lunes
Un muchacho apareció frente a mí. Era alto, con cabello corto negro y ojos verdes. Caminaba rápidamente por una calle desolada, con sus manos metidas en los bolsillos delanteros de su jean, tarareando una canción por lo bajo. Lucía tenso, pero hacía el intento de mantener la tranquilidad.
La noche era oscura y las luces de la calle brindaban una iluminación muy pobre, pero pude notar que su expresión, por algún motivo, reflejaba miedo y ansiedad, y que aceleraba el paso cada vez más mientras miraba a sus lados de manera frenética, como asegurándose de que nadie lo estaba siguiendo.
De repente un grupo de siluetas emergió de la oscuridad, rodeandolo y deteniendo su caminata nocturna. No lograba descifrar cuántos o quienes eran, pero incluso desde la distancia presentí sus malas intenciones.
Traté de acercarme e intervenir, pero algo me detenía e impedía mi movimiento, sentía como si estuviera anclada al piso. Enfoqué mi atención en la escena que ocurría frente a mí y pude observar a 5 hombres, altos y fornidos, preparándose para atacar al muchacho que antes caminaba solo.
Podía oír breves retazos de la conversación pero no descifré qué decían aquellos hombres más que las amenazas violentas y gritos enfadados dirigidas hacia el chico, mientras este gritaba con terror y alzaba sus manos sobre su cabeza. Pese a sus súplicas, los hombres se acercaron más y más a él, revelando las armas que ocultaban debajo de sus abrigos.
El primero dejó al descubierto un revolver, el segundo desenvainó una larga navaja, y el resto puso las manos en puños en frente de sus rostros, esperando órdenes para comenzar a atacar. Parecía un simple robo, pero se veían preparados para matar, lo cual me puso en un estado de alerta y, al parecer, también al chico que se encontraba en el punto de mira. Pude observar en su rostro el momento en el que asimiló que no iba a salir con vida de esa situación.
Uno de los hombres, el que portaba un revolver, se acercó peligrosamente a su víctima mientras apretaba el arma con furia contra sus costillas y susurraba algo de manera cínica a su oído. Los demás observaban la escena, sin bajar la guardia, riendo y disfrutando la expresión de terror del chico.
Lo que sea que le haya dicho terminó de aterrorizarlo. Abrió los ojos en grande, frunció el seño en una mueca de confusión y comenzó a abrir y cerrar la boca, tratando de dejar salir palabras pero sin lograr completar una oración entera. Estaba desesperado y perdido, no comprendía qué estaba ocurriendo y por qué estos hombres lo habían estado esperando.
-¡¿Cómo sabes mi nombre?!-oí que gritó, agitado, sin poder ocultar el miedo que teñía su voz-¡No sé nada! ¡lo juro!
Fue la primera vez que escuchaba su voz y, de alguna manera, quedó grabada en mi cabeza. Pude sentir el terror que estaba sintiendo y un escalofrío bajó por mi espalda. Fue una sensación que no podría olvidar jamás, no era más que una mera espectadora pero se sentía como si lo estuviera viviendo en carne propia.
-¡Mientes! -gritó el hombre que lo amenazó, escupiendo de la rabia y sin aflojar el agarre en su revolver mientras lo tomaba de la nuca con fuerza para acercarlo más hacia sí mismo-. ¡Dime ahora mismo dónde está o te mato, Caleb!
Los ojos del criminal estaban desbordados de locura y podía sentir su sed de violencia. El chico hizo una mueca de dolor, su agarre era doloroso, y el cañón del arma frío y despiadado se enterraba entre sus costillas, ejerciendo tal presión que era capaz de partirselas.
El hombre del revolver soltó un disparo al costado de Caleb, y la bala, desgraciadamene, tocó la piel de su brazo y lo hirió. Sangre comenzó a brotar de la herida y Caleb posó su mano sobre ésta, pars apaciguar el dolor. Aunque, claramente, era imposible.
Los ojos del muchacho se abrieron como platos debido al terror y retrocedió a tal velocidad, que en un milisegundo su espalda chocó contra la pared del edificio que estaba detrás suyo.
Miró a los lados y vio que tenía el paso libre a su izquierda y derecha. No perdió un segundo y echó a correr hacia la derecha, dirección en donde yo me encontraba. Detrás de él, los delincuentes corrían agitando sus armas.
