Capítulo: Un nuevo comienzo en el paraíso
Narra Feriha:
Habían pasado apenas tres días desde que Emir y yo nos dimos el «sí, acepto», y la felicidad me resultaba casi irreal. Estábamos en nuestra luna de miel, refugiados en una isla paradisíaca, lejos del caos de Estambul y de los fantasmas del pasado. Por fin, la tormenta había cesado.
Mi familia finalmente aceptaba lo nuestro; incluso Mehmet había suavizado su odio hacia Emir. Mi padre por fin descansaba de los años de duro trabajo, mientras que Mehmet prosperaba en su nuevo empleo. Gülsüm, por su parte, estaba fuera de la ciudad por temas laborales, dejando a Koray a cargo de su hijo. Lo más sorprendente fue ver cómo las piezas encajaban: Hande se había casado con Koray, dejando atrás su obsesión por Emir, y Cansu finalmente había encontrado el amor, liberándose de la sombra que solía perseguirnos.
Todo estaba en paz. O eso creía.
—Buen día —la voz profunda de Emir me sacó de mis pensamientos.
—Buen día —respondí, dejando que una pequeña sonrisa iluminara mi rostro al verlo despertar.
—¿Cómo dormiste? —preguntó mientras se desperezaba, preparándose para ir a la ducha.
—Muy bien, ¿y tú?
En lugar de responder con palabras, se acercó a mí y me envolvió en un beso profundo, de esos que te detienen el corazón. Se alejó apenas unos centímetros para susurrarme al oído:
—Excelente, porque dormí al lado de mi preciosa esposa.
Le regalé una última sonrisa antes de levantarme para preparar el desayuno. Sin embargo, mientras Emir se vestía y yo entraba al baño, una oleada repentina de náuseas me golpeó. Luché contra las ganas de vomitar, respirando hondo. «No le diré nada aún, no quiero preocuparlo», me prometí a mí misma.
Logramos desayunar, pero en cuanto comencé a levantar la mesa, el malestar regresó con una fuerza incontenible. Aproveché que Emir salió al patio para correr al baño. Con las manos temblorosas, saqué la prueba que guardaba en mi neceser.
Los minutos de espera fueron eternos. Cuando finalmente miré el resultado, el mundo se detuvo: positivo. Estaba embarazada.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin previo aviso. Estaba en shock, atrapada en mis pensamientos, hasta que unos golpes en la puerta me sobresaltaron.
—¡Feriha! ¿Estás bien? ¿Qué tienes? —la voz de Emir sonaba cargada de angustia.
Abrí la puerta lentamente. Al verme llorando, su rostro se transformó en una máscara de pura preocupación.
—Estoy bien, Emir... es solo que estoy...
—¿Estás qué? ¡Feriha, me asustas! —exclamó tomándome por los hombros.
—¡Estoy embarazada! —le grité con el corazón saltando de alegría y una sonrisa que apenas me cabía en la cara.
El silencio reinó por un segundo. Luego, una chispa de luz cruzó los ojos de Emir. Se levantó del sofá de un salto y me rodeó en un abrazo tan fuerte que sentí que nuestros corazones latían al mismo ritmo.
—Estoy tan feliz... —me susurró al oído, con la voz quebrada.
Se alejó un poco para mirarme a los ojos. Una pequeña lágrima de felicidad rodaba por su mejilla mientras acariciaba mi rostro con una ternura infinita.
—Tenemos que volver a Estambul —dijo con determinación—. Quiero que te atiendan los mejores doctores y tenemos que darles la noticia a nuestros amigos y a la familia.
Asentí, sabiendo que este era el verdadero inicio de nuestra vida juntos.
