Era una noche oscura, un 22 de diciembre de 1888. Solo se distinguían las tenues luces de las velas que asomaban por las ventanas. En la calle 23 Avenida de la esperanza, reinaba un silencio ancestral, y si se hubiera querido, se hubiese podido escuchar el aleteo de una mariposa.
Rompiendo el silencio, una puerta se abrió estrepitosamente. Por ella asomó un hombre corpulento, con una barba oscura como el carbón y anteojos de cristales minúsculos y ovalados. Estaba furioso, buscando algo con la mirada, pero aparentemente sin éxito alguno.
Entonces,de entre las sombras surgió una figura, que bien habría podido ser de un niño de unos 12 años. En la mano llevaba una bolsa llena de lo que parecían ser monedas robadas. El hombre se dispuso a perseguirlo para recuperar lo que era suyo, pero fue en vano, ya que cuando quiso darse cuenta, la sombra había desaparecido.
Sin aliento, aquel niño había escapado a lo que podía haber sido un final no muy feliz. Vestía harapos sucios e incoloros. Tenía un aspecto enfermizo , y la expresión de su cara dejaba adivinar que llevaba días sin comer. Se podía deducir que, como muchos otros niños en las calles de París , era huérfano y se había escapado del orfanato, ya que allí las condiciones de vida no eran mucho mejores a las que tenía ahora.
Agotado, caminó hasta el banco más cercano, guardó las escasas monedas que había conseguido en sus calcetines y se durmió. Soñó que veía a su madre sujetándolo a él en brazos. Por aquel entonces tenía dos años, pero ahora solo guardaba un recuerdo difuminado de ella. Sabía que apenas él había cumplido tres años, su madre y su padre habían muerto en un incendio, en una tentativa de salvarlo a él. Lo único que conservaba de ellos era un medallón que se abría con una llave, y nunca había podido saber lo que contenía.
Cuando despertó, una mujer vestida de monja se le acercó.
-Chico, ¿estás solo?
No muy confiado, Mark (que así se llamaba él) asintió tímidamente.
- Sí .
La mujer parecía muy dispuesta a ayudarle, pero Mark no estaba muy convencido de ello.
- Ven- dijo ella- te llevaré a un sitio en el que no pasarás ni hambre ni frío.
Mark se quedó mudo. Tenía ganas de
echar a correr y fingir que no había visto a aquella mujer, pero su consciencia se lo impedía porque sabía que las monedas que había robado no le durarían mucho, e iba a tener que buscarse la vida de alguna manera. Entonces, sin oponer su voluntad, la siguió. Tal vez no sería tan malo. ¿Quién sabe? En cualquier caso siempre podría salir corriendo.
Tras haber cruzado varias calles, la mujer le condujo a un sitio que más tarde reconoció como la iglesia de Notredame.
YOU ARE READING
El callejón sin salida
Historical FictionParís, 1888. A Mark le gustaría encontrar a alguien a quien importarle. Huérfano, erra en las calles viviendo la vida desde otro punto de vista. Portada hecha por @anaalonso 5.
