Ojos en mi mente

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Las miradas se posan en mí, pesadas como mariposas de hierro.

Subirme a un colectivo no es tarea fácil para mí. Ver como todas las personas te observan al subir, esperando encontrar en vos un motivo de crítica para compartir con aquel devorador de al lado, es para mi el mayor de los castigos. Es el encierro en una jaula con mil y un caníbales que convierten tu carne en elemento de satisfacción para su hambre, pero no hay escapatoria. ¿Y si en este momento tropiezo y caigo? Todos reirían, y quedaría en evidencia mi torpeza. No sabría qué hacer, ni que decir. En este momento quisiera ser invisible, como aguja en un pajar, para no ser diferenciada, no ser señalada.

Caminando por el centro del colectivo, buscando el último asiento, aquel, el del final. En el que nadie te mira. Allí quiero estar. Aislada de los demás. Creo que pararme para bajar, también es un problema más en mi vida. ¿Y si me paro del asiento y piso con mi enorme pie al joven que está a mi lado? ¿Qué diría? El temblor de mi boca no es un buen amigo en el momento de pedirle disculpas luego de haberle dejado el pie a punto de reventar. En este momento habiendo luchado con mi paranoica mente por bajarme del colectivo, y caminar esas dos largas cuadras hacia el colegio en las cuales me tropiezo al quedarme inmóvil del temor de hacer el ridículo frente a todos esos devoradores que bajaron detrás de mí, pretendiendo con su dedo acusador tirarme a un pozo de mayor profundidad al que me encuentro, en el que no solo hay miedo y vergüenza, en esa oscuridad también hay víboras venenosas que no están dispuestas a comprender tu temor. Solo te siguen mordiendo como los caníbales del colectivo, inyectando más dolor aunque ya tengo de sobra. Te dicen "Estas loca" sin una pisca de empatía.

Me encuentro aquí, frente a la clase intentando dar lección, en cualquier momento olvido todo y seré juzgada. Se me es imposible seguir. Mis mejillas están sonrojadas, mi cuello comenzó a brotarse, y mi ritmo cardiaco se acelera a 160 por minuto, mis manos se congelan al punto máximo que hasta me cuesta moverlas. Y mi voz suena como tener una serpiente de cascabel en la garganta. Pero la valentía, intenta salir a flote, luchando contra quinientos kilos de arena. Estando aquí adelante, siento la respiración de miles de seres humanos arremolinándose sobre mí, atrapándome, mientras que mi propia respiración se declara nula. Mientras tanto, mi mente aprisionada por sentimientos de un mundo antagónico al que me gustaría vivir, grita: "Sus miradas son pesadas, similares al agua, tanto que ya no se siquiera quien soy, que fue de mí, que paso con mi verdadero yo ¿Murió o quedo atesorado en lo más profundo de mi corazón escondido del miedo al que dirán? Un diamante como lo que verdaderamente somos no debe ser quebrantado solo por la opinión de aquellos que alguna vez te hicieron sentir mal, ya que es nuestra esencia. Pero, ¿cómo haces para detener las olas del mar? No puedo. Sé que es inútil intentar luchar contra las olas del mar, pero también lo es dejarse llevar". Mi mente, una y otra vez, pensando sin cesar. No encuentra la respuesta, y esa respuesta quizá sea la solución.

Saber que todo se encuentra dentro tuyo, un enemigo incorpóreo, dominante e incontrolable. Se siente como tener un gusano que habita en tus entrañas sin pedir permiso, mientras come tu carne poco a poco. Como otro yo que tapa las cosas buenas de la vida, de tal forma que tu mente se vuelve invadida de pensamiento que jamás creíste que tendrías hacia el otro. Arruinando tu propia vida, perdiendo lindos momentos que podrías disfrutar en la etapa que te encuentras. Sueños que son abatidos por vergüenza, ya que te limita tu propio estado de pánico a realizarlo, por darle importancia a la opinión de los demás.

Un pedacito de mí, el que todavía no fue alcanzado por el destrozo, sabe que no es normal asociar la presencia de un ser humano cualquiera al mismo peligro de estar expuesto a un animal feroz. Pero se encuentra en combate, en lo oculto de mí ser. Comienzas a buscar luz para tu oscuridad. Prendes una vela, pero de pronto dejó de brillar y así vuelves a correr por aquello que se apagó con el viento. Crees que esta vencido, pero nuevamente la vergüenza te vuelve a superar. Tiendes a encerrarte en ti mismo y parecer enojado, pero solo es una de las tantas máscaras visibles de tu vergüenza, mientras que tu cara que fue tapada se encuentra en plena batalla por pisar ya sea al león, la serpiente, o el dragón para recuperar su lugar robado. Golpes, y dolor luchando con cada ataque para convertirte en triunfador. Pero es más difícil, que encender una fogata debajo del agua. Tan inútil como intentar secar cada lagrima derramada que quedo almacenada en tu almohada. O aún más, querer limpiar las manchas de maquillaje de tu sabana.

Ahora, la profesora me hace una llamada de atención impulsándome a que hable, porque acabo de quedarme sin voz. Sin voz del miedo. Y mis compañeros, todos ellos me miran como bocadillo. Ellos, leones rugientes con hambre de alimentarse de críticas y murmuración. Y yo, acá, llena de pánico, sin ganas de ser devorada y convertirme en su próxima presa. Soy su provisión de cada día, el show de la "pantera rosa" en vivo. Colorada y sin habla. Estos son los momentos en los que no quisiera decir "trágame tierra" porque por su culpa no quiero morir, pero si son momentos en los que quisiera volver a ser una niña, adherida fielmente a la libertad y no a la vergüenza. Aquella que se creía princesa aunque estuviera disfrazada de mono. Esa libertad aplastada por un fuerte sentimiento de vergüenza, es igual a una majestuosa isla de oro que fue arrebatada por un enorme tsunami, y quedó escondida en la profundidad del mar. Nadie sabe dónde se ha perdido. Ni siquiera yo.

Pero me gustaría volver a ella.

Fin

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