Memorias

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Eric conducía su Meriva por una angosta calle empedrada para visitar a su padre. El edificio se hallaba en el centro, donde convergían las tres principales calles de la ciudad capital.

Eric traspasó el gran portón y se estacionó bajo un arce.

El interior del edificio era espacioso, con techos muy elevados y columnas de mármol en un intento de parecer un palacio griego. A su alrededor había cientos de personas que a su vez habían rentado un espacio para sus seres queridos. El portero del ascensor le sonrió al reconocerlo.

- Buen día señor, es un placer volver a verlo – dijo el hombrecillo de tez oscura.

- A mí también me da gusto Henry – contestó Eric.

- Piso veinticinco – confirmó el portero.

- Así es.

Henry oprimió un botón y el elevador comenzó a ascender suavemente. Afortunadamente para Eric, a quien no le favorecían los espacios cerrados, no tomó más de treinta segundos llegar a su destino.

- Lo veré en un momento más – dijo Henry haciendo una inclinación con la cabeza.

- Gracias Henry.

Eric continuó su recorrido por el largo pasillo y al llegar al cubículo 800-D, deslizó una tarjeta en una ranura electrónica.

Lo primero que vio fue a su padre sentado en su sillón favorito, con la camisa que Eric le había regalado una no muy lejana navidad.

- ¿Cómo estás papá?

- Pues tan bien como puede estar un anciano, cansado y viejo, ¿Cómo estás tú?

- Mal, Lidia me dejó – respondió Eric apesadumbrado.

- ¿Cómo es eso posible?

- No toleraba mis horarios de oficina – dijo Eric - pero me dejó a los niños.

- Eso es bueno, los niños son una razón para vivir.

- Los niños no lo tomaron muy bien – comentó el joven, rascándose una oreja. Solía hacer ese gesto cuando se sentía incómodo.

- Lo siento tanto hijo – dijo el anciano - sé que duele ahora, pero las cosas suceden siempre por una razón. Además eres joven, conocerás a una mujer más comprensiva algún día, que te ame y te acepte.

- No creo que pueda enamorarme otra vez.

- No pienses en eso, el corazón es resistente.

- Eso espero – dijo Eric incrédulo.

- Recuerda que mi primer matrimonio no funcionó, pero después conocí a tu madre.

- Ahora es difícil pensar en eso.

Se miraron en silencio por un largo rato. Ahora que lo tenía frente a si, Eric se sintió emocionalmente bloqueado como para tener una conversación. Pero su padre siempre salvaba esos momentos de tensión con su actitud positiva.

Durante una hora conversaron largamente sobre antiguos recuerdos.

Eric casi olvidaba el asunto de su separación con la agradable charla, pero después de una pausa en la conversación, el semblante de su padre tuvo un cambio drástico y reflejó dolor.

- Hijo, tienes que ayudarme – dijo el anciano con una voz oprimida.

- ¿Qué dices? – preguntó Eric.

- Estamos atrapados.

- No entiendo.

- Estamos atrapados, tienes que decirle a alguien - repitió angustiante.

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