Nevado como cada invierno, Hogwarts amanecía cubierta de blancura. El frío invadía cada habitación del castillo, pero los pocos alumnos de sexto año que permanecían en él, estaban cómodos y calentitos gracias a los calcetines de lana que Alejandra y Melisa habían regalado. Quizá, ese momento de goce en los sueños sería lo único que los reconfortaría.
Christopher abrió los ojos recordando la razón de su estadía. No se encontraba bien, le habría gustado explotar las aulas de clases a punta de varita. Pero eso no le habría gustado a su madre, sería un disgusto aún peor, y era por ella que no había vuelto a casa. Se molestaron cuando ella encontró los resultados de sus TIMOs tras su colección de Celestina Warbeck; apenas un aceptable para ser hijo y nieto de unas videntes. Decepcionante.
Ya había pasado un mes y él se negaba a leer cartas de su madre. Ni los vociferadores le afectaron. Estaba harto de que su madre, la mujer que se supone más lo amaba, lo juzgara por las notas de materias que realmente no le importaban. A estas alturas, él sólo quería jugar quidditch.
Se levantó. Sonrió al ver como uno de sus nuevos calcetines estaba caído a mitad de su pie derecho.
Raúl había pasado la noche en vela. Se había roto la espinilla al patear con furia la estatua de la bruja tuerta al leer la carta. No quiso ir con Madame Pomfrey gracias a su bendito orgullo.
— ¡Que se joda todo, Angélica! Sólo llévame a mi estúpida habitación.
Y ella aceptó con lágrimas en los ojos. No era justo que su amigo sufriera así.
Raúl había recibido aquella carta de su hermano mayor: no podría acogerlo esta temporada, ya que la pasaría en Noruega, visitando a los padres de su novia. Fue la primera vez que se sintió abandonado por su héroe de infancia. Y justo cuando, no celebrarían Navidad y Año Nuevo únicamente, sino también su cumpleaños, el 23 de diciembre.
Con dolor, Raúl se sentó a observar fijamente los calcetines de lana. Ya era el día 23. Ese sería su único regalo, probablemente.
Angélica no lo había pasado mejor que ellos. Su abuelo había fallecido apenas unos días atrás. Gracias a ello y a su disfuncional familia, prefirió quedarse en Hogwarts. No quería escuchar a su madre agradecer la muerte de su suegro ni a su padre deseando que se pudriera en el infierno. Su abuelo había sido un hombre bueno, casado con una mujer mala. Y ésta, criando hijos aún peores que afortunadamente carecían de magia. Ello les creó un profundo resentimiento contra Angélica y algunos de sus primos.
Con los ojos hinchados, como ya era costumbre, se puso en pie y buscó tinta y papel. Quería agradecer el regalo a Alejandra y Melisa, regalo que prohibió al frío de su alma invadirla en la noche. Al mirar la hora, decidió dejarlo para luego. Tenía que apresurarse a llegar a las mazamorras, donde vería a Raúl para por fin llevarlo a la enfermería. Aunque quizá antes, pasaría por algo de comer, ya que las cocinas quedaban de paso.
José se revolcó en las cobijas. No quería levantarse. Nada le parecía bello, nada. Se había quedado para dar apoyo a sus amigos, de cualquier manera, no había nada que le esperara al volver a casa. O al menos no algo que ansiara. De hecho, sus mejores navidades las pasó dentro del castillo. Pero en esta ocasión especial, sentía una angustia infinita por ninguna razón aparente. Simplemente una depresión que poco a poco iba acabando con él.
El hambre lo obligó a quitar sus sábanas y mirar divertido el movimiento de sus dedos en los calcetines. Una leve sonrisa, completamente honesta, por fin se esbozaba después de varios días. Ya nada tenía sentido. Así fuera un problema de adolescentes, lo que sentía era real, su tristeza era real; su depresión lo era.
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La Peor Navidad.
Fanfic"No hay porqué recordar la peor Navidad con tristeza" Dedicado a quienes fueron fuertes y a quienes evitaron que el pilar cayera. Y a ti, abuelito. ¡Felices fiestas!
