PRÓLOGO.

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Yo lo vi. Primero estaba ilustrado en aquel mural colocado a pocos centímetros de la puerta, después, estaba sentado en aquella mecedora junto al borde de la habitación. Describirlo es como hablar sobre la maldad en presencia y esencia. Su cuerpo era el de un ser humano como cualquier otro, pero sus rasgos... son esos rasgos los que me provocan caer en la locura.

El rostro, el cual me recuerda a un gato de negras intenciones, tenía unos ojos escarlatas y penetrantes, similares a los de una serpiente en asecho, los cuales resaltaban debido a los pequeños rayos blancos que la luna reflejaba tras la ventana. En su boca se remarcaba una sierra por sonrisa; dientes tan puntiagudos y afilados, los cuales seguramente podrían penetrar más allá del cuerpo de cualquier mortal, incluso, estoy seguro que un alma no sobreviviría a su fatal mordida. Esa sonrisa que con tan solo verla, cercenaba el miedo desmembrando las pupilas ajenas antes de siquiera notar que esta se expandía de oreja a oreja, las cuales curiosamente, se levantaban en punta como oído de felino atento a escuchar los pensamientos de quienes le temían. Su nariz despedía humo negro al pasar de cada suspiro que exhalaba; una nariz negra que unía la parte superior del labio con el surco nasolabial culminándolo en el lóbulo superior, de aberturas rasgadas y delineados bigotes tan finos como un pequeño alambre metálico. Su piel era lo más distintivo; una piel oscura, agrietada y de rugosa superficie la cual parecía brillar como diamante negro a la luz.

El traje que portaba no era por demás agradable. Él se mecía en la silla, como si jugara entre el lado iluminado de la habitación y el lado totalmente oscurecido de ella. Los pies, los cuales mantenía arriba, sostenidos en la base, mostraban unos lustres zapatos negros, que relucían manchas de sangre que se expandían sobre su fino pantalón de negros telares. Sin embargo, era en su camisa blanca donde más resaltaba el rojo carmesí de la sangre fresca.

Al tiempo que lo analizaba, había olvidado el hecho de que me observaba, regresando la vista a su mirada, sentía como un tremendo escalofrío recorría mi espina dorsal y como un ambiente gélido dominaba la habitación. Es cuando me atrevía a preguntar, pero él, como si me leyera la mente, se adelantaba a contestar.

-Tú piensas que estoy loco, ¿no es verdad?-

Me preguntaba, no sabía que decir. Su voz es comparable al llanto de miles de almas y su lengua se miraba tan rasposa y sumamente roja, no sé si por ser su color natural, o por la sangre que aparentemente le escurría por los bordes labiales. Una vez más, mi cuerpo entraba en shock, no podía moverme.

-Yo no estoy loco. El loco eres tú. Yo soy tu locura. Yo soy quien vive y muere todos los días. Yo... yo soy tú.-

Al escuchar su vesania reflexión, un fuerte y sobrenatural impulso hacía que sus manos, las cuales denotaban filosas garras, recorrían toda su cara, desde la parte superior hasta el punto donde terminaba su cuello. Extrañamente, mi rostro ardía sin el conocimiento de haberme hecho algún daño o siquiera haberme tocado. Volvía la mirada y observando que mis manos sangraban, pero... ¡Mis manos! ¡No puede ser! Rápidamente redirigía la mirada al frente descubriendo un espejo y así comprendiendo la realidad de mí fragmentado cerebro.

-Solo... fue mi imaginación.-

Susurraba, al tiempo que empezaba a limpiar mi frente y cuello con la sabana, manchándola de sangre y sudor. Al bajar cabeza, una vez más aquello que se burlaba de mi agonía, se materializaba a mi lateral derecho, flotando como si fuese una pluma en el aire. Acercando sus risible boca a mi oído.

-Tu locura, te asesinó.-

Al tiempo de culminar aquellas palabras, sentía como mi cuello drenaba mi alma en líquido rojo y cálido, lo único pude recordar ver, era a una bestia que flotaba sobre mí, sonriendo sobre mi desgracia y borrando toda clase de existencia terrenal o espiritual mía.

Caith Sith, mi reflejo.Where stories live. Discover now