LA PRINCESA Y EL DRAGÓN
Por Berenice Gómez B.
A mi reina, mi dragón y mi sombrerero.
Todos los amores son diferentes en su especie. No hay un amorío igual a otro, aunque las similitudes sean apabullantes siempre hay un abismo de diferencia. Un beso, una caricia, hacer el amor; nunca vuelve a pasar con otra persona.
Esta vez les contaré la historia de una princesa, que más que princesa era veterana de guerra en sentido figurado.
Su nombre era Peregrina, como sus virtudes, una princesa de elemento agua, cuando quería podía ser vulnerable y frágil como una gota, pero también podía ser fuerte y arrasadora como un rio. O inmensa e intimidante como el océano, era una mujer muy lista y valiente, lo que le costó muchas lágrimas y batallas que le había forjado el destino.
Vivía en un palacio lleno de lujos y hermosos paisajes, llena de amor y admiración por su belleza. En el castillo vivía con sus doncellas, una le cepillaba el cabello, la otra arreglaba sus frondosos vestidos, dos más cuidaban de ella cada minuto y la alimentaban. Todo a regañadientes, no le gustaba que peinarán su hermoso cabello negro único en el reino, ni que la vistieran con ampones vestidos, ella prefería los trajes para cabalgar. Amaba montar a caballo, sentirse libre y respirar el viento en contra. Le desagradaba que decidieran por ella que iba vestir, que iba comer, era un espíritu libre que amaba estar fuera del castillo.
Las doncellas sabían que no se trataba de nada personal, e intentaban convencerla de no hacer enojar a su padre cuando resoplaba contra cualquier indicación que le era dada.
La admiraban por su coraje y valentía, era una persona muy fácil de querer, que se caracterizaba por ser alegre y defender sus ideas, muy adelantada a su época.
Leía libros de otras culturas y le gustaba la música de piano.
Su madre era la mujer más hermosa del reino, estaba llena de bondad y amor, era la mujer con el corazón más lindo del reino. Caminaba llena de gracia con su cabello rubio y su peinado alto con hermosos vestidos de colores secos y brillantes, adornados con diamantes y holanes, los más caros hechos a mano por los pueblerinos.
Sus hermanos eran los bufones del reino, menores que la princesa, de 20 y 9 años eran los seres más simpáticos y bribones en el continente, haciendo reír con sus bromas a todos en el palacio. Eran unos buenos chicos, sin malicia ni maldad, todo lo habían aprendido de su madre. Sus cabelleras rubias y su blanca piel desentonaban con el resto de los inquilinos del enorme palacio.
Dentro del palacio también estaba el rey, a quien una hechicera había lanzado un embrujo hacía muchos años, convirtiéndolo en un enorme dragón que lanzaba llamas lleno de odio. Un castigo, que sin merecer amargó su corazón y la vida de quienes lo amaban, al verlo destruirse y lacerarse a si mismo con las llamas.
Su esposa, la reina Jade, sufría al ver a su amado convertido en un monstruo y recordaba con pesar el día que lo perdió, cuando la princesa Peregrina acababa de nacer, y él triste renegó por no haber concebido un varón. La partera, quien era una poderosa hechicera lo miro con desdén y desprecio y lanzó en él el terrible embrujo que lo mantendría así hasta que terminara el encanto.
"Debes aprender, que el mundo no se reduce a lo que conoces, hay un universo de posibilidades, y esto lo aprenderás a partir de hoy." Pronunció la bruja mientras el Rey corría lunático por el reino cambiando de forma a un enorme dragón de largas uñas y feroces garras.
-Madre, ¿algún día mi padre volverá a comer la cena con nosotros? . Preguntó el príncipe May, el menor de los hijos. Su madre lo miro con tristeza.
