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Cap 1

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—¿Donde estoy? —Pregunte angustiada, no podía recordar nada. 

—Tranquila, estas conmigo —Esa era la voz de Albert, mi hermano mayor. 

Tenía en los ojos unas vendas, y no podía ver nada, además me dolían. 

—¿Que me paso Albert? —El suspiro profundo.

—¿No recuerdas nada? 

—No —Estaba preocupada; el suspiro del Albert sonaba a tragedia, y yo odiaba las tragedias; bueno,creo que todos odiamos las tragedias. En ese momento se escucho el crujir de la puerta de la habitación en la que estábamos.

—Hija —Era la voz de mi padre... 

—Papa... ¿Porque no puedo ver nada? ¿Porque me duelen los ojos?

Todos estaban en silencio, sentía la presencia de mi madre y de mi hermanita menor Emely.

—Por favor, no se queden callados, ¡Díganme que pasa!

Sentí a mi madre sentarse a mi lado... —Tienes que ser fuerte mi amor, y saber que nosotros, tu familia, te amamos y estamos contigo —Esas palabras si que me preocupaban, me dolía pensar en que fue lo que me paso. 

—¡Pueden hablar de una buena vez! —Grite angustiada. Sentí el cuerpo de mi madre estremecerse a mi lado a causa de mi grito; si la estuviera viendo juraría que tenia lágrimas en los ojos. 

—Ayer... —Comenzó hablar Albert —James, Ana, Andres y Jesica te invitaron  a salir... celebraban el cumple años de James, todos se fueron a la fiesta en la 15 en el auto de Andres... —Mientras Albert hablaba podía ir recordando en mi memoria cada suceso; su voz bajo y se quebró al decir..  

—Oímos esta madrugada el teléfono sonar; mamá se levanto agitada gritando tu nombre, y al contestar nos dijeron que el auto donde iban todos los jóvenes lo habían encontrado en mal estado, que se habían accidentado.  Por suerte nadie murió; pero... 

—¿Pero que? ¡Habla de una vez! 

—Tu estabas en la parte delante del auto, y no llevabas cinturón, y fuiste quien recibió el golpe... 

—¿Estoy bien? —Ubo un silencio

—Perdiste la vista... —Dijo papá. Un no sé que detuvo mi corazón...¡Esa frase, esa maldita frase! fue la que me cambio la vida; por las cuales jamás en mi vida volví hacer la misma. 

***

Pasaron días, semanas, meses y al fin paso un año... yo perdí la esencia de lo que era, esa chica feliz y animada que amaba sonreír a cada momento, que reía por cualquier cosa insignificante... Mi hermano, que asistía a una Iglesia Cristiana, se turbaba al verme tirada en mi cama, llorando a horas y lamentando mi oscura realidad; literalmente oscura. Me pidió que lo acompañara a una de sus reuniones de amigos de su Iglesia; la idea no me agradaba, eso de ir a un lugar donde hubieran personas; porque después del accidente y de mi perdida de vista, detestaba frecuentar con personas; sentía que me tenían lastima o que se burlaban de mí. 

—¿Estas lista? —Lo oigo entrar. 

—No quiero hacer esto —Baje el rostro mirando en mi oscuridad. Estaba sentada en mi cama ya vestida con la ropa que mamá y Emely habían sacado para mi; era un vestido, no me moleste en preguntarles el color; después de mi accidente, le ordene a mi madre sacar toda mi ropa de color y quemarla, compre ropa a blanco y negro, aunque no sabía si esto era así. En ocasiones, cuando Emely me sacaba a caminar, preguntaba al momento de escaparme de ella, de que color era la ropa que llevaba, seguro me miraban extraño, pero siempre me afirmaban que vestía de blanco y negro.

—Lo se... —Dijo el acercándose a mi, con su mano levando mi rostro —No quiero que te sientas mal, pero de verdad anhelo que vengas conmigo. 

—¿Que gano yo?

—¿Verme feliz? —Aunque ha pasado un año, no olvido los gestos que hacía con respecto a ciertas situaciones... y juraba que estaba haciendo pucheros; creo que él aveces olvida que no puedo verlo. 

Me levante de la cama tomándolo de la mano, y lo seguí con mi bastón hasta el auto. 

—¿En tu iglesia saben que tienes una hermana ciega?  —Albert no respondió. Decidí no preguntar mas. 

Luego de unos minutos de camino, en los cuales no hubieron palabras algunas, llegamos a la iglesia; Albert, como un caballero, salio del auto y se dio la vuelta para abrirme y dirigirme hacia dentro; un chico muy atento... Estando dentro oía las voces de los jóvenes, que aunque pase a su lado guiada de mi bastón, jamás se detuvieron al hablar y no me dio la impresión de que me miraran. Albert me dirigió hasta una silla, luego de unos 10 minutos una voz comenzó. 

—Buenas noches... —La voz era de una chica; todos respondieron al saludo. La chica seguía hablando, hablaba sobre el amor de Dios... —¿Quien puede entender a Dios? ¿Quien puede saber porque el hace lo que hace? ¿Como podemos aceptar en nuestra vida el destino que Dios da? ¿Acaso es fácil asimilar nuestras situaciones de angustia y dolor? No, no es fácil, no podemos entender a Dios, solo aceptar su perfecta voluntad... Perfecta en verdad, porque aunque nos cueste aveces entender porque pasan ciertas cosas, al final, nos damos cuenta de la verdadera razón... y aprendemos a amar la voluntad de Dios

La chica hablaba de una manera, en la que captaba mi atención; era como si supiera como me sentía y me estuviera diciendo todo a mi... 

Para mi no era fácil creer en eso, y no era porque no creyera en Dios. Mi vida hacía un año era diferente; siempre estaba cantando, saltando, riendo; todo tenía sentido en mí vida, y ahora, sólo podía ver todo negro. Hacía 1 año; una semana antes del accidente, Albert me había invitado acompañarlo a la iglesia, le dije que eso no iba conmigo, que tenía mejores cosas que hacer; durante esa semana salí con mis amigos... Hasta el día del accidente. Supongo que si solo una noche, hubiera aceptado la invitación de mi hermano, tal vez hubiera querido venir más y la noche del accidente no abría salido con mis amigos. Aunque, las cosas son como son, no sé puede llorar sobre la leche derramada, aunque yo siempre esté llorando por mi trágico destino.

Primer Capítulo
BENDICIONES 

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