La pequeña miraba desde la gran ventana como las ramas de los arboles chocaban unas contra otras, sin duda, una gran tormenta azotaría el gran pueblo de Burtonwater. Gateando hasta llegar a la puerta de la habitación observaba curiosa, al oír unas voces muy familiares, la pequeña se hizo camino hasta llegar y tomarse de los barrotes de la gran escalera.
Observando a una pareja quienes hablaban entre ellos, la pequeña sonreía de felicidad. Una joven dama de unos 26 años de edad, con cabello rubio dorado como un lingote de oro, y unos ojos verdes preciosos, llevaba puesto un vestido maravilloso con un corset increíble como si fuese a ver a la mismísima Reina de Inglaterra, pero ese era un vestido común para la Señora Browen, quien usaba los más hermosos vestidos día a día. A su lado, se encontraba un joven alrededor de unos 27 años de edad, alto, delgado, de cabello café oscuro, muy bien parecido y con una gran elegancia al igual que su esposa quien estaba a un lado suyo.
Mamá. Articulaba la pequeña más el ruido de su boca no salia.
Unos pasos hicieron que la pequeña volteara dejando de ver a sus amorosos padres.
Dios santo, fue lo que paso por la cabeza de la vieja sirvienta, tirando las cobijas que traía en mano. Si la madre de la pequeña hubiese visto en donde estaba su amada hija, hubiese retado a la sirvienta por dejar que la pequeña se escapara de su habitación una vez más.
Cargando a la preciosa niña le dijo mirándola dulcemente. -Eres muy traviesa, pequeña, tan traviesa que deberían nombrarte así.
En respuesta la pequeña rió, causando la risa de la viejita dejando ver las grandes arrugas su rostro al reír.
-Amanda.-grito una ronca voz desde abajo.
-¿Qué ocurre, señor Browen?.-sin dejar de mirar a la pequeña, la sirvienta contesto desde arriba.
-Trae a la bebé, ya tenemos que irnos.-respondió el Sr. Browen con una voz tranquila y serena.
-Hay demasiado norte, debes entenderlo.-replico una dulce voz dirigiéndose al Sr. Browen.
-Esa fiesta fue idea de tu familia, Elizabeth.-dijo en respuesta sin mirarla.
Realmente, el Señor Browen tenia razón, y su amada esposa lo sabia.
-Pediré que traigan más cobijas para la pequeña, si es lo que usted quiere, Señorita.-decía con dulzura una joven sirvienta que estaba atenta a la conversación a unos cuentos metros del Sr. y la Sra Browen.
Cualquiera hubiera hecho lo que la Elizabeth Mickaelson pedía, al ver esos ojos brillantes como dos preciosos luceros.
-Si nos vamos pronto llegaremos a tiempo-dijo el Sr.Browen-Agarra lo que necesites y vayámonos ahora, el carruaje esta esperando.
Con esto ultimo dicho, no quedo marcha atrás. El Sr Browen no cambiaría de decisión.
La Señora Browen le ofreció una sonrisa a la vieja sirvienta, tomando en brazos a su pequeña hija.
-Señora, abriguela bien, ya vera, cuando regresen le haré un gran chocolate a la pequeña.-decía dándole ánimos.
-Gracias, Amanda-respondió la Sra. Browen-Pero vendremos dentro de unos días, puedes tomarte la semana e ir a visitar a tus nietos-la miro fijamete- dale unas cosas de mi parte.-le sonrió animadamente entregando una llave.
-Pero Señora-dijo la viejita al borde de las lagrimas-Es la llave del cuarto oculto.
Amanda con sus tantos años trabajando con la descendencia de la familia Mikaelson, jamás había tenido en sus manos una llave tan especial.
