Esperanzas.

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Año 1569.


La niña tiritaba pese al calor de junio. Estaba enferma, y había perdido a su madre. A pesar de sus seis años, entendía que su madre había muerto injustamente, y que jamás iba a volver. Su padre, cansado, estaba recostado contra un saco, en las bodegas del barco. Se había dormido y Catalina no se atrevía a despertarlo. Pese a su edad, sabía que su padre estaba abatido, que ella debía portarse muy bien para que su padre saliese de ese pozo de soledad y desolación en que se encontraba hundido. No podía hacer nada para curarlo, porque sus heridas no eran físicas. Él decía que una parte de su corazón había muerto junto con Leonor, y que la herida que había quedado abierta tardaría mucho en cicatrizar.

Catalina echaba de menos a su madre, pero no podía hacer nada para devolverla a la vida. Cogió con cuidado el libro que aferraba Osvaldo. Lo había encuadernado él, y nunca le había dejado que lo leyera. Su padre se revolvió, inquieto, pero no se despertó. Era un libro muy bonito. La portada era de cuero negro, y tenía un dibujo dorado: la silueta de un lobo. No tenía título. Catalina pensó que era un cuento, como los que a veces le leía su madre antes de irse a dormir. Lo abrió y comenzó a leer. No pudo continuar, pues sus ojos se anegaron de lágrimas. Cerró el libro con suavidad y lo colocó con cuidado al lado de su padre, para que pareciese que se le había escurrido de las manos mientras dormía. Se tocó la frente y estaba helada, perlada de sudor. Un sudor frío, que le hizo sospechar que había enfermado de gravedad. Tenía hambre, pues hacía tres días que no probaban bocado. Su padre no estaba en condiciones de cuidar de ella, y tenía que hacer un esfuerzo para arrancarlo del dolor que la pérdida de su compañera le había ocasionado.

Catalina era consciente de que tenía un don. Sus manos tenían energía, una energía especial que aceleraba el proceso de curación de algunas enfermedades. Sabía que no podía curarse, pues necesitaba unas hierbas especiales y en el barco sería difícil encontrarlas, pero podía quitarse la fiebre. Se tocó la frente y se concentró en expulsar la fiebre. Tras unos segundos notó cómo sus manos cálidas, más de lo habitual, transmitían su energía. El frío iba remitiendo, y ya no tiritaba. Ahora la prioridad era buscar comida.

Subió las escaleras de la bodega y, sigilosa como una serpiente, entró en la cocina. Sabía de memoria dónde se encontraba, pues el día que su padre y ella entraron como polizones en el barco memorizó todo lo que veía a su paso. Vio unas cuantas ratas entre las cacerolas, pero no le importó. Rebuscó entre el desorden hasta que encontró un par de hogazas de pan, que, aunque estaba duro, les serviría para calmar el dolor de su estómago. Ahuyentó a las ratas y se guardó el pan bajo el vestido. Escuchó unos pasos detrás de ella, y creyó que la habían pillado. Asustada se dio la vuelta y vio a un hombre que la miraba soñoliento. Supuso que era el cocinero. El hombre, se frotó los ojos y le preguntó que qué hacía allí tan tarde.

_ Estoy buscando unas hierbas. Estoy enferma, y necesito curarme.

El cocinero se sorprendió al oír la respuesta de la niña, pues creía que había ido allí para robar algo. La observó con atención durante un rato, y vio que estaba algo pálida y muy delgada. Se fijó en su vestido, que estaba destrozado. Se veía que era muy pobre. Le tocó la frente; estaba fría. Entonces algo en su interior le dijo que tenía que ayudar a esa niña.

_ ¿Qué hierbas necesitas?

Al cabo de un rato, la niña volvió a la bodega. Su padre estaba despierto, aferrándose al libro, pero estaba ausente. No se había dado cuenta de que Catalina acababa de llegar. La niña dejó el cuenco con el brebaje en el suelo, sacó el pan de debajo del vestido y desmenuzó lo que se habían comido las ratas. Se acercó con cariño a su padre y le dio una hogaza. El hombre parecía no verla. Entonces, la niña partió un trocito, y, con mucha paciencia, consiguió que su padre se lo comiera. Poco a poco, consiguió darle el resto de pan. Cuando se metió el primer trozo de pan en la boca no era consciente del hambre que tenía. Siguiendo un impulso irracional, comió con avidez, y cuando terminó, buscaba con ansia las migas que habían caído en su vestido. Se bebió el elixir que había preparado con las hierbas de un trago. Tenía un sabor amargo, y un olor nauseabundo, pero aún así sabía que se iba a curar. Cuando recogió todo miró a su padre. Seguía sin moverse y se acercó a él. Se juró a sí misma que lo sacaría de ese estado.

Osvaldo veía a su hija moverse de un lado para otro, pero estaba ausente. El dolor lo cegaba, y había hecho un esfuerzo sobrehumano para no quedarse a vengar la muerte de la mujer a la que amaba con todo su ser. Había decidido llevarse a la niña lejos, para protegerla de la maldad de su abuelo, que quería destruirla. Sabía el motivo por el que habían torturado y ejecutado a sus amigos y a Leonor. No era sólo por rebelarse contra la tiranía del conde y el obispo Manonegra. Había una leyenda. No sabía si Leonor estaba al tanto de ello, pero cuando estuvo de espía en el convento de los franciscanos escuchó cosas. Cosas acerca de una profecía. Una profecía que hablaba de una niña muy poderosa. Tan poderosa que cualquiera que bebiese de su sangre podía poseer a quien quisiera y comunicarse con personas que todavía no existían en el futuro. Podía predecir lo que ocurriría años, e incluso siglos después. El conde de Ríagrande lo sabía, y, junto con el obispo, Francisco Manonegra, quería hacerse con el control de su país, muchos siglos después de que hubiesen muerto. Según decía la profecía, el alma de quien bebiese sangre de esta niña, podría perdurar eternamente y viajar a través de los siglos.

Osvaldo sabía que había hecho lo correcto al huir con su hija de Villazul de la Montaña, pero una parte de él sentía que debería haber acabado con sus enemigos antes de partir. Sin embargo, había optado por la opción más segura y sensata; debía de salvar a Catalina. Sin embargo, no tenía fuerzas para seguir luchando. Deseaba morir, pero una parte de él lo ataba a la vida en contra de su voluntad.

Su hija lo cogió de la mano, y aunque era consciente de ello, no hizo nada por corresponder ese gesto de ternura. No lo ignoró; simplemente no reaccionó.

_Padre _ Osvaldo seguía ausente_, sé cómo te sientes, pero madre no va a volver. Sabes que nunca vamos a recuperarla, pero tenemos que salir adelante. Tienes que levantarte, volver a ser quien eras. Tienes que cuidar de mí. No puedo seguir robando por más tiempo. Te necesito. No podría soportar perderte a ti también _ los ojos de la niña se inundaron de lágrimas, y su padre la miró. Osvaldo comprendió que ahora Catalina era lo único que le quedaba, y debía cuidarla. Si su hija moría, la otra mitad de su corazón también dejaría de latir.

_Hija _ consiguió decir, con voz ronca_. Ayúdame. Ayúdame a salir de este pozo de dolor y soledad...Ayúdame a curar la herida de mi corazón.

_Lo haré, padre, pero tú tienes que luchar. Luchar por nosotros, y, sobre todo, por mamá. Necesito que te recuperes para que me enseñes a pelear, y, cuando sea mayor, te juro por su sangre que la vengaré, porque, aunque has intentado ocultármelo, sé que la asesinaron.

_No, hija _ le dijo mientras la abrazaba_, no debes acumular odio en tu corazón.

_Padre..._Catalina lloraba, pero ahora de alegría. Sabía que, ahora que su padre había vuelto, todo saldría bien.


He añadido al principio de este capítulo un videoclip, cuya historia se asemeja a la historia de amor vivida entre Osvaldo y Leonor. El grupo se llama Mago de öz, y la canción, Xanandra. Espero que os guste ^.^


El poder de la sangre.Stories to obsess over. Discover now