-¡Adela!¡Adela!.
Carmen, más conocida en el barrio como la Penco, irrumpe en mi patio acalorada, pálida y con la respiración muy agitada. Yo, desde muy temprano, he aprovechado que es día de sol para sacar mi máquina de coser al patio, y así poder remendar y recoser la vieja colcha de mi madre y los viejos pantalones de mi hermano.
-¿Qué pasa niña?- digo, sin levantar la vista de la labor.
Siempre he llamado a Carmen niña y no sé por qué. Ronda los diecinueve años y yo solo la saco tres meses, por lo que ese mote no es muy lógico por mi parte. Tal vez me he acostumbrado a verla así, como a una niña, pues aunque ya es una jovencita, siempre ha tenido esa cara dulce y blanca que la caracteriza.
-Rápido, rápido. Los gobernadores civiles han tenido que despacharse a gusto esta noche con sus putas y de tan felices y radiantes que están acaban de llegar a la calle con dos camiones llenos de hogazas de pan y bacalao en conserva. Coge la cesta.
Sin pensarlo echo los pantalones al suelo, me calzo mis alpargatas remendadas y cojo la cesta que hay sobre el alfeizar de una de las ventanas que dan al patio. Me atuso un poco el desaliñado moño y salimos andando, subiendo las escaleras que dan a la galería principal del edificio donde vivo. Salimos andando las dos juntas, cogidas del brazo, con la mirada baja y los nervios agarrados al estómago. Lo único que se te quedaba ahí dentro por esa época. Nervios y miedo. Miedo y nervios.
-¡La madre que nos parió a las dos!- dice Carmen en un susurro, para no llamar la atención de los gobernadores civiles.
Y entiendo su expresión al instante.
En la carretera están colocados en fila los dos camiones y una larga cola de personas, sobre todo mujeres, esperando para recoger los alimentos. La cola recorre casi toda la calle de Méndez Álvaro.
-Es imposibles, si apenas hemos tardado un minuto en llegar- dice Carmen.
-Niña, las ruedas de estos camiones se oyen desde la puerta del Sol y la gente tiene hambre. Solo nos toca esperar y rezar por que nos toque aunque sea medio mendrugo.- contesto, mientras avanzamos calle abajo, pasando al lado de la larga cola.
-Nunca he soportado tu falta de sangre y tu beata vida de resignación.
-Y yo nunca he aguantado tu impaciencia y tu mala boca y sin embargo aquí estoy, amarrándote del brazo por que en cualquier momento te me desmayas. Sé que llevas dos días sin comer, pero eres tan orgullosa que no has venido ni al tranco de mi puerta, Yo que soy la hermana mayor que nunca has tenido.- digo, levantando un poco la cabeza en tono arrogante.
-Altanera.
-Espejo de tus tías.
Y así seguimos un buen rato, reprochándonos, insultándonos y riéndonos una de la otra, pero nunca de verdad, pues siempre hemos sido como hermanas, siempre juntas, siempre una.
A unos veinte metros de los camiones nos encontramos en la fila a nuestra vecina Clotilde, una chica feúcha, flaca como un hueso y muy pecosa, viuda de un médico de guerra y madre de dos niñas, Piedad y Mercedes. Se dice que se vio tan negra cuando quedó viuda, que la pillaron a punto de meterle a sus hijas un embudo por la boca y medio litro de lejía, para que nunca más pasaran hambre. Pero entonces no vivía en este barrio y nunca se ha sabido la verdad. Ahora lo hace, en un edificio lleno de humedades tres calles más abajo de mi casa.
-Niñas, venirse aquí que os hago un hueco, que si no os vais a comer el neumático del camión.- dice riendo y haciendo ademanes con la mano. Va enlutada pero descalza y lleva unas greñas canosas recogidas bajo la nuca. Solo tiene veintidós años.
Y nos quedamos allí las tres paradas, avanzando en lenta procesión, rezando por lo bajo para que nos toque algo.
Los fascistas ocuparon Madrid el 28 de Marzo de 1939 y hasta primeros de Abril no entraron en mi querida capital trenes con alimentos. Fueron días atroces. Mi madre enfermó y lleva en la cama desde entonces y lo único que comíamos en esos días era lo que conseguía mi hermano pequeño por la calle, como algarrobas o las sobras de los cuarteles e iglesias. Poco después de la llegada de los trenes de aprovisionamiento, el auxilio social empezó a repartir raciones hasta que a mediados de Abril el gobierno autorizó la venta de alimentos. En Mayo se impuso la cartilla de racionamiento, talonario formado por varios cupones en los que se hacía constar la cantidad y el tipo de mercancía y se creó la Comisaría de abastos. Tenías que ir al ayuntamiento y pedirla y de ahí irte al economato más cercano y decir que ahí te abastecerías de los alimentos que te correspondieran. Pero las colas eran tan largas y los alimentos tan escasos, que muchas veces no comías. Y así no se vivía. Así llevamos tres duros años, con escasez, hambre y frío y nadie parece hacer nada por evitarnos problemas. Muchas veces pienso todo lo contrario.
Cuando estamos a punto de llegar al repartidor, en aquella fría mañana de Enero de 1943, Penco me chista para decirme algo al oído.
-¿Qué pasa?-
-Me tengo que escabullir de aquí pero cagando leches. Uno de los que están ahí parados estuvo la semana pasada en mi casa registrando a mi hermano y como me vea aquí y a ti conmigo se lía y te fichan.- dice, aterrada y pálida, temblorosa.
-Madre mía niña.¿Y que hacemos?.
Silencio.
-Dame tu chal.¡Rápido, Adela, dámelo!.Y en cuanto llegues al repartidor desabróchate un poco la camisa, te dará media hogaza más, así tendremos algo que comer hoy. Por favor.- me dice, mientras me arranca el chal de las manos y se lo echa sobre la cabeza, cubriéndose el rostro. Se escabulle como puede entre la gente de la cola y desaparece de mi vista.
Vuelvo la cabeza rápido, nerviosa, con el estómago encogido y me desabrocho dos botones, dejando al descubierto mi fría y blanca piel.
-¿Y la Penco ande se ha metío?- suelta Clotilde, mirando por todos los lados.
-Calla, calla y venga que nos toca.
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Los ricos también van al estraperlista
Historical Fiction"Los ricos también van al estraperlista" es una novela narrada y vivida por dos mujeres, las protagonistas de las historietas aquí contadas, teniendo como fondo histórico la posguerra española acontecida tras la guerra civil de dicho país (1936-1939...
