PRÓLOGO

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Me hallaba sentada en una especie de lujoso banco de mármol situado en lo que parecía un parque asombrosamente poblado de árboles, arbustos y multitud de flores de todas las formas y colores. Se asemejaba al típico jardín perteneciente a un palacio, cuidado por los mejores jardineros de la cuidad. Pero, mirara donde mirara, no conseguía divisar ningún palacio, no veía absolutamente nada que indicara que aquel lugar no era simplemente un parque.

-Es solamente un parque- me dije a mi misma, tratando de auto convencerme.

Después de pasarme unos cinco eternos minutos dudando, decidí ponerme en marcha. No tenía ni la menor idea de a donde me dirigía pero el caso es que estaba totalmente segura que no deseaba permanecer en aquel lugar.

Mientras emprendía mi camino en busca de una salida, un millar de preguntas comenzaron a invadir mi mente tratando de arrebatarme la tranquilidad que, hacía apenas un instante, rebosaba en mí. Eran preguntas como: "¿Cómo había llegado yo hasta aquel lugar?" "¿Qué hacia allí?" "¿Por qué no lo recuerdo?". El miedo me invadía por dentro. En un instante todo había cambiado. ¿Qué es lo que me había ocurrido? ¿Me han hecho daño? Comencé a recorrer las partes visibles de mi cuerpo con la mirada, buscando indicios de haber sufrido daños, buscando alguna herida, moratón o rojez que me indicara que no estaba a salvo. Pero no tenía ni un rasguño, gracias a Dios.

Tras aquel ataque de pánico logre tranquilizarme, al fin y al cabo lo que realmente importaba era que yo estuviera bien. Continué caminando, tratando de abrirme paso entre los arbustos, e intentando recordar el momento en el que decidí desobedecer las órdenes de mi tía Maira respecto a no salir jamás sola por la ciudad de noche. A pesar de todo, aquel lugar tenía un encanto sobrenatural que no me agradaba en absoluto. Quiero decir: "¿A quién le puede parecer encantador un parque desierto con tanta vegetación que te recuerda estar tirado en medio de la jungla en plena noche, rebosando miedo por la posibilidad de que a algún jaguar salvaje le apetezca re-cenar carne fresca?"

-Pues por lo visto a mí- dije por lo bajini, intentando no romper el silencio que impregnaba aquel lugar.

Después de unos quince minutos andando logre toparme con una especie de valla de hierro completamente oxidada que se alzaba a unos pocos centímetros sobre mí. No pude evitar fijarme en el dibujo que formaban los barrotes de hierro: estaba representada una escena de lo que parecía un ángel custodiado por un majestuoso águila a sus pies.

-¡Wow! Increíble- dije tras haber contemplado dicha obra de arte.

Decidí no dar más vueltas y escabullirme de allí saltando la valla. Comencé a escalar torpemente, intentando no caerme. Las aventuras nunca habían sido lo mío; yo era lo que la gente consideraba "tranquila y aburrida". Pasito a pasito conseguí llegar a la cima y agarrándome con la mayor fuerza que me permitieron mis brazos pegué un salto con la esperanza de caer de pie y de una sola pieza.

Pero no fue así. Un instante después yacía en el frío y húmedo asfalto.

-¡Mierda!- exclamé asustada. Al incorporarme pude observar que estaba recubierta de un líquido oscuro y ligeramente espeso. Un hombre, de cabellos castaños y constitución corpulenta, yacía a mis pies. El pánico comenzó a invadirme de nuevo. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué hacía allí? ¿Estaba muerto? A pesar del miedo, reuní valor para acercar mis dedos a su cuello en busca de algún indicio de que su corazón seguía bombeando sangre.

-¡Nada, no hay pulso!-sollocé. Empecé a hurgar en mis bolsillos con la esperanza de toparme con mi móvil, pero no hubo suerte. Tenía que hacer algo, tenía que llamar a la policía. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos nublándome la vista. Sentía miedo, mucho miedo... Y de repente todo se volvió oscuro y el miedo desapareció.

Me desperté aún con lágrimas en los ojos, pero ya estaba a salvo, en mi diminuta y oscura habitación.


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