LYDIA
El agua del río me llega hasta las rodillas, mas no la siento intentar llevarme con la corriente. Tampoco siento la fría brisa que agita mi pelo, o la calidez que pronto abraza mi cuerpo. Está amaneciendo, el sol empieza a cubrir las montañas y las nubes que antes se posaban en el pasto vuelven a su estado original. El bosque toma vida al pasar los minutos, dejando ver sus árboles y pequeñas cuevas. Tapo mis ojos del sol y los mantengo cerrados mientras me ato el pelo en una moña alta. Pero al abrirlos de nuevo, no es un valle lo que veo, es oscuridad.
Esta vez no distingo nada de lo que hay alrededor, solo siento la lluvia quedarse en mi pelo, mojándolo todo mientras pequeñas gotas resbalan y me nublan la visión. Subo un brazo e intento cubrirme, pero solo logro que pueda distinguir menos mi alrededor. Me agacho y pongo una mano en el suelo, intentando descifrar mi ubicación. Esta se llena de agua instantáneamente, pero hay algo más. Llevo mi mano a mi nariz y huelo algo que me produce escalofríos, sangre. Me levanto de golpe y echo a correr. Corro sin rumbo, y sin dirección aparente. Lo hago aunque sé que no hay salida, y aunque sé que no llegaré a ningún lado.
Una voz aguda murmura mi nombre, lo dice una y otra vez.
Eso es lo único que logro distinguir antes de que una fría mano tome mi cuello. Intento zafarme, pero mis esfuerzos son en vano. Ahogo un grito al distinguir a la túnica sin cara que me sostiene y me levanta en el aire.
En ese momento, me despierto.
–Pero qué emocionante.- digo sin ganas mientras levanto mi mano derecha y la veo temblar. Uso mi otra mano para apretar mi muñeca derecha en busca de algo que calme mi reacción a la pesadilla. Respiro hondo un par de veces y miro a mi izquierda, esperando ver un vaso de agua. Al no encontrarlo, decido levantarme de la cama. Bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Sirvo dos vasos de agua, porque sé que necesitaré más de uno para calmarme. Me siento en la silla negra de cuero de mi hermano y me tomo mi primer vaso en tres sorbos mientras dejo el segundo en la mesa que queda en el centro de la sala.
Por algún motivo, esta silla me hace sentir calma a pesar de todos los recuerdos que me trae. Recuerdo cuando pequeños, mi hermano y yo subíamos a la silla, nos parábamos en ella y competíamos para ver quién alcanzaba a tocar el techo. Siempre fue así, pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo en la silla negra de cuero. Era la razón de mis sonrisas y mis alegrías, hasta que un día se convirtió en una reliquia, en un recuerdo más. Y aunque es solo una silla negra de cuero, es lo único que me queda de esa persona amable y cariñosa que siempre fue mi hermano. Que incluso años después de su muerte, sigue aquí enseñándome cosas.
Me quedo sentada hasta mucho después del salir del sol, viendo únicamente mis dos vasos de agua, vacíos. Cinco horas desde que salí de la cama, y cinco horas desde mi quinta pesadilla en la semana. Interesante.
Me levanto de la silla y lavo ambos vasos, subo las escaleras de dos en dos y entro a mi cuarto a prepararme para un maravilloso día lleno de sueño y gente quejándose. Entro a la ducha, no sin antes escoger mi ropa, un saco de lana vino tinto que me llega hasta un poco más arriba de la cintura, unos pantalones negros altos y unas botas del mismo color. Termino de arreglarme y me dejo el pelo suelto. Me tomo una pastilla para el dolor de cabeza y salgo de la casa. Camino por varios minutos, pero empiezo a sentirme observada. Giro buscando a alguien mirándome, y eso es lo que encuentro. Veo a mi amiga, a esa persona que conozco desde el preescolar parada en un callejón agitando su mano en señal de saludo al mismo tiempo en el que se acerca.
–Uff, ¿qué te pasó? ¿Slenderman te dio clases de maquillaje?–. Dice con una sonrisa mientras se pone a mi lado para seguir caminando.
–1. Buenos días. 2. Oh gran diosa del maquillaje,–.Hago una reverencia- ¿podría usted ayudarme a esconder estas terribles ojeras?–. Digo mostrándole mis ojos y una bella sonrisa que se parece a la del gato del País de las Maravillas.
–Con muchísimo gusto, señorita...–. Hace un gesto con la cabeza indicándome que diga mi nombre.
–Ah, si, Lydia Woodard–. Respondo con fingido entusiasmo. Soy una gran actriz.
–Bueno, esas ojeras dejan de verse para cuando termine o no me llamo Rebecca Britt, ¿me entendiste Lydia?–. Dice con la determinación de su diosa del maquillaje interior, al mismo tiempo en el que intenta hacer que mis ojeras sean menos visibles.- Ahora, ¿estás bien?–. Dice suavemente la misma pregunta que todos me hicieron después de lo de mi hermano. Solo que, mi respuesta no cambia, no lo estoy, pero lo estaré.
–Mmm-hmm, una pesadilla solamente–. Digo al mismo tiempo en el que puntos blancos empiezan a afectar mi visión. Sigo caminando hasta que un dolor intenso en mi cabeza me impide seguir. Me sujeto la cabeza con ambas manos y me tumbo en el suelo. La cara de mi amiga es lo último que veo.
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Luz de Sangre
FantasySentía el sudor frío correr por mi espalda, mi pulso se estaba acelerando y mi respiración se entrecortaba. Trataba tan fuerte pero no podía, del esfuerzo me había comenzado a doler la cabeza; esas horribles figuras encapuchadas venían hacía mí, se...
