Capítulo I

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-Sí, definitivamente tenemos que hacerlo.

Aquella había sido la frase "ultimátum" que me había dado Sofía antes de cortarme el teléfono descaradamente. Y debo decir que aunque amo a mi mejor amiga, ser dominada y arrastrada por ella hacia suburbios turbios para embriagarnos cuando afuera la lluvia era torrencial, no estaba dentro de mis planes. ¿Acaso no conoce los términos cama, película y lluvia? Van casi de la mano.

Y, sin embargo, allí me encontraba yo, decidiendo si ponerme una calza atigrada o un vestido negro. En mi mente, imaginaba llegando al boliche con paraguas, piloto y botas de lluvia. Y aunque aquello era lo más apropiado, opté por un sobrio vestido negro que dejaba ver, de mis largas piernas, más de lo necesario.

Miré el reloj que colgaba de la pared de mi cuarto y decidí que, una vez más, me había apurado demasiado. Estaba perdida con esto de las salidas. Después de tres años de noviazgo, volver a empezar hacía que todo pareciera nuevo, incluso cuando tenía veintiún años.

Suspiré y bajé las escaleras hacia la cocina. Yo sabía que por ahí, escondida entre las cacerolas y los platos, había una botella de tequila, reserva especial de mi especial madre. Abrí la heladera en busca de limón y sal porque definitivamente, no iba a poder bajar esa bebida sin un refresco posterior y sin embargo encontré lo que solía: una heladera vacía.

-Diablos...

Me quedé unos segundos mirando la botella de tequila que había dejado sobre la mesa de la cocina. Parecía desafiarme, la muy insulsa e incolora y, a mi pesar, yo me atemorizaba de ella. Tiempo atrás, me habría lanzado a la botella buscando ese estado de transición donde tu mente se pierde en la diversión y en el olvido. Hoy, estaba bastante oxidada. Aún así me acerqué y jalé de la tapa.

-Uno, dos, tres.

Empiné la botella y tragué. Una vez. Dos veces. Tres veces.

-¡Ah! Quema, quema, quema... -dando saltitos y golpeteando mi pecho me hice de un vaso y lo llené con agua de la canilla. Bebí de aquella agua a trompicones y sin embargo, el ardor no cesó.

Apoyé las manos en la encimera y dejé caer la cabeza entre los hombros mientras sentía el calor bajar hacia la altura de mi estómago y luego, simplemente, desaparecer.

-Sos un desastre.

Me volteé de un salto hacía la voz. Mi mamá, envuelta en un batón rosa, me miraba apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Y aunque sonreía, sus ojos me miraban con tristeza.

-Ya lo sé. Necesitaba un poco de... -¿qué es lo que necesitas cuando estás por volver a la vida después de una dolorosa ruptura?

-Valentía. Coraje. Audacia –dijo mamá, su sonrisa penosa no cesaba, solo me hundía más.

No iba a poder hacerlo. Ya no servía para esto.

-Ven, vamos a hacerlo juntas –dijo mamá y se adentró en la cocina.

Rebuscó en una de las alacenas que pendían de la pared y extrajo una lima, bien verde y vigorosa y un tarrito color blanco, supuse que sería la sal.

-Nunca imaginé que estarían ahí.

-No sería así si entraras un poquito más seguido a la cocina.

Revoleé los ojos pero sonreí: tenía razón.

Cortó la lima en gajos y sirvió dos medidas de tequila en dos vasos de plástico. Muy experta, colocó sal en la curva entre el dedo pulgar y el índice y me alcanzó el pulcro tarro para que yo hiciera lo mismo. Tomamos los vasos entre nuestras manos y nos miramos a los ojos con picardía.

Mentira VerdaderaTempat cerita menjadi hidup. Temukan sekarang