-¿Acaso es relevante? No buscamos fechas. Buscamos lecciones.
El doctor Wang, un hombre adulto hecho y derecho, con sus típicos reconocimientos de «viejo amargado», se mantenía firme en aquella postura cada vez que uno de sus alumnos pedía detalles al respecto.
-El mundo se fue al traste -continuó, frente al amplio abanico de estudiantes que se extendía hasta el fondo de la sala-. Y lo matizaré de nuevo si es preciso: fue nuestra culpa.
Entre aquel vasto mar de cabezas que reposaban expectantes sobre los hombros o las manos de sus respectivos cuerpos, resaltaba el desaliñado peinado de uno de los estudiantes más jóvenes situados en la primera línea de infantería.
Ninguno de los presentes conocía su nombre, pero era reconocido por todos como el insufrible entusiasta estudiantil que no sabía cerrar la boca.
En aquel momento una mano se alzó entre la muchedumbre y se formuló en voz alta la única pregunta que aún no había sido pronunciada entre aquellos muros:
-¿Podríamos volver?
El ligero bullicio susurrante cesó entonces junto a las palabras del señor Wang.
-Señor... -los pasos del doctor rompieron el silencio al volverse hacia el joven con actitud displicente.
-Albertson, Zachary Albertson.
El doctor retrocedió hasta su escritorio, dónde reposaban una pila de libros junto a una pluma y un cuaderno abierto.
El señor Wang tomó sus gafas del bolsillo de su impecable camisa, del cual sobresalían las mismas y un bolígrafo azul que parecía estar ahí con intención decorativa más que con función práctica.
Colocó sus intelectuales y rectangulares lentes sobre el puente de su áspera nariz, se situó al otro lado del escritorio y se encorvó hacia el cuaderno abierto.
En un gesto impulsivo, lamió su dedo pulgar derecho y pasó dos de las páginas del cuaderno al tiempo que decía en voz alta:
-Albertson... Albertson...
El doctor asintió un segundo y alzó ligeramente su cabeza, mirando a Zachary por encima de sus gafas.
-Sabrá usted, señor Albertson... Que el Alzamiento no fue cosa de un día.
-Por supuesto.
-¿Y se hace usted la más mínima idea del tiempo que se invirtió en alcanzar Novak?
Se hizo el silencio de nuevo.
-Bien... No hay más que hablar.
Casi surgido a modo de punto final, el característico sonido de la liberación puso en movimiento a todos los presentes salvo al propio Wang, quien se retiró al asiento acolchado del profesor, tras apartarlo de su posición habitual como tope para la puerta.
Con desgana, Zach reunió los caóticos apuntes que se esparcían sin ton ni son sobre su gran pupitre de madera, próximos al PQC que su madre le regaló el pasado verano. Era el mejor modelo de Personal Quantum Computer fabricado hasta la fecha. O al menos lo era hasta que sacaron al mercado cuatro versiones más en apenas seis meses.
Sentía pesados sus párpados y secos sus ojos. Pestañeó. Con dificultad, sin apenas tener la opción de usar una de sus manos para rascar sus ojos debido a la molesta carga que portaban sus brazos en ese instante.
«Necesito un descanso», se dijo a sí mismo. Así, dispuso el irse a su apartamento en Gith Place como su próximo movimiento.
Sus pies dieron por fin el primer paso al otro lado de la puerta del aula. Como era de costumbre, Zach fue el último en abandonar la clase. Una vez fuera, en el largo corredor que dividía el aulario, no se veía ni un alma y el silencio envolvía cada esquina. Para cualquiera, aquel panorama vacío y desolado resultaría extraño. Menos para Zach, quién no estaba acostumbrado a verlo de otro modo una vez finalizada la mañana.
Como era de esperar, el joven se tomó su tiempo en salir del edificio. Esa era quizás su faceta más conocida: la paciencia con la que se tomaba las cosas.
A menudo pensaba que no habría hombre o mujer que tardara más que él ya fuese para salir del baño, acudir puntualmente a una cita, acabar un proyecto, levantarse por las mañanas o incluso comer.
Aunque suene raro, a Zach no le sobraban prisas, más bien le faltaban.
En el momento en el que atravesaba el arco de entrada del grandioso aulario de astrofísica, cargaba difícilmente con una tonelada de apuntes y un liviano pero aparatoso PQC.
Y hacía apenas veinte minutos que amainó la lluvia torrencial que azotó la ciudad a lo largo de la mañana.
Eso significaba que las escaleras de piedra que daban acceso al edificio por la parte delantera estarían mojadas.
Lo cual, en pocas palabras, supondría una caída casi segura por su parte. Y otro incómodo «gracias. No, no pasa nada. Estoy bien, gracias».
Zach no solo era el más tardío de la universidad, era también el más torpe.
Milagrosamente, el joven superó sin complicaciones el obstáculo que suponían aquellos escalones. Allí, quieta bajo el gran roble de la entrada, se encontraba la señorita Stayla sujetando un paraguas negro sobre su cabeza.
A esas alturas daba la impresión de que la señorita Stayla, una mujer de grandes proporciones y con el corazón más grande y compasivo en kilómetros a la redonda, se había quedado allí toda la mañana esperando a Zach.
Sus sospechas se confirmaron cuando vio aproximarse a la maestra bioquímica con una alegre y simpática sonrisa.
-¡Hola, Zach! -dijo, teniéndole su paraguas-. Habría apostado mi casa a que no te ibas a traer nada para evitar que la lluvia arruine esos apuntes. Y ese... «peinado».
-¿No lleva usted otro paraguas?
-¡Oh, no te preocupes, querido! Yo ya estoy deseando sentir la lluvia sobre mi piel.
-No, no, no. Me niego.
Ya me las apañaré con los apuntes. Los tengo escaneados en el ordenador.
-Mientras estamos aquí discutiendo quién saldrá desprotegido a la lluvia, uno de los dos permanece más tiempo a la intemperie. Y ese, por el momento, eres tú.
-Pero...
-Hazme caso, Zach. Cógelo.
-Llevo un quintal de papel y un PQC encima, no puedo liberar ninguna de mis manos.
-Bien, pues entonces compartiremos paraguas.
La señorita Stayla y Zach recorrieron el largo bulevar de las ciencias bajo el mismo paraguas, escuchando el chapotear de sus pies sobre el agua que bañaba el suelo blanco del paseo y el repiqueteo de las gotas sobre el paraguas.
El cielo que cubría la ciudad se tornó gris horas atrás, alterando el precioso paisaje que los edificios blancos de la universidad formaban en conjunto con el verde de los árboles y plantas que decoraban cada rincón.
El olor a tierra húmeda siempre reconfortó a Zach. Era, para él, como el recuerdo de su feliz infancia en la plantación de esferas de cultivo de su abuela, situada en el que probablemente era el lugar más lluvioso de Neopangea.
-¿Vives muy lejos? -le interrogó ella.
-En Gith Place.
-Ya veo. Bonito lugar. Pero está un poco lejos. ¿Vas andando hasta allí?
-Suele venir mi prima a recogerme en la puerta de la facultad, pero hoy estaba ocupada.
-¿Y piensas ir a pie?
-Supongo que cogeré un autobús en la plaza Magna.
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Retornum
Science FictionEl mayor proyecto desde el Alzamiento está a punto de llevarse a cabo. Las generaciones actuales verán y pisarán por fin el mundo que sus antepasados habitaron. El planeta de origen. La Tierra. Un hervidero de caos. El infierno. Una vez allí, los oj...
