No se conocían de nada, simplemente se vieron por primera vez en una clase de dibujo, en un húmedo altillo de una antigua escuela de bellas artes.
El entro en la destartalada clase, llena de polvo y con antiguas esculturas de yeso, que servían de modelos inmóviles para los alumnos. Largas filas de soportes de hierro, servían para sostener las maderas donde, los nuevos aprendices ponían sus tablas de dibujo.
Un solo vistazo le sirvió para hacerse una idea del ambiente, bucólico y descuidado que daba al lugar una hermosa estampa.
Algunos de los alumnos ya estaban colocados en los puestos por ellos elegidos. De todas las edades, de los dos sexos. La mezcla de clases y estilos se hacía patente al ver la variedad de personas que acudían a esas clases nocturnas de dibujo artístico.
Pero entre todas esas personas, de entre todas esas mujeres, resaltaba una. Rubia, de ojos color miel, tez pálida y aun con su ropa de abrigo puesta. Una capa de color rojo, acompañada por una boina estilo francés de color blanco. Era como una delicada flor, en medio de un solar abandonado.
Sin mediar palabra sus miradas se cruzaron. Fue un auténtico flechazo. Algo intenso, sobrenatural y por supuesto irresistible.
No sabía aun su nombre, no quiso hacerse notar, no se puso a su lado, la ignoro de momento. Esperando la ocasión más apropiada para un acercamiento más directo. A fin de cuentas, era el primer día de clase, de un curso que duraría todo un año.
Precipitar las cosas enseñando las cartas no era lo más acertado.
Algo delgada, elegante, discreta y educada. Esa fue la primera impresión que aquella chica ofrecía tan solo con un primer vistazo. Su voz era tenue, sin excesos, pausada y tranquila, casi pidiendo sin pedir, de las que tienes prestar atención para poder oírla. Sensual e hipnótica, te atrapaba con su voz como si de un canto de sirena se tratase.
Él se puso al otro lado de la clase. El profesor dio comienzo, pidiéndonos a cada uno de los alumnos que allí estábamos, nos presentásemos ante los demás.
Cuando llego su turno, dijo su nombre, Guadalupe.
Expreso ante todos, su deseo de aprender a pintar y comento sus preferencias por el dibujo a sanguina y carboncillo.
También dijo su edad, unos preciosos veinte años, según ella... recién cumplidos.
Al llegar su turno, él, dijo su nombre... David.
Con decisión conto su predilección por el carboncillo, el dibujo artístico y su pasión por las bellas artes. Vio con agrado, como ella no dejo de prestar atención ni un segundo a sus comentarios. Y de como espero entre impaciente y curiosa, para oír su edad.
Tengo veintidós años.
Sus ojos se calmaron, quizás pensó que era por su planta o por sus formas, algo mayor de lo que su edad aparentaba.
Esa primera noche no cruzaron ni una sola palabra. Simplemente intercambiaron intensas miradas que, de ser el ambiente más seco, hubieran sido inflamables.
Pasaron unos días hasta que coincidieron en una tienda cercana a la escuela de bellas artes, donde los alumnos solían comprar, carboncillos, papel para sus dibujos y los difuminadores para dar texturas a esos dibujos.
Ella estaba de espaldas a la entrada, con sus manos posadas en el mostrador atestado de botes de óleos, acuarelas, expositores con cientos de lápices y catálogos de productos de arte y dibujo.
él la saludo por su nombre.
¡Hola Guadalupe!
Ella se giró lentamente y en segundos su dulce cara tomo un tono rosado, de rubor, de leve sofoco. Respondió... ¡Hola David!
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La clase de dibujo
RomanceLa sensualidad aparece en los sitios más insospechados, compañeros de clase que inician oscuras aventuras, que los llevaran por el camino de la sensualidad y el erotismo.
