Una ráfaga de viento movió la última hoja del árbol que había en la plaza del General Ulthrad. Esa misma hoja, amarillenta y cantarina, se arrastró unos cuantos metros más allá y se despidió de la ráfaga, que continuó calle abajo, avanzando con seguridad en una oscura noche.
Recorrió los adoquines que se enfriaban a su paso, tras haber estado bajo el sol y las pisadas de los atareados ciudadanos durante todo el día; también se despidieron de la ráfaga, que osó hacer rodar otra botella vacía que estaba junto al vagabundo habitual, haciendo que echara la mano para agarrarla, pues era su única posesión. Se deslizó unas cuantas calles más allá y de haber estado viva, podría haber oído los sonidos que salían de las tabernas, en hora de la cena. Sonido de picheles de madera contra las mesas, avezadas a ese tipo de tratos. Conversaciones animadas que surgen de unas gargantas exhaustas tras un agotador día de trabajo. Gritos de mujeres enfadadas con sus maridos, discusiones que terminarían en la casa de cada uno, pues los trapos sucios se lavan en privado.
Así el viento pasó de largo de aquellos sonidos, adentrándose en la ciudad, que ya estaba cerca de dormirse. Un callejón pequeño y sin salida atrapó al viento que, suave, se dedicó a seguirlo. Recorrió ese callejón maloliente y encontró una ventana por la que entrar. Entró con delicadeza y se sumergió en cada rincón de aquella habitación. Acarició la piel desnuda de los hombros de una muchacha dormida y rizó su pelo haciéndolo parecer un fuego tenue pero ardiente y también rozó la piel desnuda de la espalda de un hombre joven, que estaba sentado en la cama.
El hombre tembló, pero no de frío. El hombre sonrió, pero no de alegría. Ya hacía unas cuantas ráfagas atrás que sostenía aquella daga con los nudillos blancos. El tiempo estaba tranquilo, pero en su cabeza no cabía la calma. La calma era una quimera, algo que no se podía permitir. Pero no le dolía, ya no; se había resignado a que no sería capaz de vivir en paz, al fin y al cabo, ¿qué había hecho él para merecerla?
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El Demonio que fue Bueno
AventureEn una tierra de orcos, dragones, humanos y la decadente sociedad elfa, aquellos que llegan a la leyenda sólo lo consiguen después de la muerte. Yo conseguí aquello estando vivo; escalando a costa de mi sangre. Oh, amigo, ¡si hubiera sabido que las...
