Prefacio

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15 de diciembre de 1998

Eran las 7 de la tarde en Hawkshead. Hacía apenas unas horas que las noticias habían alertado a los ciudadanos, de este solitario pueblo, que se esperaba una gran tormenta y, por tanto, deberían permanecer en sus hogares hasta nueva alerta.

En una casa victoriana a las afueras del pueblo, una pareja estaba a punto de concebir su primer hijo. El hombre, llamado Gregory Lufkin, estaba intentado contactar con los servicios de emergencia. Pero a causa de la tormenta las líneas telefónicas no iban. La mujer, mientras tanto, hacía lo que podía para aguantar el dolor y tranquilizar a su marido.

Cansados de esperar, decidieron que no tenían otra opción, debían tener al niño esa misma noche y sin ayuda de los servicios médicos.

Gregory le dijo a su mujer que lo esperara en la habitación principal mientras él iba a por toallas. Mientras iba a por ellas oyó como su mujer daba un grito y de seguido como se caía. Cogió las toallas rápidamente y corrió hasta llegar donde estaba ella. La cogió en volandas y la llevó al dormitorio. De la caída que había sufrido, su mujer, Elisabeth Lufkin, había quedado inconsciente. Gregory comenzó a susurrarle que se despertará mientras le ponía en su rostro paños mojados. La mujer despertó, Gregory sabía que su mujer no se rendiría tan fácilmente al fin y al cabo llevaba consigo el poder de su apellido.

Mientras Elisabeth daba todas sus fuerzas para tener al bebe, Gregory se percataba que estaba perdiendo mucha sangre y puede que no sobreviviera.

Después de tres intensas horas de parto, la bebe por fin nació.

Y tal y como habían predijo los antepasados de Elisabeth, el nacimiento de una nueva vida dentro de ella resultaría su fin.

El matrimonio, durante todo este tiempo, había pensado que la predicción era falsa y que no debían de preocuparse. Esta poca preocupación era debida a que los dos habían elegido dejar hacía mucho tiempo el mundo de la magia, que conllevaba a la perdida de sus poderes mágicos. Es por eso que creían que al perder los poderes también se anularía la predicción de sus antepasados.

Pero Gregory supo de primera mano que no fue así. Esa misma noche había perdido a su esposa y aunque tenía a una hermosa niña en sus brazos, no se veía capaz de mirarla.

Por tanto, decidió salir sin importarle la tormenta. Fue caminando hasta la iglesia del pueblo, trayecto que le costó una hora cuando de normal le costaba 20 minutos. Casi sin fuerzas, subió los primeros escalones de la entrada de la iglesia y puso a su hija en una esquina, enrollada entre muchas mantas para que el frío no le llegara.

Se puso de pie otra vez y procedió su vuelta a casa, donde le esperaba su esposa muerta y una vida solitaria. 



Esta es mi primera historia así que si me podríais echar una mano y decirme si tengo que cambiar algo sobre mi redacción os lo agradecería. 

Gracias y comentad. 

LoreleyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora