El día de los inocentes I

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El Deep & Dark relució entre la bruma, lamido por el tacto luminoso del faro. En sus bodegas había dos anodinas cajas, una que reía y otra que lloraba; a la tripulación del buque pesquero habitual —compuesta no por menos de unos quince ex convictos australianos— se les sumaba el ucraniano Wilfred. Una venía de Egipto, arrancada de las fauces de un sarcófago, y la otra de las gélidas calles de Moscú; ambas eran parte de una broma, pero tan sólo una de ellas presumiría de ser el oráculo.

Camino a la Bahía Seoyeda, ubicada en Corea del Sur, nuestro matón ruso ojeaba un periódico inglés que robó a un tipo —sobra especificar que le partió las piernas, pues le debía pasta a su jefe—. El titular le sacó una sonrisa debido a su ácido humor "Fósforo blanco en Auschwitz" y el subtítulo citaba "Museo del Holocausto sufre un ataque químico".

Ya habían pasado ocho meses desde que el sádico gánster, conocido por el mote de Conde Squalo, había celebrado April's Fools dejando el lugar bañado de nuevo por los errores de antaño. En la nota que cayó en el recinto, atada a un globo, se encontró una oscura sentencia advirtiendo de sus intenciones: no esperaría al año que viene, se adaptaría a la fecha de occidente y volvería a reírse en la cara de lo políticamente correcto.

Consternado por haberse dejado embaucar por tal crimen, y soltando una pilla sonrisa, tiró a la cubierta el escrito; eventualmente las manos de Poseidón mecieron su cuna, dejando caer al agua su fraternal pecado. El mal cuerpo que se le había quedado empezó a bajar sus defensas, como si el océano golpease su estómago en busca de su vómito para alimentar a sus hijos. Las arcadas fueron sufriendo una transmutación, alzándose como jaquecas que casi lo arrojan al abismo; segundos antes de caer, un brazo cultivado lo empujó hacia dentro.

—Las sirenas son poliamorosas... —dijo una voz autoritaria y cargada de optimismo—. Ten cuidado, con tantos amantes al final no pueden diferenciar a quién amar o a quién devorar —bromeó dándole la mano para ayudarlo a levantarse.

Jordan Wick —hombre de piel oscura por sus raíces latinas y afroamericanas— le puso la mano en el hombro y asintió, recordándole que en su navío cada vida cuenta. Él solamente contrataba gente con antecedentes, pues su padre se suicidó por el ostracismo al que se le fue condenado tras cumplir catorce años de prisión. Un hombre que veía a la persona y no al crimen, otorgando una segunda oportunidad a cualquiera que la buscase.

—¡Señor Wick! Por fin lo hemos encontrado, ¡el megalodon! —gritó un hombre con joroba y las uñas carcomidas.

El tiburón blanco de unos quince metros comenzó a lidiar con las redes, rajando con fiereza su prisión. Jordan corrió a ayudarlos, lanzando vítores al nublado cielo. Un milagro para los habitantes de Huispin, que sobreviven gracias al comercio de sus aletas, era aquel caviar coreano tan bien cultivado en sus aguas. La sobrepoblación de más de cincuenta especies de escualos había decaído, descendiendo hasta el fatal número de diecisiete.

Wilfred corrió a su camarote, escondiéndose con el aliento tomado por la ansiedad. Conocía el método conocido como aleteo, consistía en cortar las extremidades y lanzar al depredador al fondo; su cuerpo era enterrado por la arena y, al final, dejaban de pensar hasta que su agónica muerte llegaba.

¿Por qué le afectaba tanto esto? Se debía a lo acontecido hace unos meses, cuando la mafia italiana intentó averiguar la identidad de su jefe y arrebatarle la vida; él fue terriblemente torturado, siendo lanzado a un acuario. Cada dos horas le cambiaban la bombona de oxígeno, luego volvía a ser enterrado por mantas rayas venenosas. No podía dormirse ni moverse, pues la menor molestia a estos seres podía llevarlos a clavarle su letal aguijón.

Al final el jefe llegó escoltado por sus mejores asesinos y aniquiló al escuadrón que lo había tenido retenido, sacándolo de allí y ascendiéndolo socialmente entre sus compañeros. Comenzó a dar palizas y cobrar los sobornos, pero dejó de lanzar gente maniatada al río —al menos viva—. En su mente ya no había cabida para la tortura, él se había convertido en un taciturno ejecutor que otorgaba una gloriosa muerte rápida a sus enemigos.

Con la respiración acelerada sintió una grave presión en las muñecas y pudo imaginarse a aquellos tiburones sujetos a la macabra práctica. Recordó las palabras del último superviviente —segundos antes de tener una bala en la cabeza—, grabando entre risas y a fuego lento en su memoria la sensación que sufrió. Lo llamó quejica, contándole que lanzar a un hombre al fondo del océano era una experiencia mil veces más horrible y traumática. Le explicó de manera explícita como llenaba el agua tus pulmones hasta que sucumbías y tu pánico desaparecía tras darte por vencido.

Corrió a cerrar el ojo de buey, evitando que el martillo de la alegría ajena clavase en él recuerdos dolorosos. La cama lo recibió como un viejo amigo y, sobre su rodilla, cayó una foto de su novia. La foto, con más carne que tela en ella, centró toda la sangre de sus ojos en otro punto menos decente. Los gemidos empezaron a brotar de sus pulmones y agarró la lista que había estado escribiendo estos días de travesía, con un par de suspiros que exhalaron todos sus males.

La lista había empezado con veinte maneras de gastar la fortuna que ganaría por transportar la reliquia egipcia, pero se había quedado en cuatro cosas. Primero compraría un piso a pie de playa, después iría al Ikea y compraría una estantería en la que una gran caja de preservativos sujetaría un ejemplar del Kama-sutra. Al mirar los cabellos albinos de su chica no pudo evitar imaginar un viaje a una montaña nevada, donde la chimenea y el roce piel con piel serían todo el calor del que dispondrían.

La vida lo había tratado bien, tenía a la novia de sus sueños y era el encargado de partir piernas. No se llamaba siquiera Boris o Vladimir, un nombre muy común entre los que golpean corvas con una tubería, pero Wilfred era un nombre decente —aunque no clásico en la mafia rusa—. Ahora mismo su sangre llegaba a malas penas a su cabeza, pero la poca que había se concentraba en sus ruborizadas mejillas; sacó del bolsillo trasero la navaja de mariposa hecha de plata, un regalo que Petra había hecho por navidad —con la fecha en la que empezaron a salir grabada—.

El ruido empezó a acumularse: primero la lluvia tamborileando en la cubierta, después un grito y, para acabar, un trueno que dejó un cuadro siniestro. Wilfred salió extasiado para revisar el incidente y se encontró John, agarrado por la mandíbula del tiburón blanco; la red cedió y no pudieron hacer nada los pescadores, el depredador huyó con él hasta un fenómeno conocido como Vórtice del Megalodon: un punto a cincuenta metros de tierra donde los escualos nadaban en círculos alrededor del tiburón rey.

Poco tardaron en notar que, aquel titán, no era ni de lejos el rey que clamaban. Había una gran aleta de cinco metros de altura, danzando con el aire cual bandera pirata; John Wick era un tributo, similar al que los humanos aportaban a sus dioses. Él no gritaba, se dejaba arrastrar sin luchar de manera banal. El círculo se abrió, llevándolo hacia el rey. Nadie comprendió lo que pasó en ese momento, pero algo similar a un brazo salió del centro del vórtice y se llevó a su jefe.

El arpón disparado por Stone con rabia se clavó en la parte superior del líder y en unos segundos salió hecho trizas. Posiblemente había sido arrancada de la piel por el mismo brazo que arrastró al señor Wick. Los hombres tuvieron que detener a Wilfred, el cual intentaba lanzarse al agua para rescatarlo —fruto de un brote de empatía—. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de su estupidez, reticulando impactado.

Seven SoundsWhere stories live. Discover now