Alan
Alan se levanta de su cama, el sol se filtra por las ventas de su departamento, va al baño y se toma dos aspirinas, siempre le duele la cabeza cuando pasa la noche en vela, las horas mirando el techo sin saber exactamente que pensar o que sentir lo tenían en una especie de trance del cual salía para sentir un dolor demencial que subía y bajaba de su pecho para entrar al trance de nuevo, su cabeza se sentía como si tuviese una banda marcial ahí dentro, los bombos y platillos hacían vibrar su sien, tiene ganas de seguir llorando, total, lo hizo toda la noche y es por eso que su cabeza duele mucho más que antes, talvez necesite tres aspirinas.
Va a la cocina y se sirve un vaso de leche y un trozo del pastel a medio comer que quedó de anoche, antes que Dina se fuera de su vida para siempre, se había comido dos porciones.
Se sienta frente al pc. Tiene la necesidad imperiosa de escribir, teclea rápido, con afán, con dolor, con ira, con amargura, con angustia, las letras se alinean en orden milimétrico, los párrafos van naciendo de sus descompuestos dedos, su corazón late aprisa, debe aprovechar a Calíope, la musa de la inspiración, sin Dina su presencia es fuerte, hacía meses no era tan generosa como esa mañana dulce premio de consolación, en la tarde llamará a Selene para que le aconseje y le dé las buenas nuevas: la historia por fin avanza.
Selene
Se levantó temprano esa mañana, se sentía atontada y fuera de lugar, probo un poco del agua que había en el vaso junto a la mesita de noche pero sabía a metal fundido, pensó en ducharse con agua caliente pero aun no salía del trance, se decidió por agua helada, cuando abrió la ducha el agua fría golpeo como martillo, dio unos grititos y unos saltitos, se sentía bien, desayunó cereales con frutas y jugo de naranja, un par de vitaminas para los huesos y otras pastillas para evitar que el desayuno la alimentara, besó a su esposo, le dio un abrazo a su hijo y un billete para gastar en chucherías, salió del apartamento más tarde de lo previsto, hacía semanas no dormía bien, la traducción al francés de las obras de Alan no iban por buen camino, el borrador que leyó la noche anterior de la traducción hasta tarde era mediocre, el texto estaba plagado de imperfecciones, errores gramaticales y semánticos, se perdía completamente la idea de Alan, esa noche se durmió mucho más tarde de lo habitual, tenía frustración mezclada con ira, le dolía el estómago hacia días, posiblemente la gastritis volvería a joderle la vida, como si no tuviera suficiente, además... estaba el asunto con Dina, no dejaba de sentirse culpable cada vez que pensaba en el asunto, pero era necesario, Alan debía estar solo, era tan enamoradizo... seguro la llamaría hoy, como un niño lastimero, ¿había crecido? No, siguió siendo un niño grande, lleno de caprichos estancado en la veintena ya entrado en sus cuarentas, seguía frecuentando bares, discotecas, salas de cine y el teatro, como queriendo retrasar el peso del tiempo; era vanidoso, se pintaba las canas o las cortaba, especialmente las de la barba; sus amigos eran jovencitos que aprovechaban que vivía solo y tenía departamento, universitarios, bohemios, músicos amateur, aspirantes a actores y actrices, directores de cine y televisión con apenas formación o reconocimiento no digamos la calidad de sus obras.
Todo este círculo de personas que se vanaglorian de pertenecer a la clase culta, la contracultura, los literatos, esos tipos que o tienen dinero para no hacer más nada o se mueren de hambre persiguiendo una falacia, total, en su casa se ofrecían talleres de arte, de escritura, cine clubs de algunos meses, almuerzos a los más amigos, algunas fiestas y otras cosas sórdidas que era mejor no pensar en ellas.
Alan contrastaba bien, no se veía tan mayor, pero el paso de los años deja huella en todos nosotros -pensaba- pero no tiene hijos, eso ayuda, su trabajo le da mucho tiempo libre, no está amarrado a horarios o itinerarios muy puntuales, lástima que solo sirva para escribir.
