Hay que cosas que suceden cuando menos te lo esperas y puedo dar fe de eso. Mi vida cambio de un momento a otro. Ya no puedo ver el mundo de la misma manera.
Todo comenzó el 23 de junio, el día era frío y el sol, por más de encontrarse en su momento de esplendor no podía proyectar toda su luz en las calles, ya que la gran masa de edificios provocaba largas y frías sombras. Yo estoy en el balcón de mi departamento observando la ciudad, en mi mano el té que todos los días tomo antes de irme a la facultad.
Las personas salían de los altos edificios, supongo que algunos se dirigían a sus casas, otros a almorzar en los mismos restaurantes o cafés al que van todos los días. En las calles taxis, colectivos, autos y motos se dedicaban a hacer sonar sus bocinas lo más fuerte posibles, como si eso haría que todo pasara más rápido. Peatones cruzando por donde quieren y ciclistas zigzagueando en el mar de vehículos. Así es la ciudad en la que vivo y yo soy uno de ellos. En cuanto salga del ascensor comenzare a caminar rápido, sin mirar por donde voy, total siempre llego a mi destino.
Hoy no.
Tomo el último sorbo de té y voy a la cocina a dejar la taza, recojo mi abrigo negro, tomo las llaves y salgo. Llamo al ascensor y en menos de lo que esperaba las puertas de metal se abren. El espejo que está dentro me refleja y veo al chico con una barba al ras, tez clara, cabello negro y ojos marrones. El típico chico de veintisiete años, con un pantalón negro ajustado y camisa azul.
El frio y ruido de la calle me dan la bienvenida y comienzo a caminar las tres cuadras que me separan de mi destino. Sé que voy tarde, pero no me importa hoy quiero disfrutar mi día.
Cuando doblo la esquina un chico, que iba caminando de manera muy acelerada, me choca y caigo al piso. Las duras y frías baldosas hacen que el aire de mis pulmones salga. La vista se me nubla, por unos minutos veo como las personas siguen su camino como si nada, pero me parece ver que alguien me mira desde el otro lado de la vereda. Cierro mis ojos un momento y cuando los vuelvo a abrir ya puedo ver nítidamente.
El peso del chico es asombroso, pero ya comenzó a levantarse, cuando me percate de ello.
-Disculpa- me dice-. Es que es que estoy perdido. Es mi primera vez aquí.
Su voz es tranquila a pesar de que está perdido y aparentemente apresurado. Sus ojos son raros, tiene uno color gris y el otro, exactamente divido entre gris y verde; su cabello es como las llamaradas que salen del sol, ondulado y dorado. Es llamativamente delgado, para ser tan pesado.
-Está bien-
Es lo único que podía decirle, no podía dejar de mirar sus ojos. Eran raros, pero no por ser de dos colores. Había algo atrapante en ellos. Algo.
-Y... ¿a dónde ibas tan apurado? Sí se puede saber. Tal vez te pueda ayudar- creo que en mi voz se notó un poco mi desesperación por seguir viéndolo-.
-Buscaba el Hotel Liz. Tengo una entrevista de trabajo-corre la manga del buzo de su mano izquierda y mira su reloj-... en exactamente 3 minutos. ¿Sabes dónde queda?
Agradecí a los cielos saber exactamente donde quedaba ese edificio.
-Claro- le respondí tratando de contener mi alegría-. Está a una cuadra de donde voy. Te acompaño.
- Dale. Por cierto, soy Dante–me tendió su mano-.
-Craig.
Hablamos un poco el trayecto de las dos cuadras que caminamos juntos. Dante resulto tener la misma edad que tengo yo, vino de un pueblo que está a cuatro horas de aquí, la entrevista que esperaba era para un puesto de mozo- su tío lo había recomendado-.
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GRIS Y VERDE
FantasiaPequeño cuento que nació de la nada, mirando la ventana. Un joven que con solo doblar la esquina cambio su vida y su forma de ver el mundo.
