Secretos y misterios aguardaban en aquél bosque, donde un cielo gris se alzaba y una gélida brisa acariciaba el verde follaje.
Un leve rumor de hojas al crujir cortó el silencio y se acrecentaba con inexplicable rudeza... Alguien corría. Podía divisarse el ondear del borde de un desvencijado vestido blanco que acariciaba la nívea piel de una doncella cuyo rostro se hallaba annegado en lágrimas. Sus pies descalzos hacían eco con cada pisada, con cada sollozo,en su huída al corazón del bosque.
Las flores silvestres se agitaban tras ella al pasar y un lago esperaba su llegada al recibir el más tierno y triste reflejo de un rostro joven, alguna vez más hermoso, con un cabello rojo como el fuego que caía sobre sus hombros y su regazo.
La muchacha extrajo de su costado una filosa daga que hacía que sus ropajes se tiñeran de rubí y el cielo parecía aún mas gris cuando sus lágrimas comenzaron a caer copiosamente sobre el agua, haciendo crecer círculos hasta perderse en la inmensidad.
Sentíase morir, pues ya no había cura a su dolor y más no era la de su piel si no la del corazón, que se extendía más y más. Aún así extendió sus frágiles manos hasta tocar el agua y un calor envolvente subió por sus dedos hasta cubrir su cuerpo por completo, su herida brilló hasta sanar pero sus lágrimas no paraban de brotar de aquellos ojos cansados y vidriosos...
Quietud repentina. Una dulce y amarga melodía llegaba desde las raíces de aquellos cipreses que la rodeaban, nota por nota iban meciendo a su alma afligida cantandole y susurrandole mientras ella cerraba sus ojos, jirones de colores se arremolinaban en su mente hasta tomar forma. Ahí estaba él, tendiendole una mano a la vez que sostenía su corazón y ella sonreía frágil, hermosa, clara y ya no tan exhausta toma su mano.
La última nota resuena en el aire como requiem a sus labios que se profesan palabras y promesas sin emitirlas...
