Prólogo

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NATALY SCORPION

Me detuve en el rellano de la escalera antes de que el portero, y también el hombre que nos alquilaba el piso, pudiese verme. Todavía no habíamos pagado el alquiler del mes pasado, y este mes, íbamos por el mismo camino. No teníamos dinero; no tanto, al menos. Fíjate si andábamos mal que ahora mismo, vestida con unos raídos pantalones negros y una sudadera con capucha del mismo color, salía a la calle y no precisamente para dar un paseo; sino para robar. O como yo lo llamo: sobrevivir. No porque quede más bonito, ni porque a mí me guste más; sino porque es de eso de lo que se trata: de sobrevivir.

Desde hace trece años mi vida consiste en eso, sobrevivir. Mi día a día no varía. Me levanto temprano, antes incluso de que abra el mercado. ¿Para qué? Pues para esconderme y estar allí por si se les cae algo de comida en el trayecto del camión al puesto donde exponen los alimentos. Siempre cae algo, y si no es así, ya nos encargamos mi amiga y yo de no llegar a casa con las manos vacías.

La conozco desde antes incluso de que supiese hablar, o eso es lo que dice mi madre. Hemos vivido puerta con puerta, una enfrente de la otra, hasta día de hoy. Se llama Mery, y es mi mejor y única amiga.

— ¿Preparada?— preguntó con la vista fija al frente.

Asentí, y para entonces ya me estaba mirando a mí. Me guiñó un ojo y salió de nuestro escondite para después trepar por la parte trasera del camión y colarse dentro para ejecutar su parte del plan. Había llegado mi turno. Me levanté y, paseando por la acera, fingí que me desmayaba delante de los trabajadores.

— ¡Señorita!— gritó uno de ellos. Mantuve los ojos cerrados, pero por el ruido de pisadas cada vez más fuerte, supuse que se estaban acercando. —¿Está usted bien?— quiso saber.

— ¿Qué ha pasado?— preguntó otro de ellos.

— No lo sé— contestó un tercero. — La vi desmayarse.

— Señorita— otra vez la primera de las voces. — ¿Puede oirme?

Ahora. Abrí los ojos y observé a seis hombres a mi alrededor, observándome con preocupación. Sonreí en mi interior, cada vez se me daba mejor esto. Me incorporé con cuidado antes de contestar.

— Sí, yo... — apoyé la mano derecha en mi frente. — Me encuentro débil.

Uno de los hombres asintió y, entre varios, me ayudaron a levantarme.

— Gracias— murmuré.

— No se preocupe, señorita— sonrió uno de los hombres. — ¿Podrá seguir sola?

Asentí, había realizado aquella treta tantas veces que ya ni me sentía mal por engañarles. Caminé en dirección contraria y doblé la esquina desapareciendo así de la vista de aquellos vendedores.

— Brillante actuación— dijo Mery apareciendo de la nada. — Como siempre— sonrió mientras se quitaba la capucha dejando ver su largo pelo anaranjado.

Le devolví la sonrisa antes de preguntar:

— ¿Has podido coger algo?

— ¿Algo? ¡Mira esto!— exclamó mostrándome el interior de la mochila. — Con esto tendremos para dos días por lo menos.





MERY SHARK

Con la mochila a la espalda, esta vez llena de comida, caminábamos por el Crime Alley. Nos inundaba una felicidad que no todos los días podíamos saborear. Todo cambia cuando vas de camino a casa con las manos vacías, sabes que no solo no comerás tú, sino que tampoco comerán tu madre o tu hermano. Siempre he pensado que algo como la comida debería ser gratis, pero por desgracia el mundo está mal repartido.

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