CONECTADOS
- Me parece que ya te lo he dicho miles de veces, pero... ¿Sabes qué? Te envidio. Tienes un buen puesto de trabajo, una mujer encantadora y a dos críos que te adoran. ¡Eres un cabrón con suerte!
En efecto, José ya había recitado el mismo discurso en incontables ocasiones. Sin embargo, Julián recordaba la última de todas ellas con especial nitidez. Habían estado sentados justamente ahí, en la terraza del bar que se encontraba frente a sus ojos. Aquél había sido su rincón favorito para reunirse casi cada tarde y compartir unas bebidas; todavía recordaba el ambiente distendido, la compañía de los amigos e incluso la familiar voz del camarero. Pero todos aquellos sonidos se habían desvanecido para siempre. Ahora, el bar estaba completamente vacío. Varias tazas de café sin apurar esperaban sobre sus mesas a que alguien las terminara; pero nadie se molestaría en vaciarlas.
Echó un vistazo a su alrededor. Las calles estaban prácticamente desiertas. Cientos de coches descansaban desordenadamente sobre el asfalto. Algunos incluso tenían sus puertas abiertas de par en par. La suciedad se amontonaba en los rincones y se dejaba arrastrar por el viento sin que a alguien le importara. El silencio era sobrecogedor. La ciudad parecía estar desolada.
Siguió caminando sin saber exactamente hacia dónde dirigirse, tal y como había estado haciendo desde hacía varios días. Esas calles eran las últimas que le quedaban por recorrer; si su familia seguía en la ciudad, sin duda se encontraba muy cerca de él. La única distracción que le procuraba un poco de consuelo mientras erraba a través de las entrañas de la urbe era recordar tiempos más felices. Sí; se había considerado un tipo con suerte. Pero había abandonado su puesto de trabajo. ¿Que sentido tenía ir a trabajar, si ya nadie lo hacía? Al menos, esperaba encontrar pronto a su familia; aunque nada volvería a ser como antes. A lo mejor ya estaban todos muertos. En el mejor de los casos, los encontraría sin ningún rasguño. Pero, dado el estado en el que se hallaban los seres humanos vivos que quedaban en las calles, no estaba realmente seguro de cuál de las dos opciones era preferible. Sonrió lacónicamente al recordar que se había sentido tan afortunado por su vida que solía agradecérselo a Dios cada noche, justo antes de dormir. Qué irónico le parecía ahora aquello, dado que todas sus desgracias habían tenido lugar a raíz de la llegada de Dios
Sólo habían pasado tres meses desde entonces. Aquel día empezó como otro cualquiera; su despertador sonó a las siete en punto, como siempre. Se levantó perezosamente y besó a su mujer con cariño. Se duchó y se vistió con rapidez. Encendió el televisor para acompañar su desayuno con el sonido de los informativos matinales, esperando escuchar las noticias cotidianas sobre guerras, accidentes y el resto de desgracias habituales. Sin embargo, esa vez fue diferente. Durante aquella mañana sólo se habló de la llegada de Dios sobre la Tierra.
La noticia revolucionó al mundo. ¿Cómo había ocurrido aquello? Todos los informativos coincidían al explicar el modo en el que se desarrollaron los hechos: pocas horas antes, una de las revueltas más sangrientas de Sudáfrica, protagonista indiscutible de los telediarios durante las últimas semanas, había sido acallada por completo sin ningún motivo aparente. Todos se preguntaban qué podía haber puesto fin a esa salvaje contienda resultante de múltiples desacuerdos gubernamentales.
Nadie conseguía una explicación clara. Centenares de intrépidos periodistas de varios países se atrevieron a acudir al campo de batalla en busca de respuestas. Encontraron una escena inaudita al llegar al lugar indicado; miles de armas, amontonadas en el suelo, acompañaban a los guerrilleros que las habían portado durante días. Éstos se encontraban boquiabiertos, formando un círculo de proporciones dantescas alrededor de una figura que se erguía sin temor frente a ellos. Poco a poco, los periodistas despertaron de su estupor y se abrieron paso entre los soldados con vacilación, intentando discernir el rostro del hombre que se había atrevido a detener la contienda. Pronto se quedaron tan atónitos como los guerrilleros y los millones de espectadores que observaban las imágenes que recogían las cámaras en directo. Aquel ser, aunque lo parecía, no era humano. Su cuerpo, vestido con una gruesa túnica de tejido espeso, tenía proporciones antropomorfas y era esbelto. Sus ropas hacían imposible discernir su sexo; las facciones de su rostro, enmarcadas por una larga melena castaña, eran tan andróginas como hermosas. Su mirada de ojos almendrados emanaba paz. No poseía nariz. Su boca, de labios finos, sonreía serenamente. Todo su ser irradiaba un misterioso halo de luz que le confería un aura milagrosa. El solo hecho de contemplar una imagen tan bella templaba el espíritu de una forma enigmática. Tanto los allí presentes como los telespectadores estaban imbuidos en una calma que no habían sentido nunca. Todos lo comprendieron al instante: la mera presencia de esa criatura era tan apaciguante que cualquier acto de violencia cerca de ella era impensable. Los allí presentes permanecieron inmersos en esa quietud durante unos instantes más. El tiempo parecía haberse detenido. De repente, los periodistas despertaron de su sopor y rodearon rápidamente a la criatura; acercaron sus micrófonos a su boca mientras le hacían mil y una preguntas pretendiendo arrancarle todas las respuestas posibles. El ente siguió sonriendo mientras mantenía su mutismo. Segundos después, miró directamente a una de las cámaras y abrió su boca pretendiendo revelar su identidad: sus labios, sin titubear, pronunciaron "soy Dios" en un perfecto inglés.
