Capítulo I

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Sus ojos miraron ávidamente todo lo que la rodeaba. El lugar iluminado por las suaves luces blancas, le confería un toque de majestuosidad y limpieza.

Estéril.

Intentó despejar la mente, mientras regresaba su mirada hacia sus manos, presionadas la una contra la otra, en un esfuerzo de controlar sus nervios. Todas las personas que estaban a su al rededor parecían tan ensimismadas en lo que hacían, que el pensamiento de estar en el lugar equivocado la hacían temblar levemente.

Sus ojos captaron rápidamente la forma en la que todas las cosas estaban arregladas en la enorme habitación. Era como si todo tuviera una simetría casi perfecta y ni un solo error pudiera ser percibido al mirar el lugar.

―Curioso, ― susurró para sí misma.

Era completamente curioso que todas las personas tuvieran la compulsión de arreglar todas las cosas de las mismas formas. Algo que no obedecía el patrón de personalidad de la mayoría de las masas.

―¿Christine Jhonston? ― sus oídos captaron perfectamente bien el tono severo de la persona que hablaba. ― Ven conmigo, te llevaré con la persona a la cual responderás de ahora en adelante.

"Persona," difícilmente la breve explicación que le habían ofrecido podría llenar el significado de la palabra persona. Había tenido la posibilidad de hablar con varias personas que habían pasado por el mismo lugar que ella y su futuro jefe era una completa basura, según el punto de vista de los demás.

Sus ojos se pasearon una vez más sobre el amplio lugar con un enorme ventanal que la dejaba apreciar la ciudad de Ginebra. Sin duda, unas de las vistas más hermosas que vería en toda su corta vida.

―Espero sinceramente que no salgas corriendo a los dos meses, ― dijo la mujer con vestido azul eléctrico y el cabello rubio recogido en un hermoso moño francés. ― Realmente quiero jubilarme este año y no el que sigue.

Sin embargo, ya sabía que cuando se trataba de personas viejas, cómo su jefe, cualquiera querría salir huyendo. Si no era porque querían sexo con sus secretarias, era entonces porque no paraban de ser insoportables.

―Creo que debes sentirte alagada de tener este puesto, Christine, ― me dijo con calma, mientras me guiaba a lo largo de un pasillo. ― No todas las personas que aplican para el cargo tienen la alegría de quedarse, ― luego pareció reconsiderar sus propias palabras. ― Al menos no mucho tiempo, aunque el pago es exageradamente bueno.

―Gracias, Señora Timpf, ― le dije suavemente, mientras intentaba aplastar una sonrisa sobre mis labios. ― Le agradezco el elogio.

Siguió las pisadas de la mujer que le ganaba en años y en experiencia, y al parecer también en buenos gustos. Miró hacia los pies de la mujer, mientras veía un juego de zapatos de tacones negros brillantes, que contrastaban con la esterilidad del lugar.

―Debo decirte de antemano que trabajar aquí reporta sus beneficios, ― le dijo suavemente, mientras abría una puerta y la empujaba suavemente. ― Te sorprenderá saber que el fundador de esta empresa tenía estándares muy altos en cuanto a la conservación de sus empleados y el dueño actual las conserva.

Sin embargo, aquella descripción de la generosidad del antiguo dueño no hacía que el pensamiento pre-concebido que tenía sobre el nuevo dueño de la empresa se fuera. Era todo lo contrario en esos momentos. Quería salir corriendo hacia la puerta más cercana y nunca más volver a pisar en ese lugar.

―Creo que te gustará ser la secretaria de la persona que ha dirigido esto durante los últimos cinco años, ― dijo, mientras giraba sobre sus talones y sus ojos se hacían suaves.

―Eso espero yo también, ― murmuró Christine con incredulidad.

―Antes de que entres allí, Christine, quiero que tengas algo muy presente, ― su voz pareció volverse más fría. ― No todas las cosas que nos dicen que son malas son malas. Un niño pequeño puede decirte que el brócoli es malo porque su paladar aún no está acostumbrado al sabor, pero una vez que creces y lo comes con distintas recetas te das cuenta de que no es tan malo como pensabas y que, en realidad, le hace bien a tu salud.

Miró fijamente a la señora que se alzaba delante de ella como la reina del mundo entero. De verdad que algunas personas en ese lugar eran intimidantes, pero aun así, se las arregló para esbozar la sonrisa más linda de su repertorio de sonrisas.

―No suelo sacar conclusiones de personas que aún no conozco, ― respondió sabiendo perfectamente a lo que se refería.

Sus ojos se suavizaron una vez más y una de sus manos se posó sobre mi hombro.

―Bien, porque estás a punto de trabajar con una persona que no se da a entender lo suficiente con la mayoría de la población mundial, ― informó, como si fuera vital saberlo. ― No es una mala persona. Quizá una poco exigente algunas veces, un poco malhumorado cuando no tiene café en las mañanas y un poco mandón cuando tiene hambre. Recuerda que la comida es algo que debe estar a tiempo sí o sí, ― de nuevo una sonrisa se dibujó sobre sus labios. ― Me encargué de dejar en la computadora un horario para que sepas dónde deben encajar las cosas y una lista de las comidas favoritas de Andy.

―¿Andy? ― preguntó por lo bajito.

―Cómo es tu primer día, ya hice el pedido del almuerzo, ― me dijo sin inmutarse en la pregunta de la pequeña castaña. ― Asegúrate de ir a buscarlo a las 12:00 en punto medio día y de tenerlo aquí para las 1 p.m.

―Claro, ― murmuró Christine, mientras sacaba su teléfono y colocaba una alarma, de forma que no se le olvidara.

―Ahora sin más, ― su cortesía era algo increíble. ― Bienvenida a Magic Feels Productions.

Ella se dio la vuelta y su mano se posó sobre la perilla, mientras empujaba la puerta suavemente y asomaba su rostro en el lugar. Dio un par de pasos adelante seguida de cerca por Christine, mientras miraba exclusivamente a la persona detrás del escritorio.

―¿Andy? ― su voz hizo que los ojos del chico se levantaran de la computadora portátil. ― Ella es Christine Jhonston, tu nueva secretaria.

Ojos azules y letales como el mar la miraron y la traspasaron sin piedad. Sus manos se entrelazaron sobre el escritorio de madera negra y su barbilla se apoyó sobre ellos, mientras apuñalaba a Christine con la mirada.

―Por favor, no quiero nada de... ― dijo con voz cansina, mientras Andy esbozaba una sonrisa y le contestaba.

―Ya lo sé. Nada de asesinatos, secuestros, extorciones, prostitución o peleas ilegales de luchadores rusos, ― le dijo en tono solemne, mientras la sonrisa seguía sobre sus labios.

―Bien, ― agregó rápidamente. ― Que pases buen día, Christine. Pórtate bien, Andy.

Y después de eso, la mujer desapareció detrás de la puerta mientras la cerraba. Las dudas seguían pasando en la cabeza de Christine, mientras Andy la miraba a través de largas pestañas negras.

―¿Te crees capaz de hacer todo lo que conlleva este trabajo? ― la pregunta la sacó súbitamente de su mundo.

―Claro, ― le respondió con seriedad, mientras enfocaba su mirada en la pared más cercana y contemplaba un cuadro renacentista. ― Claro que tengo lo necesario para ocupar este puesto.

―Entonces, espero que no te importe volverte una asesina, ― le dijo suavemente, mientras se ponía en pie.




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