La pesadilla

45 5 11
                                        

Habían pasado 12 meses, es decir, un año, desde que Charls y Seika partieron en su viaje por el mundo para entrenar, ahora ambos tenían un objetivo en común: detener a Bokyaku. Pero para ello debían hacerse más fuertes para conseguirlo. Vivían una vida nómada, viajaban de un lugar para otro, sin quedarse en el mismo sitio mucho tiempo. Se ganaban la vida vendiendo objetos de caza, ya fuera de animales o de monstruos, y alguna vez la gente les pedía algún "trabajo" a cambio de dinero. Pero siempre evitaban llamar la atención allá a donde iban, querían evitar preguntas incómodas. Normalmente su comida la obtenían fruto de la caza o la recolección, pero ¿Quién le decía no a comprar algo de comida precocinada, o ingredientes para cocina para variar? Un día, compraron unos dulces y resultó que Charls no los había probado en su vida, aunque tras probar las golosinas no le gustaron. Según el se pegaba a la boca y era desagradable. Dormían a la intemperie, pero sí que es cierto, que si encontraban alguna caverna, se quedaban allí. Además, por la mañana los muchachos entrenaban en el arte de la esgrima, echando pequeñas batallas.

Charls no había disfrutado tanto un viaje en su vida, y estaba siendo realmente feliz, además consideraba que Seika se había vuelto más poderosa que 6 meses antes, y el chico muy en el fondo, quería creer que, aunque fuese solo un poco, la chica estaba disfrutando de su compañía.

Ese mes, los dos jóvenes se encontraban merodeando por los alrededores del país del Fuego. En esta ocasión, una anciana muy simpática, le había pedido ayuda. Resulta que los muchachos paseaban por las calles de ciudad Ceniza, tras haber visitado una barbería, para que Charls, pudiera afeitarse su en ese entonces crecida barba.

En eso, llegaron a una farmacia en cuya puerta se hallaba aquella pobre persona de tercera edad. La mujer debía de tener más de 80 años, lucia una larga cabellera blanca recogida en un moño sencillo, sujetado por una redecilla para el pelo. Tenia arrugas por todo su cuerpo y alguna que otra verruga. La anciana lloraba desconsoladamente y por mucho que las personas se parasen a tratar de animarla o saber que le ocurría. Seika y Charls se miraron, sabiendo que esto olía a persona en apuros y por tanto, a un recado. Los dos chicos (aunque uno no tan chico) se acercaron a ella con decisión y Seika comenzó a pasarla una mano por encima del hombro, de manera tranquilizadora, mientras que Charls le hablaba con un tono de voz calmado a la par que tranquilizador:

- Tranquila, señora... ¿Qué le ocurre? - La señora no paro de llorar - oiga, mire, nosotros podemos ayudarla...


- No, no mientas - cortó la anciana entre sollozos - nadie puede...


- Claro que se puede... -continuó sin perder la paciencia - mira, ella es Seika - dijo señalando a la chica - y yo soy Charls, ayudamos a personas que nos encontramos por ahí, somos buenos cazadores, y no somos malos luchando, para recuperar algún objeto que le haya sido robado...


- Nadie podrá, es una misión imposible, haría temblar hasta al más valiente héroe y vosotros solo sois niños...


- Me gusta el peligro - intervino Seika - soy toda oídos.


- Yo... - la anciana se absorbió los mocos hacia dentro y paro de llorar, empezó a hablar con una voz amable - en fin, supongo que di no os lo cuento, no os marchareis - sonrió- pasad por favor. - Y abrió la puerta de la farmacéutica, haciendo un gesto a los chicos para que la siguiesen.

En el interior se podía apreciar una sala con una barra de atención al cliente y suelos adosados con azulejos. Las paredes estaban llenas de estantes que a su vez, estaban abarrotadas de todo tipo de productos de salud, desde pastillas hasta cremas mata-hongos. La habitación era iluminada por la luz que entraba por los cristales de los escaparates. Y justo a la izquierda de la barra se puede ver una puerta de madera, como si fuese la de un apartamento.

Una vez entraron todos, la anciana cerró la puerta de cristal del negocio con llave y a continuación, se dirigió hacia la puerta del otro lado del establecimiento con tranquilidad, y la abrió. Los chicos pasaron a lo que parecía ser su casa. En el salón, una mujer y un hombre estaban en el sofá, la mujer lloraba de manera incontrolable. Todos miraban a algo que yacía en el suelo, se trataba de una niña, la cual poseía un aspecto terrible. Tenía la cara pálida, estaba llena de sudor y un hilito de sangre caía de su boca. Además, la pobre niña no estaba consciente y respiraba con dificultad. Ni el hombre ni la mujer, que se podía deducir que eran sus padres, no parecieron notar la presencia de las dos nuevas personas desconocidas que acababan de entrar en su casa. La anciana se les acercó y les dijo:

La enfermedad Stories to obsess over. Discover now