Siempre me pregunto por qué eres tan difícil de leer, de descifrar, de entender. ¿Por qué no me dejas ver a través de ti? Tienes un muro estancado enfrente tuyo y no hay forma de eliminarlo. No encuentro la respuesta, y no creo encontrarla jamás. No te culpo, pero tampoco me culpo a mí.
Me pregunto por qué me miras sin pausa ni prisa, y otras veces apartas la mirada a la velocidad de la luz en cuanto me giro para mirarte. ¿Por qué sigues rechazándome? ¿Por qué, después de todo este tiempo?
Dices que somos demasiado diferentes. Oh, si tan solo supieses que eso es lo mejor que puede haber en cualquier tipo de relación. ¿No ves que si fuésemos idénticos acabaríamos aburridos el uno del otro? ¿Por qué ibas a querer hablar con alguien totalmente parecido a ti? Creo que al final todo son excusas. Excusas para apartarme aún más.
Dicen que los polos opuestos se atraen, aunque ya no estoy muy segura de eso.
Me pregunto cómo puedes ser tan cruel e insensible, sí. Nunca nadie me había hecho tanto daño simplemente manteniendo silencio. Me rompiste sin decir ni una palabra. Nada más que silencio. Por más que lo intentaba, eso era todo lo que oía. Silencio.
Echo de menos hablar contigo. De cualquier cosa. Pero contigo. Echo de menos que cuentes anécdotas graciosas y yo explote a carcajadas. Echo de menos todas esas cosas que ahora parecen de una vida anterior. Si te soy sincera, ya ni recuerdo cómo sonaba mi nombre cuando tú lo pronunciabas. Tampoco lo decías muy a menudo. Pero cuando lo hacías sonaba especial. Ya nadie hace que mi nombre suene especial. Lo echo de menos. Echo de menos tantas cosas que duele.
Sigo recordando a una persona que prácticamente no existe desde hace ya un largo tiempo. Porque hemos crecido sin darnos cuenta. Pero lo hemos hecho aparte, totalmente separados. Tú por un camino y yo por otro. Podría jurar que se sentía como si hubiesen kilómetros entre nosotros.
Hemos vuelto al principio de la historia. Nos convertimos en desconocidos otra vez. Así, sin más.
