CAPÍTULO 1

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"Siete son los astros que componen nuestra tierra, otorgándole su belleza y prosperidad. Los siete le otorgan fortuna y abundancia. Sin embargo, aquel que quede eclipsado por la impureza de quienes no son capaces de apreciar su grandeza, se sumirán en las más profundas tinieblas hasta perecer en el oscuro abismo"

No sé cuántas veces pudieron recitar ese breve fragmento durante mi corta vida en el reino. Recuerdo con claridad a mi padre recitarlo antes de salir de casa, mientras se preparaba frente al espejo para la siguiente expedición, colocándose bien la vaina en la que guardaría su grandiosa espada, símbolo de su posición en la orden del Ocaso, y a mi madre recitármelo como si de una nana se tratase por las noches mientras acariciaba mi entonces largo cabello dorado. Me llegan incluso breves recuerdos de varios aldeanos murmurándolo como si de una plegaria se tratase, daba igual el momento o el lugar, parecía que repetirlo una y otra vez les otorgaba seguridad o simplemente les reconfortaba.

Lo único que recuero con certeza es como lo repito a día de hoy cuando medito y me mentalizo para el inminente peligro al que me enfrentaré en breve.

- " ... Sin embargo, aquel que quede eclipsado po-"

- Soleil

Mi trance se extinguió en cuestión de segundos al igual que la luz de las velas que iluminaban mi rincón de meditación con la brisa que invadió la habitación con la entrada del intruso.

- Soleil, vamos, nos están reuniendo en el patio de entrenamiento, al fin ha llegado el gran día

Abrí poco a poco mis ojos y clavé mi mirada fría en la amplia sonrisa de Natt. Para mí era aún todo un misterio el cómo era capaz de sonreír de esa facilidad. Yo tan siquiera recuerdo cuando fue la última vez que arqueé mis labios de aquella manera.

- ¿No te han enseñado que las puertas pueden ser golpeadas antes de invadir los remansos de paz?...

- Venga, no me muerdas hoy... Me ha mandado Izar. Hoy eres la estrella, te toca lucirte.

Natt amplió aún más esa sonrisa. ¿Por qué sonríes Natt? Una parte de mí se pone enferma con ver su cara... ¿Esa sonrisa es de verdadera felicidad o solo sabes sacarla cuando muestras tu rostro ante mí? Yo se tu historia Natt, sé que eres el "maldito" de la aldea, el joven sin futuro de cabello azulado. Tu padre fue la deshonra del cuartel, sé que fue el responsable del asesinato de mi padre por culpa de las Bestias, vi como fuiste rechazado por toda la aldea y, pese a ello, te levantaste y gritaste que te volverías miembro de la "Fortaleza", parte de la Orden. Todos se mofaron de ti, dijeron que eras un bueno para nada... Y entonces, en vez de llorar, me viste. Me viste llorando agarrada a mi madre, y entonces todo comenzó. Empezaste a sonreír pasase lo que pasase, y así te mantuviste, siempre igual, cada día a cada hora.

Resignada, me puse en pie, apagué las velas que consiguieron mantenerse prendidas tras la ráfaga de aire y me puse los guantes.

- Sube, ahora te alcanzo.

Natt subió con esa alegría característica en él las escaleras. Paso, paso, brinco, paso, brinco, paso. Había conseguido estudiarme el patrón de sus pasos a esta altura, siempre baja de la misma forma. Cogí mis armas, la pistola que me entregó Izar cuando ingresé como cadete y la espada de mi padre, la cual aún mantenía el mismo brillo que cuando él la portó en sus días de gloria. Inspiré y subí por el largo pasillo hasta que la luz me golpeó como si me diesen una bofetada en la cara. Seguí avanzando hasta que alcancé el pórtico por el que pasé para acceder al patio de entrenamiento.
Ahí, alineados en perfecta simetría, teniendo todos los cadetes el mismo espacio de separación los unos con los otros, esperaban mi llegada. Como si hubiese detectado mi rastro un sabueso, Izar giró su cabeza y clavó sus profundos ojos azules en los míos.

- No sé por qué, pero me olía que llegarías tarde también hoy Soleil, incluso el día en el que me alcanzarás en rango.

Izar emitió una sonora carcajada ¿Se podía ser más ruidoso? Esa vieja figura de cabello rubio con matices blanquecinos debido a la edad que contrastaban con su piel tostada y llena de cicatrices, las cuales contaban las diversas historias sobre las exploraciones para llegar a las tierras del Este. Ese vejestorio que hizo de mi ingreso un auténtico infierno tendría que aceptar que ya no era el macho alfa y que una jovencita se había ganado su puesto. Tras llegar a su altura, me detuve y me giré mirando al resto de los cadetes, entre los que se encontraba Natt, mirándome con su empalagoso gesto. Así, tras oír su característico carraspeo, Inaz comenzó su monótono discurso.

- Bien jóvenes cadetes, alegraos de que aún vivís para ver lo que hoy presenciareis. Vuestra compañera Soleil hoy abandona las filas para ponerse al frente de ellas. A partir de hoy debéis tratarla con el mismo respeto con el que lo hacéis conmigo, e incluso más ya que ella acabará al frente de todos en cuanto me echen a patadas por ser demasiado viejo. Quiero que todos y cada uno de vosotros la pongáis como mete y no os conforméis con haber entrado en la Orden, sino que aspires a mas, no os sintáis inferiores y luchad como nunca ahora que habéis visto que es posible alcanzar la cima, ¡Todo sea por la Orden!

- ¡Todo sea por la Orden!

Qué final más previsible y vacío, siempre se despide realzando el falso poder que le otorga tanta condecoración, los cuales más que respeto, producen miedo ya que saben que escupir en dirección de uno de los cabecillas de la orden puede significar la ejecución en la Plaza del Mercado. Entonces, ¿Qué hago hoy yo alcanzado el mayor puesto dentro de algo que realmente desprecio?... Bueno, esto no fue siempre así. Al principio, cuando no era más que una simple cadete que buscaba una venganza innecesaria, veía la Orden como la solución a todos mis problemas. Solo quería tener el reconocimiento que tuvo mi padre en su día, sentirme valorada, respetada por el resto de cadetes y ser la "heroína" del pueblo con miles de batallas a su espalda qué poder narrar en un futuro no muy lejano, pero en mi primera cacería, solo pude comprobar dos cosas: Que nuestra vida no era valiosa para los cargos superiores y que solo volándole los sesos a una bestia te ganarías el "temor" de tus compañeros. Y si, no me equivoco, es el temor, pues a medida que clavaba mi mirada en todo aquellos que en su día fueron mis compañeros, pude notar como todos repetían en sus cabezas la misma frase: "El próximo en morir en manos de Soleil puedo ser yo". Es por eso que me di cuenta de que la orden, lejos de ser un grupo que protegía al más débil, era el encargado de exterminar a los débiles sin miedo ni pudor alguno.

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