La “Nanoagua”, quizá el más bárbaro invento hecho por el hombre, capaz de optimizar el organismo del ser humano; en otras palabras, “La fuente de la vida”. Su creador, Rodolfo Llinás, gastó casi la mitad de su vida estudiando las propiedades del agua normal para poder crear la nueva agua de vida. Él, se inspiró y también tomó prestado algunos conceptos del filósofo y científico, Tales de Mileto, para quien el agua era la vida misma.
Los cuatro AH-64A Apache de las fuerzas armadas de los Estados Unidos de América descendían sigilosamente como goleros al patio trasero del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York.
La tenue luz de la luna iluminaba la escena mientras que las paletas de los cuatro helicópteros cortaban el aire hasta lograr descender al suelo. De cada nave, aparecían 8 soldados empuñando sus fusiles de asalto M4 e inmediatamente comenzaron a tirotear la entrada del lugar, abriéndose paso al interior del departamento.
Mientras las alarmas del lugar estallaban estruendosamente, las decenas de soldados caminaban cautelosamente por encima de los trozos de vidrio, internándose cada vez más. Todavía en la entrada del lugar, permanecían inmóviles un grupo de soldados, escoltando a alguien, muy probablemente era el jefe de la misión quien aún no se atrevía a entrar al departamento. Lo hizo cuando uno de los soldados que ya habían entrado más allá de la habitación principal, indicó que era seguro pasar.
A pocos metros de allí, en el mismo departamento pero en la sección más alejada, se encontraba un anciano de unos 82 años rebuscando entre sus bolsillos la llave que abría una pequeña caja fuerte. La encontró y abrió la caja fuerte que se hallaba incrustada en la pared más alejada, de dónde sacó un tubo de ensayo con un agua cristalina en su interior y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. El ensordecedor grito de las alarmas, lo empujaba a actuar rápido, así que apuró el paso pero, antes de salir, retrocedió y se dirigió, muy nervioso, pero rápidamente hacia una pecera que se encontraba en la misma sala; agarró un matraz de Erlenmeyer, lo llenó del agua, enseguida metió su brazo en la pecera y sacó un pececito “bailarina” y lo echó en el matraz. Se disponía a sacar al otro pececito que quedaba en la pecera pero una gran explosión proveniente de unos pocos metros, impidió que lo hiciera -“¡Me largo de esta vaina!”, exclamó el profesor- y abandonó el lugar lo más rápido que pudo. Al salir al patio trasero, sintió una leve descarga eléctrica en su espalda pero no le dio importancia, lo que importaba era salir de aquel lugar, sobrevivir.
Un minuto después, los soldados entraron al laboratorio del Profesor Rodolfo Llinás pero él ya no se encontraba allí. En aquel instante, una mata de pelos de mazorca se asomó en la puerta de aquel laboratorio; era el jefe de la misión, el presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump. Este, ordenó que sacaran el pececito que quedaba en la pecera y así sucedió; uno de los soldados extrajo una bolsa ziploc de su bolsillo y la metió en la pecera, sacándola llena de agua y con el pececito dentro.
De esta manera, terminó aquella misión. Y varios meses después, también terminó la vida para el 89% de la raza humana. Sucedió gracias al efecto invernadero; estos gases aumentaron un 58% a causa de la masiva industrialización proveniente de los países en vía de desarrollo. Así es, nos cegamos cuando sólo vemos nuestro propio bien sin saber que, muchas veces ponemos en riesgo la salud, la vida de los demás. Somos egoístas, y a pesar de todo este apocalipsis que se nos vino encima, no aprendimos absolutamente nada; seguimos siendo los mismos egoístas de siempre.
Así sucedió todo; los gases de invernadero aumentaron, y su concentración aumentó la temperatura en nuestro planeta, derritiendo los glaciares y casquetes polares, y esto, causó el aumento del nivel del mar, lo que inundó todos los continentes ¡en menos de dos días! El 89% de la gente pereció pero ¿cómo logró sobrevivir el otro 11%? Eso no importa en estos momentos. Sólo digamos que eran las personas más codiciosas del mundo, si.
Entre ellas, se encontraba el profesor Llinás, (¿anciano?) de 179 años, quien, 96 años atrás había salvado su mayor invento científico de las manos del más perverso ser humano hasta entonces y de quien sabía, obviamente pertenecía también a ese 11% de avaros que sobrevivieron.
Después de aquella catástrofe mundial, toda el agua demoró casi 5 años en volver a su lugar, y luego, ¡tomó más de 30 años tratar de arreglar todo el desorden causado! Gobiernos, sociedad, todo desapareció; ahora, todos somos sólo seres humanos. No existen las clases sociales –al menos no como antes, pero puede que aún existan en las cabezas de los sobrevivientes, en sus cerebros- mucho menos las fronteras, estas se tornaron invisibles – ¿no era este uno de los sueños más anhelados?, pues ya está. No de la manera que queríamos pero ya está.
Parece que hubiéramos vuelto a la prehistoria -aunque se logró conservar algo de tecnología, armas y laboratorios- porque vivimos bajo tierra. Si, aquella que destruimos, actualmente nos arropa con su polvoriento manto. Este harapo, fue lo único que sobrevivió; ahora, todo el planeta es un gran trapo mugriento que arde bajo los enfadados rayos del sol.
Y allí, bajo aquel arenoso harapo, vive el padre de la Neurociencia Rodolfo Llinás -¿importa en estos momentos aquel título?, probablemente no-, escondiéndose de todas aquellas personas que lo han perseguido desde hace mucho tiempo para hacerse con su mayor invento que aún conservaba en aquel tubo de ensayo, al igual que con el pequeño pez “bailarina”. Este pececito –por cierto, ¡logró sobrevivir! Pero, ni tú ni yo lo hicimos- había sido usado como “rata de laboratorio” por el profesor Llinás para experimentar con el “Nanoagua” en organismos vivos, arrojando excelentes resultados –así pues, aquel tubo de ensayo, ya no se encontraba completamente lleno y no necesariamente porque solamente lo usó en los pececitos.
Uno de aquellos desesperantes y sofocantes días bajo tierra, en donde a cada lado hacia donde el profesor dirigía su desesperada mirada, se encontraba con piedra y polvo por todos lados; escuchó un fuerte golpe proveniente de la entrada de su cueva. E inmediatamente volvió a sentir la pequeña descarga eléctrica similar a la que había sentido el día que escapó de su laboratorio. Enseguida supo que venían tras su rastro una vez más. Pero para acceder o salir de aquella calurosa cueva, sólo existía una entrada. En aquella madriguera, en medio del aire polvoriento disperso por todo el lugar, a la nariz del profesor le llegó un fétido hedor a laca para el cabello; era Trump. Rápidamente lo supo, lo despojaría de todo; de su más ambicioso invento, de su vida. Tantos años de trabajo se irían a la basura en aquel momento.
Lo que pasó a continuación, sucedió demasiado rápido; con manos temblorosas, el profesor Llinás sacó el tubo de “Nanoagua” de su bolsillo y se la bebió de un trago. Dirigió una rápida mirada al pececito dentro del matraz, corrió hacia él, levantó el matraz y se tragó al pececito, vivo. Un par de segundos después, Donald Trump irrumpió en la cueva, traía en sus manos una M249 SAW. Primero, se percató del tubo de ensayo vació en el suelo y luego se dirigió al rincón de la madriguera donde Rodolfo se encontraba -de pie con el pecho inflado y mirada decidida- y lo acribilló sin piedad hasta que dio su último y agónico respiro.
Después, el asesino del gran profesor Llinás, logró llevar el cadáver a uno de los pocos laboratorios que se conservaron, y allí, extrajo hasta la última gota del agua de vida que había en el cuerpo del profesor –quién había experimentado con su milagrosa agua, primero, consigo mismo y pocas veces con animales (los dos pececitos “bailarinas”)- y luego desechó el cuerpo en uno de los grandes basureros de lo que ahora era el planeta.
Ahora, el más grandioso invento jamás creado estaba en manos del ente más malévolo que residía en lo que quedaba de tierra. ¿Seguirá la tierra sumida en la sucia y polvorienta oscuridad en la que se encuentra actualmente? Posiblemente. Pero el malvado Donald Trump estaba tan cegado –no, no a causa de su sedosa melena- por la sed de poder y no se dio cuenta de algo.
Para el profesor Llinás, el cerebro era la fuente de todo conocimiento, de la vida misma. Y aún existía alguien que conocía sus ideas, su gran compañera de laboratorio y premio Nobel May-Britt Moser con quién compartió la mayoría de sus investigaciones. Ella, supo de la muerte de su compañero y aquel mismo día se dirigió al basurero donde fue abandonado su cadáver. Lo encontró y lo primero que hizo fue revisar si el cuerpo tenía alguna cicatriz reciente en la cabeza, si había sido abierta de alguna forma. Pero no había ninguna cicatriz, su cabeza estaba intacta. En aquel instante, la sonrisa que se formó en el rostro de Moser fue muy evidente.
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Comienzo del fin
Science-FictionLa 《Nanoagua》, la invención más ambiciosa jamás creada. Rodolfo Llinás, el científico Colombiano creador de dicho invento, se verá enfrentado a un par de peligros después de haberlo creado. Todo esto, mientras que un mundo apocalíptico asoma su polv...
