"Spring Waltz , Chopin."
La noche se deslizo empapada en agua, brisa y algunas lágrimas, y yo, que me encontraba corriendo doblando aquella esquina, sentía el frio golpeando mi pecho por entre los botones de mi camisa.
Me pesaban los pies, mis zapatos mojados, mis medias ahogadas entre charcos sonaban cada vez más fuerte, como un quejido, casi mudo. Atrás, justo atrás dejaba una parte de mí, las rosas estaban en el suelo, llorando con ganas de cólera, solo un instante atrás las tenía en mis manos, pero la vi a ella, la vi a ella atrapada en los brazos de un “el” y ataque al suelo tan fuerte con esas rosas que sentí cometer un pecado contra aquel dios del amor. Aún escucho el chocar de esos tiernos pétalos contra el suelo.
Ya me ahogaba seguir corriendo, me detuve, y luego pensé - ¿para qué seguir corriendo? ¿Cuándo correr ha curado un corazón? Mire hacia arriba, el cielo se estaba derritiendo ante mí, se estaba cayendo, aplastándome con los recuerdos que me sabían a ella. Recordaba las palabras de papá y entendí de a poco aquel dolor tan vehemente.
- Hijo, ya sabes que el oro es muy precioso, cuando lo tienes te sientes el hombre más rico del mundo, pero el oro hay que buscarlo y para ello empiezas a escavar, cada vez más profundo, cada vez con más esfuerzo. Te empieza a faltar el aire a medida que llegas más a fondo, y con cada tramo que avanzas sientes que la salida está aún más lejos, piensas que no podrás salir. Aun así, sigues adelante, quieres el oro después de todo, pero y ¿qué pasa si se acaba el oro? Ya no quieres estar allí y es entonces cuando sabes que salir será difícil, y a veces sientes que imposible. Eso hijo, eso es el amor.
Caía un diluvio de lágrimas en mis ojos, mantuve mi respiración, seguí caminando, el sonido de mis zapatos mojados marcaba el ritmo de mi tristeza y fue entonces cuando choqué con dos grandes estrellas verdes que me miraban desde el otro lado de la calle, como sintiendo pena, como quemando la amargura que me invadía. Ella estaba sentada en una de las mesas de la frutería, aquella mesa que daba de frente al exterior, nunca había visto a aquella joven, pero sentía unas ganas abrumadoras de ir tras ella. Con mi camisa empapada limpié mi rostro de desconsuelo y entré tímidamente a la frutería, diciendo entre párpados lo hermosa que era ella.
Me senté cerca de la salida, pedí un jugo de freíjoa. La miraba, me miraba, nos mirábamos, nos acariciábamos entre expresiones, sus ojos, preciosos, capaces de devolverme la sonrisa que había dejado atrapada en las espinas de aquellas rosas. Mis ojos dibujaban su silueta tan bella, tan única. Ella sonreía y yo temblaba, ella parpadeaba y yo caía ante ella. No la conocía, no sabía quién era ella, no tenía ni idea de lo que pensaba ni de lo que hacía, solo nos mirábamos, parecíamos niños viendo por primera vez un colibrí volar.
Pedí a la mesera que me trajese una servilleta y un bolígrafo, pensé en escribirle algo que provocara su permanencia en mi retina, que la llevara conmigo, eso de nosotros era un amor de extraños, de atravesársele a uno un nudo en la garganta, de cautela, de un mar profundo que separaba nuestras mesas. Yo solo quería verla leyendo lo que pensaba escribirle.
Me dirigí a su mesa con la servilleta en la mano, llevaba una declaración de amor para mi desconocida amante, era ese mi granito de oro. Sus ojos se enredaban aún más en mí, sentía que desmayaría si me detenía, con la mano a punto de perderse en cobardía le entregue la servilleta, ella la abrió, sus majestuosos luceros se iluminaron ante mí, me sentí diminuto, frágil, y es que uno podría sollozar si ella cerraba los ojos, ese momento me fue eterno, intacto en mí. Se levantó, sonrió, se acercó, su aroma a frutas me influyo a cerrar mis ojos, con un susurro solo comparable con los cantos de un tímido piano…
- Me llamo Carolina y ¿tú?
