Un atisbo entre las tinieblas

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Frío. Hace mucho frío. Mis pies caminan pesadamente a través de la nieve, a través del duro invierno que se avecina. ¿Qué es lo que me está pasando? ¿Por qué no puedo pararme?

Camino sin rumbo, sin luz alguna que me guíe, sin nada, excepto mi cuerpo y una hermosa azucena de un color azul eléctrico, resplandeciente en la niebla. No veo nada; no hay luz en el camino, ni siquiera un débil resplandor de una farola. Nada. Estoy obsoleta en la oscuridad, en la negra oscuridad.

Vuelvo a caminar, sintiendo cómo mis pies se hunden en la blanca nieve y, por una vez, me paro en seco y pienso: "¿A dónde voy? ¿Por qué lo estoy haciendo?"

Observo mi alrededor y todo está muy oscuro. No se oye nada, ni el aullar de los lobos, ni el ulular de los búhos, ni el calor del hogar. Nada. Todo ha desaparecido hace tiempo, quizás demasiado tiempo. La brisa del aire es suave, pero, aunque tenga frío, aunque me castañeen los dientes, no me importa. No siento nada; es como si el tiempo se congelara ante mi presencia.

Sigo caminando pesadamente hasta un remoto claro, quizás para ver la luz de la luna una vez más, quizás para sentir que estoy viva aunque esté rodeada de la oscuridad. Pero no puedo sentir los latidos de mi corazón en este silencio espectral. ¿Por qué, si puedo moverme como una persona normal? ¿Por qué, si puedo sentir el frío sobre mi pálida piel?

- Esto no es de tu agrado, pequeña.

Una voz. ¿De dónde ha salido esa voz? Me giro y en frente mío, una figura encapuchada se acerca lentamente hacia mí. ¿De dónde proviene? ¿Quién es? No tiene ningún problema en caminar descalza por la nieve y, pese a la débil luz de la luna que nos envuelve en ese momento, me doy cuenta de que es ágil y negro como la misma noche. Oscuro. Traidor. Tenebroso.

Tengo miedo y me abrazo fuertemente, mas bien, para proteger la flor, la única esperanza de vida en este mundo tan desolado, mientras que el desconocido de voz distorsionada se sitúa enfrente mío. Apenas le llego a los hombros y me siento débil, pero el filo de su guadaña, en cuya hoja se refleja la luna, no apunta hacia ningún sitio en concreto:

- ¿Qué es lo que estás haciendo aquí?

- Estoy vagando sola desde hace tiempo.

Aléjate de mí. Eso es lo que debería decirle, pero mi miedo se incrementa a cada paso que da, a cada palabra que habla, que no puedo ocultarme.

- Los niños como tú no deberían andar en estas tierras.

Porque tú eres su dueño. Porque yo estoy en tu mundo, un mundo lleno de silencio espectral, sin música, sin vida. Sin nada. Solo. Desolado. Triste. Así es tu mundo y tú eres su dueño, figura sin cuerpo. Eres etéreo, quizás mejor dicho, esquelético y apenas puedes apreciar a todo ser que esté implantado de esas dotes que lo hacen único, pero tú se las acabas quitando cuando llegue el momento...

- Seguramente habrás apreciado cada instante de tu corta vida, ¿verdad?

¿Corta vida? ¿De qué está hablando? No siento nada, ni el frío, ni el miedo, pero a la vez, los percibo. Percibo el resplandor de la flor que protejo en mi pecho, mientras la figura, la misma Muerte, me sonríe a través de su capucha:

- No temas, no te voy a morder.

- Pero no he muerto todavía- le respondo fríamente.

- Entonces, ¿cómo es posible que estés en mi mundo?

- No lo sé, pero todavía siento que sigo viviendo. Aunque no sienta el frío, sí que siento que mi corazón está latiendo, pese a que no lo pueda oír. No me ha llegado la hora, no todavía. No quiero morir.

- No debes decir "No quiero morir", sino "Quiero vivir". De este mundo, yo soy dueño y tú has caído presa en él.

Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir. La Muerte me extiende la mano, en señal de que me una a ella y le entregue mi alma, pero aún soy joven y tengo toda la vida por delante. En cambio, saco la flor que protegía bajo mi pecho y siento que su resplandor es cada vez más brillante.

- Quiero vivir.

La Muerte se apresura a salir corriendo de allí, pero la luz que desprende la flor la alcanza y la destruye, envolviéndome a mí por completo. Veo una luz y estoy dentro de ella, ¿qué está pasando?

Caigo al vacío. Poco a poco abro mis ojos y la luz me inunda. Puedo sentir el latido de mi corazón y el olor impuesto en mi cuerpo. Puedo ver a dos rostros familiares que me miran cariñosamente, y a otros que me toman el pulso. Oigo mucho ruido, mucho ser viviente deambulando por mi habitación, nada que ver con el mundo del que había salido y que no quiero regresar hasta mucho después:

- Hija, ¿estás bien?

- Mamá, ¿qué es lo que ha pasado?- mi voz está demasiado débil como para poder hablar.

- Tuviste un accidente y estuviste en coma durante varios meses. ¡Menos mal que estás bien!

Siento cómo mis padres me abrazan fuertemente y yo les correspondo mientras mis ojos surcan de lágrimas. Estoy viva, gracias a Dios. Y no he tenido quemaduras fuertes ni heridas graves. ¡Es un milagro! No sé qué hacer ahora mismo, pero lo que sí sé, es que no quiero regresar a ese mundo surcado por la nada, la oscuridad y por el silencio, aquel silencio espectral que destruye cualquier sonido. Por lo menos, no quiero regresar hasta ese mundo hasta dentro de muchos años.

Nota de la autora: Este relato va dirigido al concurso #EntreLetras2016, con la imagen que representa el niño o niña entregando una flor a la muerte.

El rincón del unicornio.Bağımlısı olacağınız hikayeler. Şimdi keşfedin