Capítulo 1

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[Baze]
El día en Jedha es caluroso y no hay una nube en el cielo que proporcione la más mínima sombra. Pese a ello, el pueblo de Jedha se congrega, bullicioso y expectante, al pie de las escaleras del templo.
Hoy es un día de celebración: La Gobernadora ha bajado a la ciudad para visitar el templo. La multitud está esperando para verla y, en cuanto se asoma por el umbral de la puerta, estalla en gritos de júbilo y vítores. Incluso el séquito de monjes que la acompañan se une a los cánticos. Todas las personas sonríen, pero ninguna sonrisa es tan radiante como la del joven de ojos azules que está a la izquierda de la Gobernadora.
Entre la alegre multitud se deslizan sombras, augurando la tragedia con su presencia, pero nadie les presta atención, todos están demasiado ocupados siendo felices. Es como si solo Baze, desde una ventana del templo, fuese capaz de verlos. Ve como se mueven entre la multitud arremolinada en la plaza. También ve como se quedan quietos a una distancia prudencial del templo y empiezan a hacerse señas.
-¡Chirko!- Grita- ¡Chirko!
Pero el joven de ojos azules no le escucha.
Las detonaciones comienzan.
- ¡No! ¡No! ¡No!
Los gritos de Baze se pierden entre los de tantos otros ciudadanos, que huyen despavoridos mientras la entrada del templo se desmorona creando un telón de polvo y humo. En cuanto el telón se desvanece ya no hay entrada, solo escombros y muerte. En el silencio de la plaza, Baze grita aún más fuerte, con los ojos inundados en lágrimas:
- No, no, no, no ¡No!
Y se despierta gritando y sudoroso. Su corazón palpita nervioso, tiene los músculos tensos y jadea. "Ha sido un sueño", se dice, "Un horrible sueño". "Eso no es real", masculla. Su corazón empieza a latir más despacio y los jadeos cesan. Se deshace de las sábanas que lo tapaban de una patada, sofocado, no sabe si por el calor del zulo o por la pesadilla. Se sienta al borde de la cama. "Solo una semana más" murmura para sus adentros mientras observa el calendario que tiene clavado en la pared. "Solo una semana y lo veré" dice, intentando animarse, pero su vista se nubla y unas lágrimas caen por sus mejillas. Durante más de tres años, Baze intentó encontrar a Chirko mientras meditaba, sentir su presencia, pero lo único que lograba de meditar era acabar llorando impotentemente . No lo logró ni una sola vez, y eso no hacía más que empeorarlo todo. Baze no sabía si el pequeño monje seguiría vivo, y tenía miedo de que los yitz hubiesen planeado otro ataque. "Porque ese día tuvo suerte" se dice cada vez que recuerda el día en el que Chirko perdió la vista, "Él podría estar muerto, y sería tu culpa, por cobarde". Se limpia las lágrimas con rabia, como si eso bastara para librarse del sentimiento de culpa, pero acaba enterrando la cara entre sus manos, sollozando.
Los sollozos cesan al rato, y Baze se incorpora poco a poco. El sudor frío y el calor seco de la estancia lo hacen sentirse sucio, por lo que decide ducharse, con la esperanza de ser capaz de dejar la mente en blanco.
Abre el agua y se desviste rápidamente. Se mete bajo el chorro de agua sin pararse siquiera a comprobar la temperatura de esta. El agua deslizándose por su cuerpo perfectamente musculado le tranquiliza. Observó las puntas trenzadas de su pelo, una maraña de rizos, rastas y trenzas que le llegan por la cintura, dándose  cuenta de cuanto ha cambiado. Ya no era el crío de 14 años que dejó Jedha. Su estatura rondará ahora el metro ochenta, y sus músculos se han desarrollado gracias a las duras condiciones de su exilio. Como recuerdo de ello, su piel está adornada por cicatrices en varios lugares. Ha cambiado mucho desde la última vez que Chirko lo vio. "Hace más de cinco años" piensa, "Cuando aún no estaba ciego". El subconsciente Baze se imaginó las manos de un Chirko adulto recorriendo su cuerpo a medida que el agua lo tocaba, y no pudo contener un suspiro. Notó un cosquilleo en las mejillas, y se sonrojó. Avergonzado por su reacción, metió la cabeza por completo debajo del chorro de agua, y salió de la ducha. Se secó rápidamente y con la toalla alrededor de la cintura, se dirigió a su habitación de nuevo. Sacó un pantalón hecho de un tejido basto de un arcón, junto con una camiseta de algodón que en su día fue blanca. El pantalón le quedaba bastante holgado en la pierna, y lo necesariamente apretado en la cadera. La camiseta le quedaba completamente holgada salvo en la zona del pecho, marcando sus pectorales. Guardó el resto de su ropa y unas cuantas provisiones en una bolsa de lona y la dejó sobre la cama. Se sentó a su lado y de una mesilla de noche, cogió una libreta, de la que sobresalían esquinas y cachos de hojas y que doblaba su grosor original. Baze la usaba para dibujar. Aprendió a hacerlo hace más de dos años, temiendo olvidarse de la cara de Chirko, y acabó tomándolo como un entretenimiento. Las páginas de esa libreta estaban llenas de imágenes de flores, animales, ciudades, edificios y personas de los diferentes lugares en los que había estado, pero las dos páginas del medio, por donde siempre abría la libreta, tenían dibujados dos retratos: el del Chirko de catorce años y el de como Baze creería que sería Chirko con diecinueve. Pasó suavemente las yemas de sus dedos por el rostro del Chirko de diecinueve años, tocando sus marcados pómulos, sus ojos rasgados, sus labios finos y cerró la libreta. La guardó junto con su pasaporte y visado en un bolsillo de la bolsa. Se dejó caer de espaldas sobre la cama y miró al techo. Dejó escapar un suspiro:
-Pronto te veré. Espérame, por favor.
Dicho esto se incorporó casi de un salto y se dirigió a la puerta. Antes de abrirla se calzó sus botas de combate y se puso una túnica gruesa y negra que le cubría desde las muñecas al cuello, y que quedaba un poco por encima de sus rodillas. En dos años en Tatooine había aprendido que por muy gruesa y resistente que sea la piel de un yitz, se acaba quemando. Nada más salir por la puerta, se echó la capucha por encima y se dirigió al embarcadero más cercano. Cogería la próxima nave a Jedha.

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⏰ Last updated: Apr 13, 2017 ⏰

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