo
y lo dejo a un lado de la cama.
—Gracias —le digo de todos modos.
No me veo poniéndome ninguna otra
cosa en la cabeza que no sea mi gorra de béisbol. Mi gorra y yo hemos superado juntos mucha mierda; es como mi yelmo.
Este casquete de hospital, en cambio, no es capaz de protegerme de la mierda en absoluto. Me quedo mirando la estructura metálica. El sistema de poleas
y cables mantiene mi pierna inmóvil, en alto. Mi pierna. Un vacío me recorre por dentro mientras la miro. Como si estuviera desprovista de vida. Un pez espada que libró una dura batalla pero que al fin cayó en el puerto.
—Dylan, cariño, ¿estás bien? —
pregunta mi madre.
—Me duele. —Finjo sentir algo de
dolor, pero ella no cede, así que me
retuerzo un poco más. Se ha puesto tan contenta al volver a verme la cara que la desencajó de puro sufrimiento solo para ella, y entonces me permite accionar la bomba del calmante. (¡Bien!)—.
Necesito hablar con el médico.
El enfermero que ha entrado en
primer lugar comprueba la respuesta
nerviosa de los dedos de los pies, y la
enfermera sale de la habitación.
—Voy a buscarlo —se ofrece.
Me muerdo el labio superior. ¿Debo
seguir? ¿Debo hacerle una pregunta que
hasta ahora solo le he hecho a Google?
Creo que sí. Al cabo de veinte minutos
más o menos, el traumatólogo que me ha operado, el doctor Jensen, entra y
calibra la situación.
—¿Qué le ocurre, señor Ingvarsson?No puede decirse que no es directo
con los enfermos.
—No importa —mascullo, y la
vergüenza vuelve a invadirme de lleno
—, ya se me ha pasado.
Todo el mundo me mira. El médico
mira a mi madre.
—¿Puedo hablar con mi paciente?
—Claro —responde ella.
Mi madre sigue allí plantada,
pestañeando con inocencia.
El médico la mira con las cejas
enarcadas hasta que mi madre no puede seguir ignorando la insinuación.
—Voy... Mmm... Voy a buscar algo
para comer. Vuelvo en un momento. —
Hace una pausa. Los enfermeros se
detienen a medio camino, como si
estuvieran esperando a marcharse con
ella—. ¿Te traigo algo?
—No —respondo.
—¿Estás seguro? Puedo salir a
comprarte una hamburguesa o cualquier otra cosa. ¿Pastel de manzana? Te encanta el pastel de manzana.
—¡Mamá!
—De acuerdo, muy bien, entendido.
Desaparece.
En cuanto nos quedamos solos, el
doctor Jensen me mira directamente a
los ojos.
—Veamos, chico, ¿cuál es el
verdadero problema?
Sus ojos son como un láser.
—Es, o sea... Bueno, a ver, ¿usted
podría...? —Sacudo la cabeza, esta
cabeza tan patética.
—Si puedo ¿qué?
El doctor Jensen mira el reloj.
Suspiro y lo intento de nuevo. Puede
que sea mi única oportunidad.
—¿Podría recomendarme a alguien
que... pudiera cambiarme?
Hasta aquí estoy el primer capítulo, gracias chicas!
Espero les guste y se haya arreglado el problema
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El corazón de la bestia.
RomanceUna historia de amor transgénero. Nadie está a gusto en su propio cuerpo. Pero Dylan siente que el suyo es demasiado. Demasiado alto, demasiado peludo, demasiado grande. En terapia conocerá a Jamie y, por primera vez en su vida, encajará. Ella le mi...
