—Tu esquelético sistema de creencias autoinfundadas sobre la realidad, no pueden ser consideradas una verdad absoluta. —Se dijo a sí mismo—.
El espejo le rebotaba la imagen difuminada de un rostro esbelto que difería al de su memoria de antaño. La verdad, estaba envejeciendo y el vidrio espejado se lo decía a gritos.
Miguel observó las nuevas arrugas asomarse entre sus ojos y con el peine que sostenía golpeó duramente su reflejo, quien salió corriendo de ahí.
—¡Ya volverás a enseñarme el aspecto de mi juventud y te tiraré al excusado! —Exclamó—.
El timbre del correo sonó con una clásica melodía que le hacía agua en los oídos. Miguel salió por la puerta del frente a recibir el paquete que tanto tiempo esperó.
—Al fin te tengo en mis manos. —Dijo, sonriendo al distribuidor—.
Firmó unos papeles de rutina y de reojo se quedó mirando a ambos lados de la vereda, para que sus vecinos no lo vean.
Llevó arrastrando por el largo pasillo de su casa la gran caja oblonga que la Asociación De Nuevos Viajantes le dejó.
Exhausto de hacer fuerza y a duras penas, llegó al patio. Allí preparó todo para armar el artefacto.
La caja era más alta que él. Estaba sellada y con muchos rótulos. Introdujo en el cinturón de seguridad la clave que le dejó el distribuidor y los cuatro lados del paquete dejaron de hacer presión. Uno a uno los fue bajando.
El brillo del papel aluminio del interior de la caja le enceguecía la mirada, gracias al sol arrasante del mediodía.
Miguel destrozó aquel papel a pedazos, es un niño en su cumpleaños recibiendo el regalo más esperado.
Piezas de metal, hilos de cobre, tuercas, tornillos, arandelas por acá y por allá, tubos metálicos y hasta bidones de combustible fueron desperdigados por todo su patio.
Miguel pasó días enteros y noches de luna llena descifrando el esquemático manual de instrucciones y trabajando arduamente para llevar a cabo el proyecto.
Ya se ocupó, durante los meses anteriores, de comprar suficiente comida enlatada para no distraerse ni siquiera para ir al mercado durante la construcción. Su ambicioso plan lo tenía tan ocupado, que dejó de asistir al trabajo en la cervecería.
El teléfono visual sonaba y sonaba en el interior de la casa, pero él, hacía de cuenta que no escuchaba.
Una mañana en que perdió tres tornillos de la base del artefacto, el teléfono empezó a rechinar una y otra vez.
Miguel se encendió.
Arrancó de cuajo el teléfono y lo tiró al inodoro.
Observó la cara de asombro de su jefe, quien vio todo a través de la pantalla.
No le importó.
Niferio Astríadas es vecino de Miguel.
Vive en la casa de enfrente, la que resplandece la mayor parte del día, con sus paredes de un profundo azul marino. La misma se puede distinguir a tres o cuatro cuadras. Radiante, hermosa. Tiene un bello jardín a ambos lados de la puerta principal y un camino empedrado de maravilloso polvo de estrellas.
Una tarde, Niferio, se dio cuenta al espiar por la ventana que su perfeccionista vecino con quien lleva una estrecha relación de amor-odio, no recogió su correo por mucho tiempo. O ahora es famoso.
Las cartas se veían tan apretadas en el casillero que ni siquiera los microbios podrían pasar por allí.
Niferio dejó a un lado su diario, se calzó las pantuflas y salió a la calle. Ni siquiera se percató de cambiarse la bata rosada. En ese instante quiso hacerlo, pero no lo vio correcto delante de la gente que pasaba.
Al llegar a la casa de Miguel, notó que el pasto creció lo suficiente como para que su tan perfecto, despreciable, y amable amigo, no esté metido en algún problema.
Golpeó despacio la puerta de entrada y luego con más insistencia. Posó su oído en la madera blanca y oyó unos ruidos que venían de dentro, semejantes al sonido de una motosierra cortando leña.
Jaló, sin más, el picaporte de la casa y entró como si fuera la suya.
Todo estaba desordenado.
Los platos de comida se acumulaban en el fregadero. Y parecía que cada vez que alguien quería comer, sacaba un plato nuevo.
Siguiendo el sonido de aquel motor estrepitoso, recorrió el largo pasillo hasta llegar al patio.
Miguel, mientras aceitaba y probaba la cadena dela fuente propulsora, sintió pasos tras de sí.
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Las hilvanadas costumbres de la irrealidad
Science FictionUn niño mirando al cielo, una noche de verano. Los grillos aúllan pensamientos en la mente joven. Un tío cuenta historias. Un niño sueña. Los ojos brillan. Un joven que se pregunta: ¿Qué hay tras la sombra de la luna? ¿Qué se oculta en ella? ¿Bruj...
