El sonido de unos pasos rompió el silencio de la urbanización, las otoñales hojas se rompían bajo sus pies descalzos. Abrió temblorosa la puerta del jardín, como siempre el metal verde crujió al girar sus bisagras, le hacía falta aceite, pero como todo en esa casa seguro que en unos meses lo arreglaban. Cruzó la entrada dando pequeños saltitos para intentar no clavarse ninguna piedra del piso y sacó las llaves de la casa, justo en el momento en el que se disponía a entrar la puerta se abrió, era su padre.
-Vaya, menudas horas para llegar, pasa anda, tu madre está en la cocina dibujando uno de sus comics, yo me voy a ver a la abuela Marisa.- Susurró las palabras sin ni siquiera mirarle a la cara, odiaba ver a su hija en esas condiciones todas las mañanas.
-Que tengas un buen día tú también...
Caminó silenciosa por el pasillo que llegaba hasta la cocina, su madre estaba concentrada en una nueva historieta, su pelirrojo pelo caía sobre la mesa de madera oscura la cual estaba llena de papeles desperdigados. La miró en silencio durante un par de segundos mientras ella terminaba la viñeta.
-Hola pequeña, ¿qué tal la noche con Nathan? ¿qué película vieron al final? -Levantó la cabeza con una gran sonrisa en la boca, le gustaba que su hija por fin tuviese novio, aunque eso significase que pasase todas las noches fuera.- Oh dios...
La miró de arriba abajo, su pelo rojizo, más oscuro que el que su madre, estaba enredado en un moño aguantado por un simple lápiz, pelos cobrizos caían sin ningún orden sobre su pálida cara rozando las pecas de su nariz y mejillas. Su ojo azul estaba oculto bajo su flequillo, su ojo verde estaba rojo, violeta por los bordes. Su pequeña nariz moqueaba y su boca de labios rosas temblaba desconsolada. Tenía la camisa rodada de manera que su sujetador negro se salía ligeramente, dejando ver como sus marcadas clavículas bajaban hacia sus pequeños pechos. en la mano derecha llevaba sus tacones también negros, al igual que toda su ropa. Sus flacuchas piernas temblaban bajo su falda. Tenía un aspecto horroroso y débil, era difícil pensar que pudiese mantenerse de pie.
-¿Qué ha pasado cariño?
-Hemos peleado- Susurró con voz llorosa.
-Eso del ojo...¿Te lo hizo él?
-Fue culpa mía...yo...
-No quiero que le vuelvas a ver
-Tranquila, le he dejado, se ha ido con otra- Se derrumbó con la última palabra, salió corriendo hacia su cuarto.
Cerró la puerta de golpe y se deslizó hasta el suelo, avergonzada, se tapó la cara y empezó a llorar. Después de varios minutos se levantó y caminó hacia el baño. Observó su cara en el espejo, se le había corrido todo el rimel. Se limpió la cara con el fría agua que salía a esas horas de la mañana por las cañerías y volvió al cuarto, se desnudó sollozando y se tapó con la manta roja de la cama. Se sentó en el sillón beige que miraba a la ventana y empezó a recordar todo lo que había pasado los últimos meses...
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Cuarto creciente
RomanceDescubre como se retuerce la vida bajo el peso del amor hasta tornarse muerte. Para leerse esta historia he creado una lista de reproducción en youtube, la podéis encontrar en el canal de Beita Govea con el nombre de "cuarto creciente".
