Capítulo 1

708 24 8
                                        

Brisbane, Australia

Clarke

En apariencia, aquel sólo era un día más de mi monótona vida. Sin embargo la realidad es que hoy sería mi primer día de prácticas y la emoción me embargaba. Me moría de ganas e ilusión por llegar y conocer a fondo el lugar donde trabajaría, aunque los nervios me comían por dentro.

Del afán de querer ayudar, así como del amor a los seres vivos, nació mi deseo de dedicarme a la Veterinaria. Un amor que ya existía en mí y que creció con más fuerza viendo la pasión con la que mi madre ejercía su trabajo. Abby Griffin era bióloga, catedrática y trabajaba además en el Centro de Investigación y Conservación de Especies en Peligro de Extinción de Brisbane.

Fue ella quien movió algunos hilos para que los trámites de mi ingreso se llevaran a cabo más ágilmente y pudiera realizar mi formación en Lone Pine Koala Sanctuary. No era enchufe, pese a que muchos pudieran pensarlo. Tenía, sin querer dármelas de lista, una de las mejores notas de la promoción y podría haber ido a cualquier centro. No obstante no tuve demasiadas dudas en mi elección. En mi primera visita caí completamente cautiva ante la inmensa reserva de koalas que poseía el zoo. Se trataba de la más extensa y antigua del mundo, además de poseer otras muchas especies no sólo animales si no también vegetales.

Me preparé como cada mañana, sólo que esta vez me deparaba un sitio diferente. Recogí mi maletín con el instrumental, la mochila con el uniforme, la bata y el calzado. Esperé al bus que me llevaría a mi destino, mientras escuchaba "Starboy de The Weeknd" en mi reproductor.  La música me ayudaba a desconectar del mundo y ciertamente ese día lo necesitaba para relajarme.

Lexa

El 23 de Septiembre de 2013 fue el día que dictaminaron mi sentencia  y, con ello, también el fin de mi libertad. Ahora, después de cumplir dos meses en el Centro Penitenciario de Wolston, aislada del resto de presos, me dirigía al Lone Pine Koala Sanctuary en Queensland, donde pagaría el resto de mi condena en libertad vigilada realizando trabajos sociales.

Había sido juzgada a realizar labores sociales y a pagar una multa cuando fuera lo suficientemente solvente. Además, por si mi tortura fuera poco, debía ir acompañada de un supervisor, que sería el encargado de vigilar si cometía algún tipo de infracción de mi larga y estricta lista de prohibiciones.

Tardamos algo más de media hora en llegar por carreteras secundarias y supuse que nos encontrábamos a unos veinticinco o treinta kilómetros de la ciudad. Así que sin más preámbulo ahí me hallaba, de pie, enfrente de mi nueva "cárcel".

Giré la cabeza para mirar al susodicho responsable de hacer que la "entrega" fuera efectiva. Era un policía asignado a mí caso, que me visitaría con regularidad cada semana durante los doce meses que me separaban de mi completa libertad. Un señor de avanzada edad. Sus enmarcadas canas y arrugas me indicaban a pensar que seguramente estaría rozando su jubilación y pronto estaría fuera de servicio. Iba por supuesto con el uniforme reglamentario; camisa blanca llena de insignias y grandes pantalones azul marino. Tenía un espeso bigote con el pelo tan canoso y poblado como el de su cabeza y unos ojos de un envejecido verde cristalino.

Cuando volví la vista al frente por fin reparé en aquel sitio, que era casi un paraje natural. Mi cara de sorpresa demostró que no tenía ni idea de donde pensaba que iba. Desde luego no era lo que había imaginado. Estaba tan sumergida en mis pensamientos que por un momento olvide porque estaba aquí y con quién. Hasta que me pareció escuchar un desagradable ruido reclamando mi atención sacándome de mí trance.

Salí de mi ensimismamiento tan de golpe como entré en él cuando aquel hombre dio una palmada a pocos centímetros de mi cara.

-¿Entramos o piensas quedarte ahí todo el día?.

Con mi cara de pocos amigos, le dirigí una mirada asesina y comencé a seguirle el paso. Mientras seguía a mi "simpático" supervisor por el sendero que llevaba al interior del recinto, pude apreciar la magnitud de aquel lugar que parecía no tener límites.

Caminábamos directos hacía un edificio que imaginé sería la oficina de información y entrada a visitantes. Aun no sabía exactamente qué haría allí, pero lo que tenía claro es que me pondrían a recoger mierda con una pala, o vete tú a saber con qué... En resumen, seguramente  mi labor sería llevar a cabo el trabajo sucio que nadie quería realizar. Tal vez incluso me alojarían en una choza al lado del estercolero.

Entramos dentro de una sala vacía donde sólo había un hombre sentado tras un escritorio. El viejo policía se acercó y tras un breve intercambio de palabras volvió a donde estaba mirándome ceñudo.

-Espera aquí. No te muevas – me ordenó.

-Ni que tuviera otra opción. Esté sitio está alejado de la mano de Dios.

Sin contestarme el hombre se dio la vuelta y salió por una puerta desapareciendo de mi vista. Miré alrededor de la sala. Aún no había nadie. La reserva abriría al público en una hora y me habían citado pronto para poder mostrarme las instalaciones sin ningún tipo de molestia.

Dos minutos después, antes de que me diera cuenta, el policía estaba de vuelta acompañado de una joven mujer que debía tener pocos años más que yo. Alta, morena, delgada y sobradamente guapa. Demasiado para perder su tiempo en ese sitio pudiendo ser modelo. Le hice un rápido escáner completo desde sus tobillos, subiendo por sus largas piernas, pasando por su torso y entreteniéndome un poco en sus pequeños pero redondos pechos, hasta su perfecta y esculpida cara. Una tenía ojos y no era de piedra. Sin embargo la mujer me devolvió una revisión mucho más exhaustiva. Sonreí con suficiencia porque solía llamar la atención de hombres y mujeres por igual. Tenía un atractivo único. No era creída o egocéntrica sino realista. Y la mirada de deseo que vi en los ojos de quién tenía enfrente era otro ejemplo más de que no me equivocaba.

-Amber,  secretaria de Dirección  – se presentó acercándose.

-Lexa - tendí la mano. Demasiado tarde. La secretaria estaba dándome dos besos en sendas mejillas demorándose más de la cuenta.

-Encantada Lexa. Te mostraré la reserva y explicaré cuales serán tus funciones.

Asentí.

-Seguidme. Seré vuestra guía-  dijo comenzando a andar.

Se confirmaba mi sorpresa a medida que el tour por las instalaciones me dejaba ver más el lugar. No era ni de lejos como había esperado que fuera. No había rejas, jaulas ni cristales por ningún lado.

Era inmenso, lleno de naturaleza y vida. Rodeado de especies vegetales de todos los tonos y colores posibles. Casi un paraíso para los distintos seres vivos que allí habitaban, teniendo en cuenta que no dejaban de estar en cautividad. Al parecer se trataba de la mayor reserva de koalas del mundo, además de la más antigua. Y aunque era éste el animal que daba nombre al parque, estaba también habitado por canguros, zarigüeyas, cocodrilos, demonios de Tasmania, ornitorrincos y un larga variedad de pájaros. Además de otras especies desconocidas para ella como los wombats, dingos o equidnas, de los que sí había oído hablar por ser especies originarias de su país.

Sin pararse en detalle la guía continuaba explicando los horarios del parque, también el reglamento y normativa, las especies protegidas y un sinfín de cosas más que no llegué a percibir ni entender del todo. Mi cabeza empezaba a saturarse con tanta información.

Respecto a los animales, por ahora, sólo había podido ver a algunos de lejos y ni recordaba el nombre de todos los que había mencionado.

-Mañana podrás acercarte más a ellos- dijo mirándome con una sonrisa como si me hubiese leído la mente.

-Ahora te mostraré tu nuevo alojamiento.La miré asintiendo y seguimos avanzando hacia la que sería mi nueva morada.

Back to BlackStories to obsess over. Discover now