Mentiras que se convierten en verdades

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Diana nunca dormia bien, por lo que siempre se levantaba con sueño y pasaba todo el dia queriendo que fuese de noche. Su vida era muy distinta del resto de las personas. Guardaba un secreto, y no era capaz de contarselo a nadie. Vivía con su padre, su madrastra y sus tres hermanos

Su madrastra se llamaba Vívian, era una mujer muy simpática, inteligente y dulce, o por lo menos lo era afuera. En casa se comportaba con Diana muy mal. Vivian era una fanática de la limpieza, todo lo contrario a Diana, he allí una de las razones de los roces constantes de ambas. Siempre discutían, algunas veces cuando Vivian tenía la razón y Diana lo sabía lo aceptaba con humildad y madurez, sin embargo no siempre su madrastra la tenía, y Diana pensaba, como todo adolescente de 14 años, que todas las batallas hay que lucharlas. Pero un buen día entendío que no era así.

Diana se encontraba puliendo la madera de la casa, cosa que detestaba ya que la tinta se adheria a su piel y costaba sacarla con agua y jabón.

-¿Antes de pulir la madera limpiaste los vidrios?- Preguntó Vivian, a lo que Diana contesto negativamente

La mujer suspiró excesivamente, agotada y harta

- ¿Cuántas veces te he dicho que primero se limpia los vidrios y después se pule la madera? ¿Cuántas?

- Muchas veces, pero creo que no es importante- le contestó Diana con sorpresa

-¿Si no lo fuera crees que me molestaría?

-Vivian, algún día tendré mi propia casa, y la limpiaré como quiera, solo dejame experimentar ciertas cosas, al fin y al cabo lo importante es que quede bien limpio- trato Diana de razonar

- ¿Sabes que? Ya me tienes harta. Siempre creyendo que tienes la razon. ¡Y no la tienes!- Grito Vivian. Se acercó bruscamente hacia Diana y tiró de un manotón el frasco que contenía la tinta, tomó a la chica por los dos brazos  y la bamboleó de un lado a otro, luego le dio una cachetada. Diana estaba sorprendida, y su instinto de defensa actuó por ella, empujó a Vivian y le grito que la dejara en paz. Su madrastra cerró su puño derecho y la golpeó por los brazos, Diana lo único que hacía era empujarla para que no la golpera. Hasta que se harto, su paciencia había acabado con ella, tomó un frasco de vidrio que habia cerca de allí y se lo tiro a la mujer frente a ella. Pero falló. Ella nunca había sido buena con su puntería, sinceramente era un asco. Vivian, sorprendida, se acercó a zancadas rápidamente, la volvió a tomar de ambos brazos y le clavó las uñas y la tiró a un lado.

La puerta de la casa se abrió derrepente, dejando ver a su padre, quien sorprendido se interpuso entre las dos féminas que se encontraban a punto de iniciar otro combate. Su padre estaba decepcionado, tanto de ella como de su mujer, no creia que las cosas llegaran para tanto. Diana lloró, estaba sorprendida, de ella y de todo lo que había ocurrido, las cosas pasaron tan rápido que no las había procesado aún. Pero no le importó, confió en que su padre hallaría una solución para ambas.

Ese fue su error, confiar.

Ya Diana tenía 17 años, y las cosas no habían mejorado para nada, todo lo contrario, habían empeorado. Ya la chica tenía moretones y cicatricez en sus brazos, y eso le avergonzaba. Cada vez que sus compañeros de clases le preguntaban cómo se los había echo, siempre Diana contaba una historia distinta. Una vez dijo que se rasguñó durmiendo, otro día que, distraída se estaba haciendo chupones ella misma en el brazo, y la mentira mas grande era ¡que se habia peleado con una chica por unos botines que habían visto y que ambas querían comprar!

Eso caracterizaba a Diana, como una gran mentirosa, tanto asi que hasta ella misma se creia algunas.

Decia todo esto por verguenza, verguenza de que todavía a sus 17 años, sus padres (o mejor dicho, su madrastra) todavía la golpeaba. Pero lo que nadie sabia era que aunque ella no lo decía, su mirada gritaba en busca de ayuda, en alguien que se diera cuenta de sus embustes y que la auxiliaran. Pero era tan buena engañando, que sus mentiras eran su realidad en el colegio. Y es que tampoco contaba con mucha ayuda. Diana tenía una forma muy particular de ver las cosas, para ella las personas eran objetos, objetos que tenias que escoger con cuidado para utilizarlas adecuadamente. Por ello su circulo de "amistades" era muy vago, si a caso 4 o 5 personas. Si querías que alguien te diera un consejo podias buscar a Amelie, si querias estar con alguien para hablar de tonterias, ella iba directamente hacia Giselle, o si quería estar con alguien sin hablar de nada, buscaba a Pedro. Trataba de actuar lo mejor posible, porque la verdad era que ella no los quería, solo los utilizaba, ya saben, para no estar sola.

Porque Diana se sentía sola, mas no le gustaba estar  sola.

Y era por eso que ella misma se llamaba mentalmente como "La chica de las mascaras", ya que para cada momento y para cada persona, existia una mascara, una Diana distinta para cada ocasión. En el colegio era la Diana que siempre estaba sonriendo, asi no quisiese, siempre se encontraba haciendo chistes, dando consejos amorosos a personas que ella sabia que pronto le romperían el corazon, escuchando con una cara de tristeza problemas estupidos que no le interesaban, asi era la Diana del colegio, aquella persona que todos tomaban por adorable y carismatica. Asi es, todo lo contrario en su casa.

En casa no hablaba, aveces pensaba que se quedaría muda. Y no hablaba no porque no quisiera, sino porque no tenía con quién. Ni loca hablaría con Vivian, solo se dirigian la palabra cuando fuese extremadamente necesario, y su padre siempre llegaba cansado y no quería atormentarlo con estupideces y tonterías. Asi que Diana, a la edad de 15 años, se creó amigos imaginarios, estaban en su cabeza y hablaba con ellos, tenía tantas ganas de contarle cosas a alguien que se las contaba a ella misma, simulando ser alguien mas. Pero lo peligroso de esto, era que ya hacía 2 años que estaba acostumbrada a ello, asi que era tan natural en ella, que aveces hablaba en voz alta, y no se daba cuenta de ello. ¡Menos mal que se percataba de esto antes de que alguien la oyera! Porque no quería que pensaran que estaba loca, aunque así fuese.

Como dije al principio, Diana no dormía bien, y constantemente tenia un gran peso encima de sus hombros. Para distraerse, leía. Amaba leer, tal como un pirata ama un barco, o un perro su hueso. Para ella los libros eran un escape, vivía con ellos cosas que ella misma quería experimentar. Aparte de las voces en su cabeza, sus libros eran sus verdaderos amigos. Con ellos lloraba, reía, se aburría, en ellos era una princesa, o iba a participar en los Juegos del Hambre, aveces era corredora junto a Thomas, y cuando regresaba del laberinto se encontraba con su novio Newt. Algunas veces era una extraterrestre que se encontraba en el cuerpo de alguien, otras volaba junto a Peter Pan mientras el aire le hacia cosquillas en la cara. Pero allí consistia su error. Cuando la mandaban a hacer algo, apenas se daban la vuelta, Diana sacaba el libro que se estaba leyendo, para continuar con la historia, asi que mientras sus ojos se enfocaban en las letras sobre el papel, su oído estaba pendiente de si su padre o madrastra regresaban, para asi esconder rápidamente el libro y continuar limpiando.

Finalmente, cuando quería descarsar en las noches, lo menos que podía era dormir. Pensaba en sus problemas, pensaba en hasta qué grado es sano hablar sola, pensaba en sus libros, y sobretodo en aquella luz al final del tunel. Ella deseaba, como una niña de 6 años, que Peter Pan tocara su ventana y la llevara al País de Nunca Jamás, ella quería ser una niña perdida, deseaba encontrar la cura de la llamarada y darsela a Newt para vivir felices para siempre, ella deseaba ser el Real de Peeta. Diana no podía dormir pensando en el final feliz que tal vez, solo tal vez, no le esperaba.

La chica de las Máscaras- (Thomas Sangster)Stories to obsess over. Discover now